Nuestros ancestros no solo cazaban su comida, sino que tenían que cuidarse de no resultar ser devorados por algún depredador. Así es como nace el trabajo en equipo y el bien común como parte de una estrategia de supervivencia que evolucionó hasta construir la sociedad.
Hoy el culto al "yo" radicaliza el individualismo, invirtiendo la escala de valores y haciendo que alcanzar "mi éxito" sea el fin único. Lo que desata una salvaje competencia que exaltar el triunfo a cualquier precio, incluso si esto implica dañar o traicionar (el fin justifica los medios).
La verdadera victoria no reside en ganar de cualquier manera (un logro que nace de la pérdida del honor es, en realidad, una vergüenza), sino en hacerlo de tal forma que quienes nos precedieron puedan sentirse orgullosos de nuestros.
Parece que, olvidamos que existe una forma de éxito que no aparece en los balances financieros, pero que define la verdadera estatura del ser humano: la capacidad de mirar a los ojos a nuestros padres y abuelos con la serenidad de quien sabe que los honra con sus acciones. No se trata de buscar la perfección, sino de vivir bajo un código de honor: coraje, verdad, fidelidad, disciplina, hospitalidad, laboriosidad, autosuficiencia, perseverancia, justicia y lealtad como el activo más valioso. Identificando como la mayor riqueza la coherencia de la persona que no tiene motivos para bajar la mirada.
Actualmente, el individualismo presenta al ser humano como depredador y expone esta característica como deseable y propia del liderazgo. Con ello, el homínido retrocede a un estado salvaje para demostrar ser el "alfa", ignorando milenios de evolución. Esa visión antropomórfica de dominio, en la que el líder es egocéntrico, cínico y narcisista, ignora que nuestra verdadera ventaja como especie no reside en la imposición por medio del miedo (hate speech) ni de la fuerza bruta (que deslegitima a cualquiera que no piense igual, estereotipándolo como "el enemigo a vencer"), sino en la capacidad de colaborar.
Recordemos que, como dijo el escritor, Leo Rosten:
Son los débiles los que son crueles. La bondad solo puede venir de los fuertes”
Lo que nos define como sapiens es precisamente la bondad, la cooperación mutua, la construcción de soluciones en conjunto y la creatividad aplicada al bienestar colectivo. Echar por la borda estos pilares en favor de un instinto bárbaro y primitivo de confrontación es un absurdo retroceso estratégico.
La verdadera superioridad no se demuestra sometiendo a otros o imponiendo ideas, sino expresando al sapiens empático que integra voluntades para crear alternativas innovadoras.
Es por esto que, si queremos compararnos con otro ser de la naturaleza, debemos descartar al depredador y rescatar a un individuo que es fuerte gracias a su acción en la colmena: la abeja. Esta no actúa por mandato externo, sino con la pasión del bien común que amalgama sus esfuerzos, reconociendo que su propósito es más grande que ella misma y que el bien que hace a otros generará el suyo propio.
Esa unión de voluntades lo que transforma un esfuerzo individual, en la fuerza capaz de cambiar el mundo, no limitándose al "yo", sino a la forma de actuar en el "nosotros". El liderazgo no pertenece a los depredadores que imponen, sino a los arquitectos del bien común. Pues, es gracias al equipo que formamos con nuestra pareja y nuestros compañeros de trabajo; lo que nos permite materializar la evolución de todo lo que nos rodea, confiriéndole propósito a nuestras vidas.
Los retos complejos, urgen la construcción de soluciones igualmente complejas, algo que es imposible desde el yo, pero es plausible desde los equipos multidisciplinario. Siendo un elemento indispensable para que esta construcción creativa se de, la confianza. Porque esta creación colaborativa implica bajar la guardia y reconocer al otro como igual, jamás como un enemigo o alguien a quien vencer.
