Recién concluyó el primer Festival Iberoamérica Teatral (FITCR), una hermosa experiencia de arte promovida y financiada por el Ministerio de Cultura y Juventud (MCJ), que, durante diez intensos días, se perfiló como una ventana para que el público costarricense pudiera acceder al teatro iberoamericano en un caleidoscopio de estéticas y discursos que invitan a cuestionarnos, a reírnos de lo que nos aqueja y también a llorar de las ficciones o realidades que vivimos. Una experiencia de alegría colectiva que nos permitió ver cómo enfrentan los artistas de otras latitudes sus realidades y cómo las gritan en la escena.
Como parte del equipo de trabajo, el Taller Nacional de Teatro (TNT) lideró la conceptualización y ejecución de la oferta formativa, porque todo buen festival debe desarrollar un componente formativo robusto y pertinente, que conecte con las necesidades reales de crecimiento profesional del sector al que se dirige.
Vimos pasar por el edificio histórico recientemente inaugurado como sede del TNT a maestros como Arístides Vargas y Charo Francés, del legendario Grupo Malayerba de Ecuador (referente por excelencia del teatro latinoamericano), quienes exploraron con los participantes el pozo infinito de creación que son las vivencias propias y la impronta que dejan en nuestras vidas. La diseñadora española Helena Sanchís (reciente ganadora de los premios Goya y Platino) reivindicó el vestuario como elemento medular de la escena, al que no siempre se le hace la justicia que merece. Desde Argentina, Roberto Peloni y Lorena Baruta ofrecieron talleres de entrenamiento actoral que invitaron a los actores a incomodarse y buscar desde otros ángulos a los personajes que yacen en ellos. Eduardo Villalpando, de México, demostró que cualquier rincón del país, más allá de sus condiciones técnicas, es un escenario de infinitas posibilidades para el teatro comunitario. Artistas nacionales como Fabio Pérez, Sergio Masís, Isabel Guzmán, Andrea del Valle, Elia Arce y Carlos Vargas completaron la oferta. El conversatorio sobre la vida de Lucho Barahona, tico-chileno a quien se dedicó esta primera edición, exploró la forma en que sembró una semilla que aún hoy da frutos. Para cerrar con broche de oro, el programador argentino Marcelo Castillo compartió las claves para la internacionalización de las artes escénicas.
El resultado no es menor: 268 personas participaron de talleres, conversatorios y charlas especializadas. Algo cambia en cada una de ellas. Algo crece cuando se te invita a abrir el pozo de las emociones, cuando usás tus manos para crear máscaras o cuando, después de muchos años de haber salido de la escuela de teatro, te permitís volver a ser alumno con la ilusión de aquella primera vez en que te dijeron: cerramos los ojos, hacemos una respiración profunda, los abrimos y caminamos por el espacio.
Amar esta profesión demanda el compromiso de seguir entrenándonos, de empujarnos hacia un teatro cada vez más crítico, responsable, incómodo y valiente. Esto solo se logra si nos formamos permanentemente, si nos exigimos y revisamos como personas, porque solo podemos dar lo que tenemos, y si el instrumento está oxidado, no suena bien. Stella Adler lo decía con claridad: el actor trabaja su cuerpo, trabaja su voz, pero lo más importante es su mente. Y esa verdad aplica a todos los eslabones de la cadena creativa: desde los dramaturgos que hoy crean las historias que mañana tomarán vida, hasta los diseñadores y actores que vestirán e interpretarán al personaje que yace bajo las superficies del cuerpo y del alma, para emerger, gritar, sufrir y amar.
El FITCR representa para la siguiente Administración un compromiso ineludible: el sector está ávido de formación y esta no debe suceder solo en momentos de festival. Debe existir como una vena latente de un cuerpo que no descansa, cuya sangre se renueva con cada latido que fortalece el corazón. Y representa también una obligación para el sector: exigir que estos espacios se fomenten, se mantengan vivos y respondan a sus necesidades. Solo podemos dar lo que somos, y el profesional que no crece un poco cada día, que no mantiene caliente su sangre por el oficio, no es capaz de innovar ni de ofrecerse mejor al público.
La formación artística mantiene vivas las venas del oficio teatral, las llena de sangre fresca, de aquella que se necesita para crear, cuestionar, exigir y avanzar. El FITCR nos demostró que somos más fuertes compartiendo, sumando y creciendo juntos, que muchas veces olvidamos que este sector pequeño pero heterogéneo es más poderoso cuando se apoya. Que ese espíritu vivo que el festival dejó en nosotros, teatreros de profesión y vocación, alimente las ganas de seguir formándonos, creciendo y dando más, manteniendo calientes y latentes las venas del teatro.
