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Metas de inflación y credibilidad: el problema de la asimetría

La prudencia es una virtud en política monetaria, pero deja de serlo cuando se convierte en excusa para no actuar. Ese es el punto incómodo que hoy enfrenta Costa Rica. El Banco Central decidió mantener la Tasa de Política Monetaria en 3,25% en nombre de la cautela, esta vez apoyado en la incertidumbre internacional y en el riesgo de que el conflicto en Medio Oriente termine trasladándose a energía, transporte, logística e insumos importados.

Justamente ese conflicto nos recuerda que las oportunidades están ahí para tomarlas, pues las condiciones externas e internas pueden, efectivamente, cambiar en cualquier momento, más en el mundo de hoy en día. En este escenario, la oportunidad única que hemos tenido para estimular el dinamismo económico con amplio margen en materia de presión de precios quedaría obsoleta.

Durante 34 meses consecutivos la inflación se ha ubicado por debajo del objetivo. Es una señal sostenida de debilidad en las presiones de precios y, por tanto, una invitación a revisar si la postura monetaria y los tiempos de reacción son los adecuados. Porque si el Banco Central reacciona con prontitud cuando la inflación amenaza con subir, también debería mostrar coherencia cuando la inflación se mantiene demasiado tiempo por debajo de su meta. Si la política monetaria es predecible solo en una dirección (inflación al alza) pero discrecional en la otra (inflación a la baja), entonces la credibilidad se vuelve condicional, y eso erosiona la confianza, el principal activo de un Banco Central.

Una TPM de 3,25% puede parecer moderada en términos nominales. Pero con una inflación tan deprimida, la tasa real termina siendo más restrictiva de lo que sugiere el número y, en nuestro país, con una ausencia práctica de tasas fijas en créditos de largo plazo como hipotecas, quiere decir que hay familias pagando el costo financiero de la prudencia, destinando recursos al pago de intereses que podrían ser destinados a otras actividades, por no mencionar el costo de oportunidad de no tener mejores niveles generales de crédito, consumo y tasas de referencia más bajas para el financiamiento de la deuda pública.

Por supuesto, sería irresponsable ignorar el entorno internacional. El conflicto en Medio Oriente sí puede encarecer el petróleo, insumos agrícolas, alterar cadenas logísticas y trasladar presión a ciertos precios importados, pero inclusive en ese escenario conviene analizar que tanto puede incidir una política monetaria más contenida ante presiones externas transitorias si estas no alteraran las expectativas sobre la trayectoria de los precios internos de mediano y largo plazo.

En el fondo, la discusión no debería girar alrededor de si el Banco Central debe ser prudente. Debe serlo. La pregunta correcta es si esa prudencia está bien calibrada.

Y es que nuestro caso no es aislado. La literatura reciente ha identificado que, lejos de operar bajo reglas simétricas y plenamente consistentes, los bancos centrales modernos evidencian comportamientos asimétricos, reactivos y condicionados por umbrales implícitos, lo que sugiere la necesidad de repensar sus marcos de actuación frente a una economía global cada vez más expuesta a shocks de oferta, más compleja, incierta y en transformación estructural.