Lo primero que hay que decir es que, si bien es cierto el día a día de la política doméstica y geopolítica nos puede poner al borde del colapso nervioso por la cantidad de eventos históricos sucediendo al mismo tiempo, el mundo realmente no está tan “loco” como creemos. No es que los líderes mundiales decidieron tomar decisiones radicales de la mismísima nada, o invertir sus esquemas ideológicos de forma antojadiza. Esta sensación de que nada tiene sentido no pasa porque los acontecimientos de los últimos años tengan un origen aleatorio, sino por la velocidad a la que se desarrolla una meta discusión que, a su vez, es una lucha de poder.
Cuando hablamos de una “meta” discusión, hacemos referencia, en tico, a la mamá de las discusiones. Aquella discusión que engloba todas las discusiones políticas que se están dando en el mundo. Podríamos verlo como una matrioska, esas muñecas rusas que contienen a su vez muchas muñecas más en su interior. Esa meta discusión es la del tecnofeudalismo en antagonismo con lo que podríamos etiquetar como la esencia de lo humano.
Del tecnofeudalismo y otros demonios
En 2024, Yanis Varoufakis condensa en su libro “Technofeudalism: What Killed Capitalism” el surgimiento de un nuevo sistema económico y político en construcción llamado tecnofeudalismo, el cuál se caracteriza por: no producir bienes en el sentido clásico, generar renta con la intermediación de algoritmos, imponer condiciones laborales unilateralmente a través de algoritmos, acumular datos y controlar acceso a las distintas instancias del reino digital. Este reino digital, con sus algoritmos, servidores y datos, es controlado por los señores tecnofeudales, aquellos que después del boom de las empresas puntocom, comenzaron a dominar cada rincón del internet, y en la actualidad, la mayor parte de nuestro tiempo y realidad.
¿Quiénes son los principales señores tecnofeudales?
Sam Altman, CEO de OpenAI (Chat GPT), el más tecno-optimista de estos, cree en el progreso tecnológico como una ley natural y que el desarrollo de la Inteligencia Artificial General llevará a la trascendencia de la humanidad, desplazando los problemas políticos a “soluciones técnicas”.
Peter Thiel, presidente de Palantir (empresa de vigilancia masiva y tecnología militar que trabaja con la CIA y el Pentágono), es probablemente la figura más importante de estos, ya que es el arquitecto intelectual. En su construcción teórica, defiende el fin de la democracia, sustituyéndola por un sistema político en el cual las empresas privadas tecnológicas tengan el control de la vida (tecnofascismo), el fin de la humanidad y el inicio de la transhumanidad, en donde se superen las limitaciones del ser humano, fragilidad y mortalidad.
Elon Musk, fundador de Tesla, Neuralink, Space X y demás. No solo comparte el sueño del fin de lo humano, también es el ingeniero que está creando la infraestructura física para hacerlo realidad y que esa transhumanidad no solo se quede en la tierra y lo digital, sino que conquiste el cosmos.
¿Qué tienen que ver estos señores con los eventos geopolíticos actuales?
La respuesta a esta pregunta es: todo. En primer lugar, porque no estamos hablando de señores cualquiera. Estos hombres son, posiblemente, las personas que de forma individual concentran más poder y riqueza en todo lo que va de la historia de la humanidad y están estrechamente ligados al poder en Occidente. Así lo confirma, por ejemplo, la toma de poder de Donald Trump, donde se hicieron presentes algunas de las caras más populares de este grupo, pero además la profunda cercanía de algunos de estos con su gobierno, ligados directamente con políticas y/o acciones militares estadounidenses.
Aquí podemos entender entonces parte del “alboroto” geopolítico actual. Pues la cuestión militar está estrechamente ligada a las capacidades que ofrecen estos tecnofeudos y sus señores a los gobiernos, así como el uso del aparato estatal por su parte para el desarrollo y perfeccionamiento de tecnología con aplicaciones éticamente cuestionables y legalmente opacas desde lo privado.
