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Costa Rica no necesita hablar como potencia militar para defender la paz

Costa Rica ha construido durante décadas una reputación internacional singular. No es una potencia militar, no compite por influencia bélica y no posee capacidad de presión geoestratégica comparable a la de los grandes bloques mundiales. Sin embargo, ha logrado algo mucho más difícil: legitimidad moral.

La abolición del ejército en 1948 no solo transformó nuestra estructura institucional; también moldeó una identidad diplomática basada en la prudencia, el diálogo, la mediación y la defensa del derecho internacional. Ese legado convirtió al país en un referente mundial de paz, democracia y resolución pacífica de conflictos.

Precisamente por ello, resulta válido cuestionar el tono cada vez más confrontativo con el que la política exterior costarricense se expresa frente a conflictos militares internacionales.

La reciente condena “enérgica” emitida por la Cancillería costarricense contra Rusia tras los ataques sobre Ucrania reabre un debate importante: ¿está Costa Rica proyectando la voz diplomática que históricamente le dio prestigio internacional o está adoptando, progresivamente, el lenguaje político de potencias involucradas en disputas geopolíticas?

Por supuesto que Costa Rica debe defender el Derecho Internacional Humanitario. Por supuesto que debe rechazar ataques contra la población civil, vengan de quien vengan. Guardar silencio ante el sufrimiento humano tampoco sería coherente con nuestros principios históricos. Sin embargo, existe una diferencia importante entre defender principios y adoptar tonos de confrontación que poco se alinean con la tradición diplomática costarricense.

Costa Rica no necesita elevar el volumen para que su voz tenga valor.

Nuestra fortaleza internacional nunca estuvo en la intimidación ni en el alineamiento automático con bloques de poder. Históricamente, el país construyó buena parte de su prestigio internacional a través del poder blando: la capacidad de tender puentes, promover el diálogo y recordarle al mundo que incluso en medio de tensiones globales existen caminos distintos a la escalada verbal y militar.

Cuando un país pequeño y sin ejército adopta discursos cada vez más enérgicos frente a potencias militares activas, corre el riesgo de diluir precisamente aquello que lo hace diferente ante la comunidad internacional.

La diplomacia costarricense fue respetada durante décadas porque transmitía equilibrio. Porque podía condenar hechos sin caer en estridencias. Porque proyectaba serenidad institucional incluso en momentos de crisis global.

Esto no implica neutralidad absoluta ni indiferencia frente a violaciones al derecho internacional. Costa Rica siempre ha sostenido posiciones políticas y principios democráticos en distintos escenarios internacionales. Sin embargo, una cosa es defender valores universales y otra muy distinta adoptar estilos discursivos más propios de potencias inmersas en dinámicas de confrontación geopolítica.

Hoy más que nunca, el mundo necesita voces que contribuyan a reducir tensiones, no a incrementarlas.

Costa Rica podría ejercer un liderazgo mucho más coherente con su historia promoviendo activamente espacios multilaterales de diálogo, fortaleciendo iniciativas humanitarias, impulsando mecanismos internacionales de negociación y recordando la necesidad de soluciones políticas sostenibles. Esa es la verdadera dimensión del liderazgo pacifista costarricense.

No se trata de indiferencia. Tampoco de neutralidad pasiva frente al sufrimiento humano. Se trata de comprender que la autoridad moral de Costa Rica proviene precisamente de su moderación, de su prudencia y de su capacidad de hablarle al mundo desde la paz, no desde la confrontación.

En tiempos donde abundan los discursos incendiarios, Costa Rica debería cuidar más que nunca el tono de su voz diplomática. Porque, en nuestro caso, la forma también es fondo.