Hace unos años, cuando se hablaba de Costa Rica a nivel internacional, destacaba por varias razones: su biodiversidad y naturaleza, la seguridad, educación pública y su matriz energética. Sobresalíamos al producir más del 97% de la electricidad por métodos “limpios”, es decir, sin que mediaran hidrocarburos en su producción; nos sentíamos profundamente orgullosos del ICE, esa institución robusta y bien dirigida a la que no solo se le encomendaban importantes proyectos de infraestructura energética, represas, proyectos geotérmicos, entre otros.
Éramos la “Suiza centroamericana”, respetuosa de los derechos humanos, con capital humano bien calificado, una educación pública sobresaliente, sin ejército y con la doctrina impulsada por un expresidente para la neutralidad perpetua. Solíamos ser mediadores en conflictos y referentes de paz. ¡Éramos felices y no nos dábamos cuenta!
El “pura vida” resonaba en concordancia con cómo vivíamos. Un país con una tasa de homicidios relativamente baja y un índice de escolaridad elevado eran nuestras características principales. Invertíamos en educación, en seguridad y teníamos políticas medioambientales fuertes; protegíamos a nuestra gallina de los huevos de oro.
Teníamos presidentes y expresidentes que caminaban en las calles, en los supermercados y hasta en la iglesia sin escoltas, como uno más de nosotros, porque podíamos tener diferencias, pero nunca existían las amenazas ni la inseguridad. Existía el respeto por la institucionalidad y se ejercía el cargo con honor, señorío y respeto.
Existía el respeto entre poderes del Estado; se comunicaban y trabajaban en conjunto, en pro de la ciudadanía. No se señalaba con irrespeto, se respetaba la experiencia de quien por años había ejercido sin menosprecio ni insultos, no existían los discursos de odio; las diferencias se discutían con respeto y se llegaba a consensos.
Nuestra Costa Rica de hoy es muy distinta a la de esos años, los retos que enfrentamos como país van más allá de la matriz energética, que si bien es un tema que hay que abordar con seriedad y con soluciones, los niveles de inseguridad, la situación paupérrima que se vive en muchos centros de educación pública, la crisis de especialistas que enfrenta la CCSS, el estado de coma que atraviesa el IVM, el insostenible tipo de cambio y la situación crítica que atraviesa el sector agropecuario son “amores” por los que también debemos luchar, a los que hay que defender.
Porque quizás el mayor reto al que nos enfrentamos como país no sea únicamente recuperar nuestras instituciones, sino también recordar quiénes fuimos y en qué momento dejamos de ser esa Costa Rica de la que nos sentíamos orgullosos...
