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Crecer entre algoritmos y ruinas emocionales

A veces pienso que estamos criando adolescentes dentro de una licuadora emocional y después nos sorprendemos cuando salen mareados.

Les pedimos concentración en clase, empatía, paciencia, regulación emocional, respeto. Les exigimos que “se comporten”, como si fueran pequeñas máquinas defectuosas que necesitan calibrarse mejor. Pero nadie parece mirar el ruido insoportable en el que viven.

Un adolescente de hoy abre el celular antes incluso de lavarse la cara. Y ahí empieza el bombardeo.

Primero aparece una chica de dieciséis años bailando en bikini frente a una cámara, sonriendo como si la felicidad dependiera de un algoritmo chino que decide si ese video merece existir. Después, sin transición alguna, un hombre musculoso les explica que deben convertirse en “machos alfa”, dominar mujeres, no mostrar emociones y ganar dinero mientras duermen. Tres videos más tarde hay un cadáver cubierto con una sábana en alguna calle de América Latina. Después un influencer motivacional les dice que “si estás triste es porque eres débil”. Y más abajo, niños en Gaza con los ojos secos del hambre, porque ya ni lágrimas tienen.

Todo eso antes del desayuno.

Y luego llegan al colegio.

Con sueño, ansiosos, saturados, comparándose constantemente y convencidos de que su cuerpo está mal, de que su vida no vale lo suficiente, de que siempre hay alguien más lindo, más exitoso, más deseado. Ni siquiera tienen tiempo para descubrir quiénes son porque ya hay veinte desconocidos diciéndoles quién deberían ser.

Lo más perverso es que creemos que ellos eligen ese contenido. Como si un chico de catorce años hubiera decidido conscientemente entrar en un laboratorio de manipulación emocional. Pero no. Los algoritmos no muestran lo que uno quiere ver: muestran lo que más tiempo te hace quedarte mirando. Y el dolor, el morbo, la inseguridad y la rabia son adictivos.

Las redes sociales ya no funcionan como plazas públicas. Funcionan como casinos psicológicos.

Cada deslizamiento de pantalla es una tragamonedas emocional: quizás ahora aparece alguien admirándote, quizás alguien odiándote, quizás una tragedia, quizás una fantasía sexual, quizás una guerra. El cerebro adolescente, que todavía está aprendiendo a gestionar impulsos y emociones, recibe todo eso mezclado, sin contexto y sin descanso.

Y mientras tanto, los adultos seguimos diciendo frases maravillosas como:

“En mis tiempos no pasaba eso”.

“Es que esta generación es muy sensible”.

“Ocupan disciplina”.

Claro. Porque crecer viendo un mundo entero incendiarse en alta definición debe ser facilísimo.

A veces me pregunto cómo sería nuestra adolescencia si a los trece años hubiéramos visto videos de ejecuciones entre anuncios de perfumes, venta de omzepic y tutoriales para “tener un cuerpo perfecto en 30 días”. Probablemente tampoco habríamos sabido qué hacer con la cabeza.

Hay algo cruel en pedirles estabilidad emocional a chicos que viven conectados a una máquina diseñada exactamente para destruirla.

Y aun así, muchos sobreviven.

Se enamoran. Hacen amigos. Se ríen fuerte. Inventan memes absurdos. Van a clases medio dormidos pero todavía abrazan compañeros que lloran en el baño. Todavía hacen chistes. Todavía sueñan con cambiar el mundo. Eso me parece milagroso.

Porque ser adolescente hoy debe sentirse como intentar escuchar tu propia voz en medio de un estadio lleno gritando cosas distintas al mismo tiempo.

Quizás el problema no es que “los jóvenes están mal”.

Quizás el problema es que construimos un ecosistema emocionalmente invivible y después culpamos a quienes crecieron dentro de él.