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Mínima moral

Gente tenemos que hablar. De la amenaza de genocidio de Trump uno no puede pasar al olvido instrumental en tres días. Mal haríamos ignorando que sentimos y lo que sentimos: miedo, tristeza, repulsión.

Es que de verdad que hay cosas sobre las que no se bromea. Digo, claro que se puede bromear de lo que sea, pero esa frase a lo que llama es a no hablar a la ligera. A tomar en serio lo que debe tomarse en serio. Porque los seres humanos tenemos ciertas reglas de moralidad que, independientemente del país, religión o cultura, tenemos que cumplir. Hay unos mínimos civilizatorios por los que la humanidad rige sus designios. Todo lo demás es azar y caos, y está bien que así sea. No se trata de hacer lo humano absolutamente predecible, se trata de que hay acciones que son absolutamente reprochables aquí y en China. No se trata de que usted crea en lo que yo creo, ni piense lo que yo pienso, ni viva como yo creo que hay que vivir. Cada quien sigue siendo libre de construir su vida como quiera. Pero para poder hacerlo, debe ajustarse a ciertas reglas mínimas de convivencia. Habrá culturas con muchas reglas para ordenar la cotidianidad, como la japonesa y la alemana, y habrá otras más libres en sus formas. Pero en todas ellas, al viajante que toca la puerta se le recibe y atiende. Al enfermo se le cuida. Al anciano se le venera.

Por supuesto que si ha habido acuerdos universales sobre el valor pragmático de ciertas reglas éticas como estas, las tiene que haber todavía más en relación a las reglas que obligan ya no a ayudar, sino a no hacer daño. No matarás.

Lamentablemente la religión ha asesinado muchas más veces de las que podemos recordar. Pero no hay que confundir esas derivas violentas de las instituciones religiosas monoteístas, con la práctica religiosa individual y comunitaria. Porque hoy no son musulmanes, cristianos y judíos que rezan en sus casas, quiénes están lanzando misiles, exterminando poblaciones y amenazando con genocidios. Son los Estados involucrados y sus regímenes fundamentalistas del Dios Dinero. Porque este conflicto, por más capas históricas, geopolíticas y religiosas que tenga, trata de una sola cosa: el control de la región con la mayor cantidad de petróleo del planeta.

Cada muerto de esta guerra se mide en costo de barriles de petróleo. Eso es lo único que a los señores de la guerra les importa. Niñas muertas, puentes derribados, civilizaciones exterminadas, para ellos son simples costos a ponderar en el camino insaciable del poder.

No podemos aceptar que quienes nos gobiernan violenten todas las reglas fundamentales de la moralidad. Que nos mientan, que maten, que roben, que humillen, que torturen, que engañen, que nos usen una y otra y otra vez. Y que no pase nada. Simplemente no podemos permitirlo.

Y parecerá que no tenemos control suficiente de las cosas del mundo como para poder hacer una diferencia. Pero eso sería un error. Porque lo cierto es que nadie sabe, ni siquiera los poderosos, para donde va el mundo o lo que puede una palabra.

El martes Donald Trump no hubiera podido exterminar a Irán aunque hubiera querido. Porque ese día durante todo el día, millones de personas nos unimos en indignación, alzamos la voz y manifestamos nuestro rechazo absoluto. Y ese grito tejido de todas nuestras pequeñas voces, retumbó en el mundo entero.

Pero bueno, como no se la puede pasar uno gritando, tendremos que hablar-nos todos los días, para defender ese mínimo moral que esta pobre humanidad ha alcanzado. Porque este dolor y repulsión que nos causa la guerra, tiene toda la razón de ser. Sería un grave error ocultar o negar lo que sentimos.

Reconozcamos, así sea en casa y entre los nuestros, toda la indigestión que nos provocan las palabras y acciones violentas de quienes están llamados a ser las mejores de entre todas las personas, quienes gobierna. No permitamos que su perversidad se oculte en medio de nuestra indiferencia.