En tiempos donde la desinformación viaja más rápido que los virus, defender la vacunación es también defender la memoria. Memoria para poder recordar lo que las sociedades han logrado gracias a la ciencia, pero también para tener claro lo que ocurre cuando bajamos la guardia.
Quizá por eso hoy conviene hacer una pregunta que, para algunos, podría resultar incómoda: ¿hemos olvidado todo lo que las vacunas han evitado en décadas?
Durante generaciones, enfermedades como la poliomielitis, la difteria o el sarampión marcaron familias enteras con muerte, discapacidad y miedo. En Costa Rica, como en muchos otros países, las campañas de inmunización cambiaron esa historia. No fue casualidad. Fue política pública, confianza en la ciencia y compromiso colectivo.
Por eso resulta preocupante que, después de la pandemia, el mundo enfrente una caída en coberturas vacunales y el regreso de brotes que creíamos bajo control. Esto no es un asunto menor.
Cuando disminuye la vacunación no solo aumenta el riesgo individual; se debilita una red de protección que cuida a quienes no pueden defenderse por sí solos; hablo de bebés, personas inmunosuprimidas, adultos mayores, entre otros grupos poblacionales.
Conviene, entonces, recordarlo con claridad: las vacunas han salvado millones de vidas y son una de las herramientas de salud pública más exitosas de la historia. Pero ese éxito, paradójicamente, parece haber quedado en el olvido.
Quizá, como ya no vemos a diario las devastadoras secuelas de muchas enfermedades prevenibles, algunos empiezan a dudar del valor de la inmunización, y ese es uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo. Porque la amenaza no es solo epidemiológica. También es cultural y política.
La desinformación, amplificada en redes sociales y, en ocasiones, desde discursos públicos irresponsables, erosiona la confianza en instituciones que han protegido a generaciones. Y cuando se debilita la confianza, se abre espacio para retrocesos que pueden costar vidas.
Mientras la ciencia avanza con vacunas más seguras, más precisas y capaces de responder rápidamente a nuevas amenazas, el reto ya no es únicamente tecnológico: es social. De poco sirve innovar si las vacunas no llegan a todos, o si la mentira convence más que la evidencia.
Costa Rica conoce bien el valor de apostar por la prevención. Su tradición en salud pública no debe darse por sentada. Hay que defenderla. Desde las aulas, los servicios de salud, las universidades y la conversación pública. Porque vacunarse no es solo una decisión individual; es un pacto colectivo que favorece la salud pública.
En una época que parece desconfiar de todo, es fundamental recordar que la inmunización ha sido una de las expresiones más poderosas de solidaridad humana: protegerme para protegernos.
Defender las vacunas hoy no es repetir dogmas científicos. Es sostener una conquista civilizatoria; es reconocer que el progreso en salud no es irreversible, y es entender que renunciar a la prevención, por desinformación o indiferencia, sería permitir el regreso de amenazas que la historia ya nos enseñó a combatir.
En un contexto de crecientes dudas y ruido, la defensa de la vacunación no es solo un acto médico: ¡es un compromiso ético, social y profundamente democrático! Porque cuando una sociedad decide inmunizarse, también decide cuidar su futuro.