Nueva alineación ideológica
La humanidad ha alcanzado un punto de quiebre. No estamos hablando de una discusión económica sobre los efectos de la tecnología en los puestos de trabajo, que es quizás la discusión más común cuando hablamos de inteligencia artificial, por ejemplo. Estamos hablando literalmente, de los hombres más ricos y poderosos del mundo, que controlan la IA, los medios de comunicación, la neurociencia y con fortunas tan absurdas que se necesitarían miles de años para ser gastadas, plantear escenarios en donde cabe la posibilidad de la extinción de la humanidad como especie, porque el desarrollo tecnológico es, en sí mismo, un fin cuyo precio podría ser ese y, bajo la visión de estos señores, valdría la pena pagarlo.
Bajo esa disyuntiva, las categorías de análisis político habituales quedan obsoletas; los marcos teóricos convencionales que solemos utilizar para entender la política y el poder no explican ni una mínima parte de los actuales fenómenos políticos. Este escenario es profundamente filosófico, pero implica una batalla desde lo tangible por algo tan básico como la existencia: mientras el tecnofeudalismo cuestiona la existencia misma, la política tradicional se limita a analizar y explicar las condiciones en las que existimos.
Un ejemplo es cuando vemos que Pedro Sánchez, progresista de izquierdas, coincide en reprimendas contra Trump por atacar al papa León XIV con Georgia Meloni, nacionalista que llegó a gobierno con discursos neofascistas. O cómo los jóvenes centennials, tienden al conservadurismo más que nosotros los millennials. Se preguntaron ¿por qué la Iglesia Católica, pese a ser una institución conservadora, ha tomado tanta distancia contra la ultraderecha conservadora moderna tan influenciada por los líderes de estas empresas tecnológicas?
La respuesta es compleja pero se centra en que el tecnofeudalismo implica una serie de situaciones que tocan las fibras más sensibles de distintas vertientes de pensamiento, intereses y actores políticos que comparten un elemento primordial: el acuerdo inquebrantable de lo humano como esencia y no como etapa que puede ser superada.
Esta premisa es poderosa por sí sola aunque parezca básica, pero en el contexto actual se vuelve el centro del todo. Reordena el espectro ideológico de forma binaria entre la defensa de la humanidad, como especie y como valor moral, y los actores a los que les conviene que eso no sea incuestionable, ya sea porque tienen una convicción genuina de que lo humano es superable o porque entre menos consenso haya de dicha premisa puedan diluir lo macabro de sus pretensiones y acciones.
Actores clave
En esta coyuntura hay actores que evidentemente se volverán más o menos notables y recurrentes en el acontecer noticioso. Como vimos, por un lado están las empresas tecnológicas, sus líderes y sus círculos de influencia desde lo político como los gobiernos de Trump e Israel, pero por otro hay una colectividad menos homogénea y por ende más compleja de describir pero con actores clave. Uno de ellos y probablemente más evidente es la Iglesia Católica liderada por el papa León XIV, cuya elección coincide escandalosamente en demasía con la coyuntura, pues su agenda y prioridades están alineadas en tiempo y forma a la meta discusión en curso.
Luego es difícil dibujar actores de forma tan precisa como lo permite el papa y la Iglesia, pues debemos entender que es un antagonismo en construcción, pero podemos decir que hay otros actores que enfrentan disyuntivas propias de esta meta discusión, como es el caso de los gobiernos de la Unión Europea, quienes entienden, por ejemplo, que sus aliados históricos y “previsibles” en un conflicto en Medio Oriente serían Estados Unidos e Israel, pero que el choque entre las acciones de estos gobiernos y el humanismo más elemental los pone en una situación incómoda y los hace ver hacia el Sur Global, e incluso, hacia el Vaticano.
El mundo abruma pero no está loco…
Cerramos este artículo diciendo que la velocidad con la que se desenvuelve esta meta discusión es abrumadora, pero explica las barbaridades que se hacen y dicen, así como los lugares, inesperados para algunas personas, de donde brota la esperanza de que no todo está perdido. Seguiremos viendo como líderes y movimientos trazan sus respectivas líneas rojas ante las injusticias que plantean quienes buscan normalizar la deshumanización, aunque esto implique una paciencia dolorosa.
