En los últimos años Costa Rica ha experimentado un aumento significativo en la presencia de narcotráfico y en los hechos de violencia relacionados con grupos criminales. A pesar de que históricamente el país ha sido reconocido por su estabilidad democrática y seguridad dentro de la región centroamericana, datos recientes muestran una realidad cada vez más preocupante.
Según el Organismo de Investigación Judicial (OIJ) Costa Rica registró en el 2023 la cifra más alta de homicidios de su historia, con más de 900 asesinatos, y muchos de ellos relacionados con disputas entre grupos criminales y el narcotráfico. Este aumento refleja cómo la violencia social y el crimen organizado ha comenzado a impactar cada vez más a las comunidades.
Esta problemática del narcotráfico ha afectado especialmente a las juventudes, muchos de estos crecen en contextos donde la violencia, el dinero rápido y el poder asociado al narcotráfico pueden llegar a percibirse como elementos normales e incluso aspiracionales. La falta de oportunidades laborales, la desigualdad social y la exclusión contribuyen a que algunos sectores juveniles vean en esas organizaciones una alternativa de movilidad económica y reconocimiento social. En la actualidad el narcotráfico no sólo representa una actividad criminal vinculada al comercio de sustancias ilícitas , si no también un fenómeno social y cultural que influye en la manera en la que muchas personas perciben el éxito, el poder y el estatus.
Cuando nos referimos a que el crimen se ha vuelto tendencia hablamos de la famosa “narcocultura” la cual es entendida como un conjunto de prácticas símbolos y estilos de vida asociados al mundo del narcotráfico. La expansión de este fenómeno cultural ha sido impulsada mediante expresiones como los narcocorridos, las narcoseries, la música, la moda y las redes sociales. En la mayoría de estas la representación lo único que logra es idealizar la vida criminal exaltando el lujo, el dinero, las armas y la influencia mientras se minimizan las consecuencias reales de la violencia, la muerte y la inseguridad.
Las juventudes se encunetran entre los sectores más afectados por esta problemática como fue previamente mencionado. En muchos casos los jóvenes pueden ser vistos desde una doble perspectiva tanto como víctimas y como perpetradores. Es decir, los jóvenes terminan participando de estas actividades ilícitas debido a que son víctimas de violencia estructural, exclusión social y abandono institucional. La glorificación que existe en la actualidad de esta narcocultura sumada a la falta de oportunidades reales provoca que participar en estas dinámicas pueda parecer una opción viable para ciertos jóvenes.
El narcotráfico y su impacto sobre las juventudes costarricenses no desaparecerán únicamente mediante acciones policiales. Mientras continúen la desigualdad, la exclusión social y la falta de oportunidades, muchos jóvenes seguirán encontrando en estas redes una alternativa aparentemente viable.
Combatir esta problemática implica atender sus raíces y construir una sociedad donde las nuevas generaciones tengan más oportunidades para prosperar, que sólo ser captadas por el crimen organizado. Cuando una sociedad permite que el crimen se convierta en sinónimo de “éxito”, las juventudes terminan creciendo entre la desesperanza y normalización de la violencia.
Reconocer esta problemática implica dejar de ver a los jóvenes únicamente como responsables de las dinámicas y comenzar a comprender las condiciones sociales que los rodean. La desigualdad, la falta de orpotunidades y la exclusión social no pueden seguir siendo ignoradas, si se busca una solución real y duradera sólo atendiendo esas causas a fondo será posible ofrecer a las juventudes alternativas que les permitan construir proyectos la vida alejados de la violencia y el crimen organizado.
