
Costa Rica ha demostrado, durante años, que puede insertarse con inteligencia en las cadenas globales de valor, atraer inversión, diversificar su oferta exportadora y construir una reputación internacional asociada a calidad, estabilidad y sofisticación productiva. Sin embargo, detrás de esa narrativa positiva comienza a crecer una grieta que ya no puede verse como un problema secundario: la falta de talento humano pertinente para el sector de comercio exterior. No se trata únicamente de escasez de personal. Se trata, sobre todo, de una brecha entre lo que hoy exige el ecosistema importador, exportador, logístico y de zonas francas, y lo que el mercado laboral está logrando formar, actualizar y poner a disposición de las empresas.
El comercio exterior dejó de ser hace tiempo una actividad limitada al trámite, al papeleo o a la operación mecánica. Hoy exige dominio técnico, comprensión regulatoria, capacidad analítica, gestión de riesgo, lectura geopolítica, manejo de datos, adaptación tecnológica, criterio comercial y rapidez en la toma de decisiones. Una empresa que importa, exporta, consolida carga, administra inventarios, opera bajo regímenes especiales o coordina cadenas multimodales ya no compite solo por precio. Compite por velocidad, precisión, cumplimiento, trazabilidad, resiliencia y capacidad de anticipación. Y para todo eso se necesita gente preparada.
Ahí está uno de los desafíos más delicados para la competitividad país. Cuando faltan perfiles adecuados, se encarecen los procesos, se ralentizan las operaciones, aumentan los errores, se limita la capacidad de expansión y se reduce la posibilidad de capturar nuevas oportunidades de negocio. La escasez de talento no solo afecta a una empresa en particular; termina debilitando al ecosistema completo. Impacta al exportador que necesita colocar su producto con eficiencia, al importador que depende de cadenas estables y costos controlados, al operador logístico que debe responder con precisión creciente y a las zonas francas que requieren capital humano cada vez más sofisticado para sostener su propuesta de valor.
El problema se vuelve aún más serio en un contexto de disrupción tecnológica acelerada. Automatización, inteligencia artificial, analítica predictiva, digitalización documental, plataformas de visibilidad logística, compliance inteligente y monitoreo de riesgos en tiempo real ya no son tendencias lejanas. Son parte del nuevo lenguaje de la competitividad. El reto es que la tecnología, por sí sola, no resuelve nada si no existen personas capaces de adoptarla, entenderla, auditarla, integrarla y convertirla en productividad real. La transformación digital no sustituye la necesidad de talento; la vuelve más urgente, más especializada y más estratégica.
Por eso el debate no debe centrarse únicamente en cuántas personas faltan, sino en cuáles competencias están faltando. Costa Rica necesita avanzar con decisión en reskilling y upskilling. Necesita reconvertir perfiles, actualizar programas de formación, acercar más al sector productivo con la academia, fortalecer la educación técnica y bilingüe, e incorporar con mayor velocidad contenidos vinculados con comercio internacional, logística avanzada, análisis de datos, ciberseguridad, normativas globales e inteligencia artificial aplicada a los negocios. La competitividad del siglo XXI no se sostendrá solo con infraestructura, estabilidad macroeconómica o atracción de inversión. También dependerá de la capacidad del país para formar talento útil, flexible y alineado con la nueva realidad productiva.
En el fondo, esta discusión trasciende el empleo. Es una conversación sobre modelo de desarrollo. Si Costa Rica quiere seguir siendo un socio confiable, un hub logístico relevante, una plataforma exportadora sofisticada y un destino atractivo para operaciones de alto valor, debe entender que el talento humano es infraestructura estratégica…, tan importante como un puerto eficiente, una carretera funcional o una aduana moderna. Sin personas preparadas para operar en un entorno global cada vez más complejo, tecnológico y competitivo, el país corre el riesgo de tener buenas intenciones, pero menor capacidad de ejecución.
La brecha de talento no puede administrarse con resignación. Debe asumirse como una prioridad nacional. Porque mientras el mundo acelera, la competitividad no espera. Y en comercio exterior, llegar tarde no solo cuesta más: puede significar quedar fuera.
Escrito por: Rodney Salazar, presidente de la Cámara de Comercio Exterior (Crecex)
