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¿Y si el mayor beneficio laboral ya existe y no lo estamos usando?

En Costa Rica sostenemos, casi sin cuestionarlo, uno de los sistemas de seguridad social más sólidos de la región. Mes a mes, empresas y trabajadores cumplen con sus obligaciones, convencidos de que están aportando a su salud y a su futuro. Pero hay una pregunta que rara vez se hace en las organizaciones: ¿estamos aprovechando realmente todo lo que ese sistema ya nos ofrece?

La respuesta, incómoda pero honesta, es no.

Durante años hemos asociado la seguridad social con la atención de la enfermedad y la jubilación como un punto de llegada. Sin embargo, esa visión deja por fuera algo fundamental: el bienestar no empieza cuando el cuerpo falla ni cuando la vida laboral termina. Empieza mucho antes. Empieza hoy, en medio de jornadas laborales exigentes, de equipos bajo presión, de personas que cargan estrés, ansiedad y desgaste emocional como parte de la rutina.

Después de la pandemia, esta realidad dejó de ser invisible. Las organizaciones comenzaron a notar lo que antes se ignoraba: incapacidades más frecuentes, agotamiento acumulado, dificultad para sostener la motivación y una creciente necesidad de hablar de salud mental. Ya no se trata solo de productividad, sino de sostenibilidad humana.

Y, sin embargo, seguimos actuando como si el bienestar fuera un tema secundario, un “extra”, una charla ocasional o una iniciativa aislada.

Aquí es donde el país tiene una oportunidad que aún no ha dimensionado.

Desde la Gerencia de Pensiones de la CCSS existe un programa que rompe con esa lógica tradicional: Vive Bien. Pero más allá del nombre, lo relevante no es el programa en sí, sino lo que representa.

Representa la posibilidad de transformar un aporte obligatorio en valor tangible.

Representa la oportunidad de convertir lo que ya se paga en bienestar real.

Representa un doble beneficio: cumplir con la seguridad social y, al mismo tiempo, fortalecer la calidad de vida de las personas dentro de las organizaciones.

Cuando una empresa activa este tipo de iniciativas, los efectos no tardan en aparecer: disminuyen los niveles de estrés, se reducen las incapacidades asociadas a salud mental, mejora el clima laboral y las personas comienzan a construir herramientas que impactan incluso su futura jubilación. No porque alguien les habló de retiro, sino porque aprendieron a vivir mejor mientras trabajan.

Eso cambia todo.

En el mundo, los ejemplos son claros. En Japón, el concepto de propósito —Ikigai— ha demostrado que tener un sentido en lo que se hace impacta directamente en la salud y la longevidad. En países nórdicos, el bienestar dejó de ser un beneficio y se convirtió en una política estructural, con resultados visibles: menos enfermedad, más equilibrio y mayor productividad sostenible.

Costa Rica no necesita copiar modelos externos. Tiene los cimientos. Tiene el sistema. Tiene la institucionalidad. Lo que falta es activar lo que ya existe.

Pero esto requiere un cambio de mentalidad en las organizaciones.

Implica dejar de ver el bienestar como una actividad y empezar a entenderlo como cultura. Significa pasar de eventos aislados a procesos continuos. De escuchar una charla a construir comunidades.

Porque cuando los equipos encuentran espacios para hablar, compartir, gestionar el estrés, entender sus emociones y desarrollar habilidades para la vida, ocurre algo poderoso: las organizaciones dejan de ser solo lugares de trabajo y se convierten en entornos donde las personas pueden sostenerse.

Y ese modelo, además, es replicable.

Las empresas no solo pueden participar; pueden construir sus propios espacios internos, sus propios “mini Vive Bien”, adaptados a su realidad. Ese es el verdadero cambio: cuando el bienestar deja de depender de una intervención externa y pasa a formar parte del ADN organizacional.

Ahí es donde el impacto se vuelve sostenible.

Como jefatura del programa Vive Bien, tengo claro que el desafío no es solo informar que existimos. Es lograr que las organizaciones comprendan el valor que ya tienen en sus manos. Que dejen de preguntarse si vale la pena invertir en bienestar y empiecen a preguntarse por qué no lo han hecho antes, si ya cuentan con las herramientas.

Porque al final, la discusión no es sobre programas, ni sobre costos, ni sobre actividades.

Es sobre cómo queremos que vivan las personas mientras trabajan.

Es sobre qué tipo de organizaciones estamos construyendo.

Es sobre si vamos a seguir reaccionando a la enfermedad o si finalmente vamos a apostar por el bienestar.

Costa Rica ya dio el primer paso hace décadas al construir un sistema solidario. Hoy nos toca dar el siguiente: hacerlo visible, humano y presente en la vida cotidiana de las organizaciones.

El bienestar no puede seguir esperando.