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Un semáforo en rojo y el Estado que acelera atropellando

El lunes, hicimos un pre estreno de la obra Madre Carajo y el Teatro de las Artes se llenó de invitades especiales (sí, todo con e… personas que viven en el margen, que no tenían, que mostrar identificación para entrar y a las cuáles la puesta en escena espejaba)….

Fue muy emocionante, para mí, cómo dramaturga y activista, fue una promesa cumplida: la de no dejar a nadie afuera, ni atrás; la que le hice a Dayana Hernández mientras agonizaba antes de cumplir los 42 años -bien dentro de la estadística por más excepcional que ella fuera-.

Eso fue ayer, hoy me desayuné con que la diplomacia costarricense decidió que era un buen día para correrse de la conversación en la Organización de los Estados Americanos sobre derechos LGBTIQ+.

Salirse del foro. Retirarse. Como si la dignidad fuera optativa y los derechos humanos un buffet donde se elige lo que incomoda menos. Qué descanso: problema resuelto por ausencia.

En Madre Carajo, los personajes no tienen ese privilegio. No pueden “salirse” de la calle, ni de la familia que ama mal, ni del sistema que administra quién merece cuidado. Hay madres que cuidan como pueden, hijas que negocian su existencia, hermanas que aprenden a quererse en un idioma que siempre llega tarde. Sin spoilers: lo que duele no es lo extraordinario, sino lo cotidiano. Un pronombre torcido, una risa, una puerta. Pequeñas decisiones que, acumuladas, construyen un no lugar.

Pero tranquilidad: siempre habrá políticos y poli-ticos que nos expliquen que “no es para tanto”. Que retirarse de la discusión regional es un gesto técnico, neutro, casi higiénico.

Como si la neutralidad no fuera, históricamente, el mejor aliado de la violencia. Como si los cuerpos que quedan fuera de la mesa dejaran de existir por decreto.

Datos, por si alguien necesita un poco de realidad para acompañar la retórica: en América Latina, las personas trans enfrentan niveles desproporcionados de exclusión laboral, expulsión educativa y violencia. La expectativa de vida de mujeres trans en la región ronda entre los 35 y los 42 años, la exclusión educativa en edad escolar alcanza el 90%.

En Costa Rica, organizaciones de derechos humanos han documentado discriminación en acceso a empleo, salud y seguridad, además de subregistro de agresiones. Pero claro, la solución diplomática es retirarse del foro donde se discuten estas cosas. Menos conversación, menos problema. Impecable.

Mientras tanto, en el escenario, la obra insiste: la ternura es política. El cuidado es radical. La familia puede ser refugio o campo de batalla, y a veces ambas cosas en la misma escena.

El teatro hace lo que la política debería: nombrar, escuchar, incomodar. Y lo hace sin el lujo de la ambigüedad calculada.

Claro que no estamos solos en esta coreografía de evasión. El continente ofrece un repertorio de “odiadores profesionales” que convierten la crueldad en marca personal: Javier Milei, Nayib Bukele, José Antonio Kast. Cada uno con su estilo, todos con la misma partitura: deslegitimar identidades, reducir derechos a ideología, transformar la dignidad en debate. Exportación regional de la indiferencia, con arancel cero.

La pregunta no es si el arte debe ser político; la pregunta es por qué la política renuncia a ser humana. Que el Estado se retire de una mesa donde se discuten derechos LGBTIQ+ no es una anécdota: es una señal.

Y las señales, como los semáforos, ordenan el tránsito de la vida pública. Rojo para quienes ya vienen esquivando autos desde siempre. Verde para la comodidad de no mirar.

Madre Carajo deja el semáforo parpadeando en la conciencia. Afuera del teatro, en cambio, parece que alguien decidió cortar la electricidad. Urge restablecerla. Urge volver a la mesa, sostener políticas públicas con presupuesto, garantizar acceso real a salud, educación y empleo, y asumir —sin eufemismos— que los derechos humanos no se negocian ni se posponen.

Porque mientras algunos se retiran del debate, hay quienes no pueden retirarse de su propia vida. Y eso, por más que incomode, no admite aplazamientos.

La obra estará en cartelera 9, 10, 11 de abril a las 7 p.m. y el 12 de abril a las 6 p.m. Las entradas cuestan entre 7 y 4 mil colones.