Han transcurrido más de treinta años de administración tras administración municipal errática, atravesada antes, durante y después por episodios abrumadores de dificultades construidas, heredadas, recreadas e incluso deliberadamente fomentadas. Todo ello bajo el liderazgo de personajes que han demostrado gran incapacidad sostenida para resolver problema alguno, ya sea complejo o elemental. Se trata de una ciudad densificada, conurbanizada con sus cantones vecinos y que ha fagocitado a las demás capitales provinciales aledañas en un proceso desplanificado que no es sino el reflejo nítido de la incompetencia, agravada por la indolencia, la indiferencia y las extrañas prioridades de sus alcaldes y concejos.
El resultado es una urbe caótica, fea, ruidosa, sucia, territorialmente desordenada que, salvo algunos pocos parques, ha sido deforestada, poblada por ese bosque grotesco de postes saturados de cables negros cuyo follaje artificial ni siquiera invita a posarse a los pájaros. Es, además, una ciudad contaminada y contaminante, insegura y crónicamente congestionada. Una ciudad sin política ni proyecto urbano ni vial, prácticamente incaminable para el peatón, pues sus aceras, cuando existen son angostas, están rotas, invadidas de grietas o en condiciones deplorables, cubiertas de excrementos de toda índole y con una alarmante escasez de cruces seguros y semáforos peatonales.
La población, privada de formación cívica sólida como consecuencia de una educación sin ruta, y sin brújula desde mediados de los 90, no ha desarrollado nociones básicas de respeto mutuo ni de convivencia en espacios compartidos.
Mientras tanto, abundan las disputas estériles en los Concejos, la gestión ambiental es insuficiente y deficiente y no hay un atisbo coherente para una estrategia orientada hacia la economía circular. La basura se dispersa en la vía pública, atasca los drenajes y los indigentes, aparte de haber tomado las aceras como sus dormitorios, en su lucha por sobrevivir, rompen bolsas en busca de alimento o de cualquier objeto con valor residual, evidenciando así el deterioro sostenido de la calidad de vida durante los últimos quince o veinte años, y agravado con particular intensidad en el último lustro, sin que se vislumbre solución alguna para sus causas y consecuencias.
También se ha extraviado la vanidad, el gusto y el sentido estético. El paisaje urbano está invadido por edificaciones sin mantenimiento, fachadas abandonadas y cruces sobre ríos y quebradas que exponen al transeúnte a escenarios inmundos e insalubres. Las lagunas del Parque de la Paz han degenerado en humedales pantanosos y criaderos de zancudos, sumados al fósil mutilado del puente peatonal colapsado el 1° de enero de 2024 tras el impacto de un camión de carga y el deterioro extremo de sus cables tensores; es hoy un monumento involuntario a la destrucción, la corrosión y sobre todo, a la inacción.
Mientras tanto, la inseguridad campea sin disimulo; los turistas evitan la ciudad más allá de unas pocas cuadras céntricas. Los acueductos pierden alrededor del 50% del agua potable, la red fluvial opera como una cloaca a cielo abierto y el río Virilla, junto con sus afluentes, constituye una prueba irrefutable de ello. La insalubridad urbana se normaliza; la gestión del riesgo aparece únicamente después de los desastres y, aparte de algunos esfuerzos individuales encomiables, pocos parecen tener claro qué habrá que hacer ante la eventualidad del próximo terremoto o de una erupción del volcán Irazú. El ordenamiento territorial se ampara en instrumentos reguladores inoperantes, con mapas que no sirven ni siquiera para decorar paredes.
La Circunvalación, tras casi medio siglo de promesas, sigue “concluyéndose”. Si bien permite tramos de circulación ágil, sus accesos y salidas ponen a prueba la paciencia de cualquier conductor y la resistencia de los motores. En paralelo, el tren eléctrico, llamado a ser un eje transformador del transporte urbano e interurbano, fue sacrificado en 2022 por mezquindad, miopía e irracionalidad política, culminando una larga historia de desdén hacia el transporte ferroviario que se remonta al cierre técnico, inexplicable e imperdonable, del “Ferrocarril al Atlántico” en 1995.
Las calles y carreteras aledañas permanecen plagadas de huecos crónicos y puentes y viaductos desgastados, algunos con años sin reparación; el señalamiento vial se deteriora o desaparece y el irrespeto a la normativa de tránsito se convierte en norma. El peatón es, en la práctica, el enemigo de conductores de automóviles, autobuses, motocicletas y bicicletas, que circulan con malacrianza, imprudencia temeraria, estrés y agresividad abierta. Esto no sorprende, pues quienes nos gobiernan no caminan la ciudad; la atraviesan encapsulados en vehículos con vidrios oscuros, quizás blindados, ajenos por completo a la experiencia cotidiana de la mayoría. Es fácil desplazarse, escoltado, entre Zapote y Granadilla.
En síntesis, esta ciudad se ha convertido en un ejemplo paradigmático de lo que una metrópolis no debe ser. San José es hoy, sin ambages, una vergüenza, un desastre, un caos, ante lo cual la población parece haberse resignado a convivir, como si no quedara otra opción.
En contraposición, San José tiene mucho potencial para ser una ciudad linda. Pero es necesario un esfuerzo sostenido mediante la aplicación de al menos cuatro principios básicos, todavía posibles: la gestión ambiental y socioeconómica, el ordenamiento territorial y urbano, la gestión vial y del transporte público, y la gestión del riesgo. También es posible y oportuno rescatar algunos de los bellos elementos arquitectónicos realizados durante la primera mitad del siglo XX y las excepcionales decoraciones de piedra en aceras y edificios. Las montañas y bosque que la rodean son fascinantes, sus ríos, con sus cañones y cauces, decorados con nuestra historia geológica convulsa y única, el clima agradable, fresco y ventoso y sobre todo los josefinos, cuyo humor y buen trato hacen posible pensar que nuestra capital vale la pena.
