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El álbum de las prioridades perdidas: llenando las páginas de un sistema que se cae a pedazos

Desconozco si usted, que está leyendo esto, tiene experiencia en construcción o reparaciones; pero desde mi perspectiva, para sellar una filtración en un techo se necesita de todo, menos postales o álbumes PANINI.

Las prioridades deben estar por encima de todo. En un sistema educativo en crisis, donde la comunidad clama por soluciones que no sean solo de forma, sino de fondo, las decisiones desde arriba cada vez sorprenden más. Entre aulas con techos que se desploman, pupitres incompletos y un sistema que le falla a su razón de ser —los estudiantes—, llegamos a un punto donde el anuncio de entregar 100.000 álbumes del mundial parece más un distractor que un beneficio real.

Es fácil deslumbrarse y aplaudir decisiones como estas cuando hay pantallas gigantes y fútbol de por medio; la venta de humo es un negocio redondo cuando no hay nadie que lo disperse, y más cuando sirve como cortina para ocultar el deterioro progresivo de nuestras escuelas y colegios.

La educación no es un juego. Enfrentamos una de las inversiones más bajas de la historia en un momento crítico del cual depende el futuro del país. Si existe la capacidad instalada para que un camión llegue con miles de álbumes al último rincón del territorio, ¿por qué ese mismo camión no puede llegar con los sacos de cemento o los pupitres que las instituciones llevan años esperando? Sé bien que administrativamente son procesos separados, pero el mensaje de fondo es innegable: cuando el Ministerio quiere que algo llegue a las aulas con urgencia, sabe perfectamente cómo hacerlo.

Resulta también interesante observar cómo mientras existen muchos comedores estudiantiles que hacen milagros para multiplicar un subsidio que muchas veces no alcanza, en la acera del frente el negocio puede llegar a ser próspero; un solo paquete de postales en el mostrador de cualquier pulpería ya cuesta más que el menú diario completo que el Estado le garantiza a un niño en condición de pobreza. Pero no hay que preocuparse, si el almuerzo escolar se queda corto, el hambre se compensa coleccionando los escudos de las selecciones.

A la vez que el mundo avanza en competencias digitales y promueve el razonamiento lógico, aquí seguimos insistiendo en participar en pruebas PISA cuando sabemos que los resultados son deficientes porque la base está abandonada. Nos podrá alcanzar el tiempo para enfocarnos en una distracción momentánea, no veo problema; sin embargo, aunque el álbum se llena rápido, recuperar los años de aprendizaje perdidos tomará décadas.

Quiero pensar, a su vez, que esto tiene sentido. En un país donde los programas de Estudios Sociales redujeron la geografía a su mínima expresión en secundaria —dejando a generaciones enteras con una ubicación espacial casi inexistente—, parece que la única forma que queda para enseñar dónde se ubica Brasil es por medio de un álbum del mundial. Quizás esa sea la verdadera función; tal vez ya no hagan falta docentes ni libros, y la educación del futuro llegará por cortesía de las postales.

Es imposible no comparar esta situación con un espectáculo. La educación no debería prestarse para los shows mediáticos a los que nos han acostumbrado. Tomar la gestión institucional como una campaña de relaciones públicas, en lugar de administrar una crisis real, es alarmante. No se trata solo de dinero —aunque calcular el costo de llenar esos álbumes tocaría fibras sensibles—; se trata del tiempo y el enfoque político que se desvía de lo que verdaderamente urge.

Plantear prioridades parece sencillo, pero tras años sin una ruta clara y con falencias a la vista de todos, la realidad es otra. A pesar de que el sistema requiere una reforma profunda y se sabe por dónde empezar; a pesar de que los docentes siguen sin un aumento digno y lo ofrecido parece una burla; a pesar de todo esto, no avanzamos. Estamos estancados y cada vez parece más imposible completar nuestro propio álbum de prioridades.

Al final de la jornada, los estudiantes podrán completar su colección de postales y celebrar el hallazgo de Messi o de Cristiano. Pero saldrán, con su álbum lleno, de un aula que se cae a pedazos, con un sistema que abandonó su sentido y cargando un vacío que ninguna figurita podrá llenar: el de una educación que dejó de ser prioridad para convertirse en un juego de distracción.