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De la estabilidad al desarrollo: la importancia de invertir estratégicamente aun en tiempos de restricciones fiscales

Costa Rica atraviesa hoy una situación paradójica. Por un lado, el país ha logrado avances importantes en materia de estabilidad macroeconómica y consolidación fiscal. Por otro, enfrenta desafíos estructurales crecientes en productividad, infraestructura, educación, innovación y generación de oportunidades fuera de los sectores más dinámicos de la economía. Precisamente por ello, este es el momento adecuado para abrir una discusión nacional sobre cómo compatibilizar la disciplina fiscal con una agenda estratégica de desarrollo productivo e inclusión social.

Durante la última década, las finanzas públicas costarricenses experimentaron un deterioro significativo. Antes de la pandemia, el país ya acumulaba déficits fiscales elevados y un crecimiento acelerado de la deuda pública. La crisis sanitaria agravó aún más la situación, llevando la deuda del Gobierno Central a niveles cercanos al 70% del PIB y elevando fuertemente el pago de intereses. En pocos años, Costa Rica pasó de una situación fiscal manejable a enfrentar riesgos crecientes sobre la sostenibilidad de sus finanzas públicas y el acceso a financiamiento en condiciones razonables.

Sin embargo, en los últimos años el país ha realizado un esfuerzo importante de ajuste y consolidación. La aprobación de reformas fiscales, la regla fiscal, el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) y una mejor evolución de los ingresos permitieron reducir gradualmente el déficit y estabilizar la deuda pública. Actualmente, la deuda del Gobierno Central ronda entre 58% y 60% del PIB, mientras el país ha logrado mantener superávits primarios y reducir parcialmente las presiones financieras. Además, una parte creciente del endeudamiento ha sido refinanciada en mejores condiciones, tanto en el mercado interno como externo.

Estos avances son importantes y deben reconocerse. La estabilidad macroeconómica es un activo estratégico para cualquier economía pequeña y abierta como la costarricense. Tanto la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) como el FMI, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y el Banco Mundial han señalado reiteradamente que la estabilidad fiscal constituye una condición necesaria para el crecimiento sostenible, pero no suficiente si no viene acompañada de aumentos en productividad, innovación e inversión en capacidades productivas. Más aún, la experiencia internacional demuestra que la estabilidad, aunque indispensable, no es suficiente para garantizar el desarrollo económico y social de largo plazo.

Los países que lograron dar saltos históricos en desarrollo —como Irlanda, Corea del Sur, Singapur, Finlandia o Taiwán— no esperaron a tener condiciones fiscales perfectas para invertir en productividad, innovación y transformación productiva. De hecho, muchos iniciaron sus procesos de modernización en contextos macroeconómicos extremadamente difíciles.

Irlanda, por ejemplo, enfrentaba en los años ochenta una deuda pública cercana al 120% del PIB, altos déficits fiscales y desempleo masivo. Corea del Sur inició su industrialización siendo uno de los países más pobres del mundo y dependiendo fuertemente de ayuda internacional. Finlandia impulsó políticas agresivas de innovación incluso en medio de una severa crisis bancaria y fiscal a principios de los noventa.

La gran lección de estas experiencias es que los países exitosos no escogieron entre estabilidad macroeconómica o transformación productiva. Entendieron que ambas debían avanzar simultáneamente.

Todos ellos protegieron inversiones estratégicas en capital humano, infraestructura, innovación, adopción tecnológica, fortalecimiento institucional y apertura al conocimiento internacional. Más importante aún, utilizaron las políticas de productividad como mecanismos para ampliar su capacidad futura de crecimiento, recaudación y sostenibilidad fiscal.

Costa Rica enfrenta hoy un reto parecido. El país ha demostrado capacidad para atraer inversión extranjera sofisticada, desarrollar exportaciones de alta tecnología y consolidar sectores modernos altamente competitivos. Pero al mismo tiempo persisten enormes brechas territoriales, empresariales y sociales. Amplios segmentos de pequeñas y medianas empresas enfrentan dificultades para acceder a financiamiento, tecnología, capacitación, innovación y mercados dinámicos. La infraestructura logística sigue rezagada, el sistema educativo enfrenta importantes desafíos de calidad y cobertura, y la productividad crece lentamente en buena parte de la economía.

En este contexto, existe el riesgo de caer en una visión excesivamente cortoplacista donde toda la discusión nacional gira alrededor del ajuste fiscal y la contención del gasto, relegando la discusión estratégica sobre cómo crecer más y mejor. Diversos estudios de la OCDE, el FMI, la CEPAL y el Banco Mundial muestran que los procesos exitosos de consolidación fiscal suelen ser más sostenibles cuando se acompañan de políticas orientadas a elevar la productividad, fortalecer el capital humano y dinamizar la inversión.

La sostenibilidad fiscal de largo plazo depende precisamente de la capacidad de una economía para aumentar su productividad, generar empleos de calidad y ampliar su base productiva.

Esto no significa ignorar la disciplina fiscal ni promover gasto indiscriminado. La experiencia internacional muestra exactamente lo contrario. Los países exitosos fueron selectivos y estratégicos en el uso de recursos escasos. Reasignaron gasto hacia áreas con alto impacto económico y social, fortalecieron instituciones técnicas, promovieron alianzas público-privadas y aprovecharon financiamiento externo para proyectos transformadores.

Costa Rica posee fortalezas extraordinarias sobre las cuales construir una nueva etapa de desarrollo: estabilidad democrática, apertura comercial, ubicación estratégica, talento humano y creciente inserción en servicios modernos y manufactura avanzada. Pero esas ventajas no son permanentes. Requieren una visión de largo plazo y políticas deliberadas para fortalecer la productividad y la inclusión.

La discusión nacional no debería ser si el país debe escoger entre estabilidad fiscal o desarrollo productivo. La verdadera pregunta es cómo lograr ambas cosas simultáneamente. La historia económica internacional demuestra que los países que avanzan son aquellos capaces de mantener disciplina macroeconómica mientras continúan invirtiendo estratégicamente en las capacidades que determinarán su crecimiento futuro.

El verdadero riesgo para Costa Rica no es invertir estratégicamente en tiempos de restricciones fiscales. El verdadero riesgo es dejar de hacerlo.