Imagen principal del artículo: Cómo nace un manifiesto: memoria, universidad pública y compromiso

Cómo nace un manifiesto: memoria, universidad pública y compromiso

Este manifiesto no nació de la nada. Nació de una conversación, de una incomodidad y, sobre todo, de una historia. En el marco del V Congreso Universitario de la Universidad Nacional, se conformó una comisión para redactar un pronunciamiento sobre el financiamiento de la educación superior. En ese espacio coincidí con una académica, Edda Rodríguez, con quien trabajé una de las partes más sensibles del documento: el valor de las universidades públicas.

Mientras avanzábamos, nos dimos cuenta de algo. El documento que se estaba construyendo tenía un tono más técnico, más cerrado, casi como una respuesta institucional. Pero lo que estábamos escribiendo no se sentía así. Se sentía distinto. Tenía vida, tenía emoción, tenía sentido político.

Recuerdo que ella me dijo algo que no se me olvida:

— Esto está muy bonito. Lléveselo usted a las personas estudiantes.

Y así nació este manifiesto.

Lo tomé, lo trabajé, lo convertí en una propuesta para el estamento estudiantil, lo socialicé con las personas estudiantes, recibí sugerencias que en conjunto incluimos y lo presentamos ante el Congreso Universitario. Fue leído, discutido y aprobado. Hoy circula como un pronunciamiento colectivo, como debe ser. Pero también tiene una historia detrás que vale la pena contar.

Porque yo no escribo sobre educación pública desde la distancia.

Escribo desde mi historia.

Mis papás fueron las primeras personas de su familia en llegar a la universidad. Hijos de agricultores, crecieron en condiciones donde estudiar no era una certeza, sino una excepción. Mi mamá, desde Cachí —un lugar que muchas personas ni siquiera ubican en el mapa— logró cumplir un sueño que tenía desde niña: estudiar en la Universidad de Costa Rica, y lo hizo gracias a una beca.

Mi papá, por su parte, creció en un entorno rural en Coronado, donde su infancia transcurría entre ríos y piedras que eran, muchas veces, su forma de juego y descubrimiento. Desde ahí, desde ese origen tan sencillo, fue construyendo un sueño que lo acompañó desde pequeño: entender la tierra. Con el tiempo, logró ingresar a Geología en la misma universidad, también gracias a una beca.

Sin que nadie les preguntara su apellido. Sin que nadie les pidiera demostrar cuánto dinero tenía su familia.

Eso es la universidad pública, no cualquier educación, sino una puerta abierta a la mejor de Centroamérica y el Caribe, que no nos pregunta de dónde venimos y que fue pensada, precisamente, para quienes más necesitan una oportunidad real.

Gracias a eso, mi familia pudo transformar su historia. Hoy estudio en la Universidad Nacional y en la Universidad de Costa Rica sin las angustias que marcaron el camino de mis papás. Y eso no pasó por sí solo: fue posible porque como país decidimos que la educación pública debía ser un derecho, nunca un privilegio.

Por eso, cuando digo que defender la universidad pública es importante, no lo digo como consigna. Lo digo como deuda. Lo digo como responsabilidad. Lo digo como memoria.

Hace poco conversaba con mi mamá sobre algo que duele, ver a personas estudiantes que no defienden la universidad pública, incluso cuando ven cómo se le ataca o se le reduce, y se les “insulta como chancletudos”.

Y me dijo algo que me marcó:

 —Esas chancletas no son vergüenza. Son origen y son orgullo.

Y tiene razón, “chancletudo” nunca debió ser un insulto. Es una identidad. Es la historia de miles de personas que llegaron a la universidad desde contextos vulnerables, que caminaron con lo que tenían, y que encontraron en la educación una oportunidad real para transformar su futuro.

Eso es lo que representa la universidad pública en Costa Rica: Un pacto social, una promesa colectiva, una forma de entender el país.

Por eso preocupa —y mucho— cuando se intenta reducir su financiamiento a una lógica fría, como si se tratara de una “lista de supermercado”.

Señor presidente, señora presidenta electa, no lo es.

Ese 0% que impulsa con orgullo su gobierno tiene rostro humano.

El rostro de personas jóvenes de zonas rurales, de territorios costeros, de comunidades que hoy ven cómo se cierran oportunidades. El rostro de quienes no llegaron. El de quienes tuvieron que abandonar. El de quienes, en ausencia de oportunidades, terminaron en caminos que nunca debieron ser la única opción.

La educación pública no es un gasto. Es la herramienta más poderosa que tenemos como país para evitar que esas historias se repitan. Sí, Costa Rica necesita cambios. Sí, nuestras instituciones deben mejorar, revisarse y adaptarse. Pero hay algo que no se puede negociar: los valores que nos construyeron.

En Costa Rica decidimos abolir el ejército para invertir en educación.

Decidimos apostar por la dignidad humana.

Decidimos que el acceso al conocimiento no dependiera del dinero.

Eso no es pasado. Es presente. Y debería ser futuro.

Por eso escribo, porque no pienso quedarme al margen. Porque defender la educación pública es también honrar la historia de quienes lucharon antes, y de cuidar y proteger a quienes vendrán después.

«Porque cuando una estudiante cruza la puerta de una universidad pública, no lo hace sola. Entra con ella su historia, su familia, su comunidad y, en muchos sentidos, el país entero. Y en ese acto, aparentemente individual, se juega también el destino colectivo de Costa Rica.»

Esa es la historia de mi mamá, de mi papá y de mi familia. Una historia que no es única, sino profundamente costarricense, porque se repite en miles de hogares. Y es precisamente por eso que este no es un tema técnico ni presupuestario. Es un tema humano. Es el país que somos y el país que decidimos ser. Ese es el sistema que hoy defiendo.