En Costa Rica nos gusta repetir que somos un país que respeta a sus personas adultas mayores. Nos gusta decir que aquí existe una seguridad social solidaria, una institucionalidad fuerte y una Caja Costarricense de Seguro Social que representa uno de los mayores orgullos nacionales. Pero cada cierto tiempo aparece una decisión pública que desnuda la distancia brutal entre el discurso y la realidad. La postergación del inicio de la construcción de la nueva sede del Hospital Nacional de Geriatría y Gerontología hasta 2038 es una de esas decisiones.
Y no hay forma seria de suavizarlo: estamos ante una decisión profundamente equivocada, socialmente cruel e institucionalmente irresponsable.
Desde La Caja es Nuestra, movimiento ciudadano comprometido con la defensa de la CCSS y con la sensibilización de la población frente a los graves problemas que atraviesa nuestra seguridad social, rechazamos rotundamente este atraso. No estamos hablando de un simple ajuste de cronograma. Estamos hablando de condenar al país a seguir enfrentando el envejecimiento acelerado de su población con una infraestructura obsoleta, limitada y, según se ha denunciado, incluso riesgosa para pacientes y funcionarios.
El actual Hospital Nacional de Geriatría y Gerontología Dr. Raúl Blanco Cervantes opera en una infraestructura de 67 años, con serias limitaciones estructurales y observaciones concretas en materia de seguridad humana. El manifiesto presentado por nuestra organización recuerda que existen señalamientos sobre condiciones de evacuación deficientes, problemas con salidas de emergencia, sistema de rociadores, rutas de escape y circulación de humo entre pisos. Todo esto en un hospital que atiende a personas adultas mayores, muchas de ellas con movilidad reducida y alta vulnerabilidad. Esperar hasta 2038, en estas condiciones, no es prudencia: es temeridad.
Pero el problema no termina en la infraestructura. El país está envejeciendo aceleradamente. Y aquí es donde la gravedad de esta decisión se vuelve todavía más evidente. Costa Rica ya no puede darse el lujo de planificar la atención geriátrica como si estuviera pensando en una realidad demográfica lejana. Esa realidad ya llegó. La población adulta mayor crece, la demanda de servicios especializados aumenta y el sistema hospitalario general ya soporta sus propios niveles de saturación, listas de espera y escasez de especialistas. Postergar el nuevo hospital geriátrico significa dejar que esa presión se desborde sobre el resto de hospitales del país, agravando un problema que ya hoy es visible.
Esa es, precisamente, una de las advertencias más serias que hoy están sobre la mesa. Retrasar la entrada en funcionamiento del nuevo hospital obligará a atender a más personas adultas mayores en hospitales no especializados, encarecerá la atención, aumentará los tiempos de hospitalización y profundizará la saturación del sistema. Entre 2026 y 2038 se abriría una verdadera ventana crítica en la que la demanda de servicios geriátricos crecerá drásticamente mientras el país sigue operando con infraestructura obsoleta.
Entonces la pregunta es inevitable: ¿qué está esperando la Caja?
¿Que ocurra una tragedia en una infraestructura que ya presenta señales de agotamiento? ¿Que la saturación de los hospitales generales llegue a niveles más dramáticos? ¿Que la población adulta mayor siga siendo trasladada, aplazada y atendida fuera de un entorno especializado como si su dignidad fuera un tema secundario?
No podemos resignarnos a esa lógica.
La Defensoría de los Habitantes ya calificó esta postergación como grave e inaceptable. La Junta de Salud del hospital también la ha considerado inaceptable. Desde la Asamblea Legislativa se ha hablado incluso de un retraso vergonzoso. Y desde la ciudadanía organizada la conclusión es la misma: esta no es una decisión técnica neutra. Es una decisión política que tiene consecuencias humanas concretas. Cada año que se pierde no es un simple año administrativo. Es tiempo de atención especializada que no llega, es presión adicional sobre el sistema, es sufrimiento evitable para miles de personas y es una señal alarmante sobre las prioridades reales del país.
Desde nuestra experiencia como organización de usuarios y defensores de la Caja, lo vemos con claridad: este atraso golpea más allá del hospital mismo. Golpea la salud pública, golpea la institucionalidad y golpea a la democracia costarricense. Porque la Caja no es un edificio ni una planilla; la Caja es uno de los pilares históricos del pacto social costarricense. Cada acción que debilita su capacidad de atender con oportunidad, especialización y dignidad a la población más vulnerable es también una agresión al modelo de país que decimos defender.
Y aquí conviene decir algo con total claridad: la respuesta de la CCSS no puede ser la resignación. No puede ser decirle al país que espere doce años más. No puede ser conformarse con administrar el deterioro. No puede ser tratar como un asunto secundario la atención de las personas adultas mayores, precisamente cuando el país sabe —porque los datos, los estudios y la realidad diaria lo dicen— que el envejecimiento de la población exige una respuesta urgente, especializada y estructural.
Desde La Caja es Nuestra no aceptamos esa renuncia. Por eso hemos alzado la voz, hemos emitido un manifiesto y seguiremos articulando acciones con otras organizaciones, juntas de salud y actores ciudadanos. Porque esto no se resuelve solo con notas técnicas o comunicados institucionales. Esto también se resuelve con presión cívica, con solidaridad social y con la defensa activa de una Caja que le pertenece al pueblo costarricense.
La nueva sede del hospital geriátrico no es un lujo. No es un capricho. No es una obra postergable sin costo social. Es una necesidad nacional urgente.
Costa Rica no puede seguir diciéndole a su población adulta mayor que espere. Mucho menos hasta 2038.
Porque postergar este hospital no es aplazar una construcción. Es aplazar salud. Es aplazar dignidad. Es aplazar la obligación del Estado de responder a una realidad demográfica que ya está aquí.
Y eso, simplemente, no debería tolerarse.
