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Sobre el impacto que la violencia en la crianza tiene en la vida de las personas menores de edad, ¿hay alternativa?

Todavía se escucha o se lee decir a algunos padres y madres de familia, docentes o cuidadores, frases como: “de vez en cuando le hacen falta un par de nalgadas a un niño para que se porte bien”, “a mí me criaron a punta de faja y chancleta, y no soy un criminal”, “unos cuanto golpes y se acaban las rabietas”, “el castigo físico ayuda a que el niño se porte mejor”, “el castigo físico ayuda a disciplinar”. ¿Es esto cierto?, ¿la violencia en la crianza contribuye a mejorar o corregir el mal comportamiento?, ¿es con violencia como mejor podemos aprender a no ser violentos?

¿Qué dice la evidencia científica al respecto? Veamos lo que reportan algunos estudios científicos:

Currie y Widom encontraron que los adultos con antecedentes documentados de abuso o negligencia infantil presentan menores niveles de educación, empleo, ingresos y patrimonio en la edad adulta, en comparación con niños del grupo de control con características similares. Existe una diferencia del 14% entre las personas con antecedentes de abuso o negligencia y el grupo de control en la probabilidad de empleo en la mediana edad, incluso controlando las características sociodemográficas. Estos hallazgos demuestran que los niños maltratados y abandonados sufren consecuencias económicas importantes y duraderas.

Dannlowski y colegas  observaron una fuerte asociación entre las puntuaciones de trauma infantil y la reactividad de la amígdala a las expresiones faciales relacionadas con amenazas. El análisis morfométrico reveló volúmenes reducidos de materia gris en el hipocampo, la ínsula, la corteza orbitofrontal, el giro cingulado anterior y el núcleo caudado en sujetos con puntuaciones altas de trauma infantil. El maltrato infantil se asocia con cambios funcionales y estructurales notables, incluso décadas después, en la edad adulta. Estos cambios se asemejan mucho a los hallazgos descritos en la depresión y el trastorno por estrés postraumático (TEPT). Por lo tanto, estos resultados podrían sugerir que la hiper reactividad límbica y la reducción del volumen del hipocampo podrían ser mediadores entre las experiencias adversas durante la infancia y el desarrollo de trastornos emocionales.

Kessler y colegas reportan que el maltrato infantil, como factor de riesgo ambiental, provoca una reducción significativa de la inhibición de la amígdala por parte de la corteza prefrontal medial. Esta hiperactividad de la amígdala en sujetos con riesgo particular de depresión, especialmente aquellos que han sufrido maltrato infantil, podría ser causada por una regulación negativa de la amígdala a través de la corteza prefrontal medial. Dado que el maltrato infantil es un importante factor de riesgo ambiental para la depresión, se destaca la importancia de este posible biomarcador temprano.

Nagy y colegas muestran pruebas de que los pacientes deprimidos con antecedentes de maltrato en la infancia presentan deficiencias en el reconocimiento de emociones faciales y muestran un funcionamiento alterado de circuitos cerebrales frontoestriados relacionados con la recompensa durante una tarea de comparación de emociones faciales. Los pacientes mostraron una precisión reducida para reconocer rostros tristes. El análisis de la actividad cerebral reveló que los pacientes con maltrato infantil tienen señales de actividad cerebral significativamente reducidas en su núcleo accumbens derecho, corteza subcallosa y giro paracingulado anterior en comparación con los controles. Además, los pacientes con maltrato infantil tienen una respuesta cerebral negativa significativamente aumentada en sus giros precentral y postcentral derechos en comparación con los controles. Estos datos respaldan la idea de que el procesamiento mal adaptativo de la información socioemocional podría representar una vía por la cual el trauma infantil inicia un riesgo de psicopatología.

Entonces, considerando la anterior evidencia, ¿se puede sostener que el castigo físico en la infancia ayuda a mejorar el comportamiento de las personas? No, el castigo físico no solo no mejora el comportamiento, sino que lo empeora, ya que, quienes han sido maltratados en su infancia (comparados con quienes no lo sufrieron):

  • Tienen mayor riesgo de desarrollar trastornos emocionales.
  • Muestran mayor riesgo de depresión.
  • Presentan un peor procesamiento de información socioemocional asociado a un mayor riesgo de psicopatología.
  • Logran menores niveles de educación, empleo, ingresos y patrimonio en la edad adulta.

¿Qué hacer entonces si el castigo físico no ayuda y resulta perjudicial? La evidencia obtenida por Sullivan y colegas, así como por Neppl y colegas,y por Gertler y colegas, sugiere que los métodos de crianza positiva contribuyen a mejorar el comportamiento, la salud y los resultados a largo plazo de las niñas y niños que los experimentan. Además, la investigación del INEINA de la UNA en Costa Rica, sugiere que la capacitación en crianza positiva contribuye a que las figuras parentales reduzcan el castigo físico y aumenten su satisfacción con su rol de crianza. Según lo plantea UNICEF, la crianza positiva es un enfoque educativo y de cuidado basado en el respeto mutuo, la empatía y el afecto, que busca el desarrollo integral de niños, niñas y adolescentes sin recurrir a la violencia o castigos físicos y humillantes. Su objetivo principal es fortalecer el vínculo familiar y la autoestima de la persona menor de edad, enseñándole habilidades para la vida a través de una guía firme, respetuosa y amorosa.