Imagen principal del artículo: Cruzar el infierno

Cruzar el infierno

Sirat se presenta como el viaje por territorios áridos de un grupo de personajes ligados a la cultura rave: esa comunidad nómada organizada alrededor de la música electrónica y el trance colectivo. Pero el desplazamiento que propone la película no es solo geográfico. Desde sus primeras escenas, queda claro que se trata, además, de una experiencia que deja marcas.

La película avanza con un pulso hipnótico, apoyado en el ritmo insistente de la música, en cuerpos que bailan hasta el agotamiento y un paisaje que parece devorar a quienes lo cruzan.

Explosiva, visceral y cruel, Sirat no busca la comodidad del espectador ni la claridad de una moraleja. Lo que ofrece es un tránsito asfixiante en el que cada decisión empuja a los personajes —y a quien los observa desde la butaca— hacia un límite cada vez más estrecho.

A lo largo del filme, el cansancio, el miedo y la cercanía permanente del peligro terminan funcionando como formas extremas de experiencia. Como si la película propusiera que hay cosas que solo pueden entenderse atravesándolas.

Una ética de la crueldad

El territorio que recorre Sirat no es neutro. Las referencias a los campos minados y al conflicto del Sáhara Occidental introducen una dimensión histórica y política que hace más denso el relato. No se trata solo de un paisaje hostil, sino de un espacio marcado por una violencia que sigue activa, invisible pero latente.

En ese contexto, el título adquiere una resonancia particular. En la tradición islámica, el Sirat es el puente delgado —más fino que un cabello, más afilado que una espada— que separa el infierno del paraíso. Todos deben cruzarlo, pero no todos lo consiguen. La película construye precisamente eso: un trayecto que implica aceptar el riesgo permanente de la caída.

Muchas de las lecturas críticas sobre Sirat coinciden en describirla como una experiencia física y extrema. La dureza de la película no se expresa solo en la violencia explícita, sino en la manera en que expone a sus personajes a una prueba constante, sin ninguna red de protección.

En su Ética de la crueldad, José Ovejero propone que la experiencia de la crueldad en la ficción no tiene como fin el goce sádico, sino el conocimiento. La crueldad, cuando está bien empleada, nos obliga a ver de frente aquello que preferiríamos evitar: la fragilidad, la ausencia de justicia y la arbitrariedad del dolor. En ese sentido, Sirat no es cruel porque castigue a sus personajes, sino porque se niega a consolar a sus espectadores.

Viaje al centro de los setenta

A mediados de los años cincuenta, André Bazin —figura fundacional de la crítica cinematográfica moderna— escribió una serie de textos a partir de la obra de directores como Akira Kurosawa, Alfred Hitchcock o Luis Buñuel. En esos artículos, Bazin sugería que la violencia no era un exceso moral, sino una manera de no mentirle al espectador.

Esa línea de pensamiento permitió, años después, una relectura del cine estadounidense de los setenta. Así, las ásperas películas de Arthur Penn, Robert Aldrich o Sam Peckinpah fueron entendidas no como provocaciones gratuitas, sino como respuestas a un mundo fracturado por la guerra, la crisis de las instituciones y el fin de las certezas. En ese linaje puede inscribirse Sirat.

La película dialoga de manera evidente con Sorcerer (1977): la adaptación de la novela El salario del miedo, dirigida por William Friedkin. En ambas, un grupo de personajes se enfrenta a una misión que los excede, atravesando territorios hostiles donde la amenaza es constante y el error se paga muy caro. El suspenso no proviene de giros narrativos convencionales, sino de la convivencia prolongada con la amenaza.

Parte del cine contemporáneo más inquieto ha emprendido un viaje al centro de los setenta, buscando recuperar una relación más cercana con el riesgo, el paisaje y el desamparo. Ver Sirat desde la sensibilidad de ese cine permite entender mejor sus propósitos.

Como plantea Ovejero, la crueldad en el arte puede funcionar como un entrenamiento moral: un espacio donde es posible ensayar temores y límites sin consecuencias reales, pero con efectos duraderos.

Sirat propone exactamente eso: una experiencia abrasiva que no se olvida fácilmente. Cruzar ese puente implica aceptar los riesgos del recorrido. Quienes llegan al otro lado, en cuanto se encienden las luces de la sala, descubren que algo en ellos ha cambiado.

Sirat se proyectará en el Festival de Cine Europeo que se celebra en el Cine Magaly de San José, el viernes 29, el sábado 30 de mayo y el jueves 4 de junio.

--------------------

La crueldad en el cine de ficción

A lo largo de la historia del cine, la crueldad ha sido una herramienta para pensar el cuerpo, el poder y la fragilidad humana. Estas películas, diversas en época y geografía, dan cuenta de esa tradición:

  1. Un perro andaluz (Luis Buñuel, 1929) — Francia / España. El gesto fundacional de una crueldad surrealista que rompe con la lógica narrativa y ataca directamente al espectador.
  1. Freaks (Tod Browning, 1932) — Estados Unidos. La crueldad no reside solo en el circo de rarezas, sino en la mirada que humilla, excluye y castiga. Aquí se expone la violencia social que existe bajo la forma del espectáculo.
  1. Roma, ciudad abierta (Roberto Rossellini, 1945) — Italia. La ocupación nazi y la resistencia cotidiana filmadas con una crudeza inédita para su tiempo. La crueldad aparece como violencia histórica, sin estilización, inscrita en cuerpos comunes y decisiones irreversibles.
  1. Los olvidados (Luis Buñuel, 1950) — México. La infancia despojada de toda inocencia. Buñuel retrata la miseria urbana con una dureza que se niega a ofrecer consuelo, y convierte la crueldad social en un destino casi inevitable.
  1. La hora del lobo (Vargtimmen) (Ingmar Bergman, 1968) — Suecia. La crueldad como asedio interior. El terror psicológico se filtra en la vida cotidiana y convierte la creación artística en una experiencia de desintegración.
  1. La naranja mecánica (Stanley Kubrick, 1971) — Reino Unido. Violencia estilizada para interrogar la relación entre libre albedrío, control social y castigo.
  1. Salò o los 120 días de Sodoma (Pier Paolo Pasolini, 1975) — Italia. El ejercicio del poder absoluto convertido en degradación y deshumanización.
  2. Ran (Akira Kurosawa, 1985) — Japón. Inspirada en El rey Lear, la película transforma la tragedia clásica en un espectáculo de devastación moral y política.
  1. Breaking the Waves (Lars von Trier, 1996) — Dinamarca. El sacrificio llevado hasta un límite físico y espiritual.
  1. Funny Games (Michael Haneke, 1997) — Austria. Un experimento moral que devuelve la violencia al espectador, negándole cualquier alivio.
  1. Buen trabajo (Claire Denis, 1999) — Francia. La disciplina militar y el deseo reprimido como formas de crueldad silenciosa.
  2. Audition (Takashi Miike, 1999) — Japón. Una historia que comienza como melodrama romántico deriva lentamente hacia el terror físico y psicológico.
  1. Timbuktu (Abderrahmane Sissako, 2014) — Mauritania. La violencia del fanatismo retratada con sobriedad y humanidad.
  2. Burning (Lee Chang-Dong, 2018) — Corea del Sur. La crueldad aparece aquí bajo la forma de la ambigüedad.
  1. La zona de interés (Jonathan Glazer, 2023) — Reino Unido. El horror llevado al extremo de la banalidad. El horror del exterminio aparece desplazado fuera de campo, integrado a la vida doméstica, como ruido de fondo de una normalidad monstruosa.