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Foto: Imagen por Richard Duijnstee de Pixabay

Los niños como síntoma y el proyecto de ley 25.138

Si bien anteriormente he abordado la gestión de los riesgos psicosociales en las organizaciones, la práctica nos recuerda que el ámbito laboral no es una variable aislada, sino que se mezcla con el entorno familiar hasta volverse indistinguibles. Esto se evidencia en un patrón clínico común: consultas por menores que «no hacen caso» o «son desordenados», cuyas evaluaciones cognitivas son impecables. En estos casos, la clave no está en intervenir al niño per se, sino en analizar la carga sistémica que los padres trasladan desde sus puestos de trabajo hacia el núcleo del hogar.

Pensemos en un trabajador de una planta que cumpla una jornada de 8 o 10 horas, sumado a las 3 o 4 horas que promedian los traslados en una Gran Área Metropolitana colapsada, significa que estaría fuera de su hogar o desconectado de su entorno vital por 15 o 16 horas diarias.

Durante esos días, esa persona es, para efectos prácticos, un ausente emocional. Al llegar al hogar, no inicia el descanso, sino la "segunda jornada": la logística de la cena, la revisión de uniformes y la carga mental de la administración del hogar. En este escenario, el adulto entra en modo supervivencia, no en modo crianza y la capacidad de regulación emocional, paciencia y acompañamiento que un niño requiere para su desarrollo se convierte en un recurso inexistente.

Un niño que "no hace caso" no siempre es un niño desobediente; a menudo es un niño respondiendo a una atención fragmentada. La interacción está mediada por adultos que están físicamente presentes, pero cognitivamente agotados. Si el adulto opera bajo niveles de cortisol elevados por jornadas extenuantes, su respuesta ante el desorden o la falta de estudio del menor no será pedagógica, sino reactiva.

Si el entorno laboral es excesivo, la onda expansiva golpea la dinámica familiar. Estamos ante un triángulo —trabajo, familia, escuela— donde cada vértice depende de la salud de los otros. No podemos esperar que un niño se desarrolle sanamente en un entorno donde sus figuras de apoyo están "vaciadas" por una estructura productiva que no contempla la biología del cuidado.

El peligro de no contemplar estos factores ambientales no es solo la patologización inmediata del menor. El verdadero riesgo reside en el perfil de sociedad que estamos construyendo a largo plazo. Estamos criando a una generación en un entorno de ausencia humana y saturación crónica.

¿Cómo impactará esto la gestión de los entornos sanos del futuro? Si los niños de hoy crecen viendo que el trabajo es una fuerza que "drena" emocionalmente a sus padres, sus modelos de liderazgo y colaboración estarán cimentados en el agotamiento, no en el bienestar. Estamos formando futuros trabajadores y gerentes que podrían carecer de las herramientas de regulación emocional que nunca recibieron en casa.

Una generación que crece bajo una atención fragmentada y mediada por el estrés de sus cuidadores es una generación con mayor predisposición a la ansiedad laboral, al burnout temprano y, sobre todo, a una incapacidad sistémica para construir entornos sanos y maximizar los riesgos psicosociales. No se puede gestionar lo que no se ha experimentado. Si el concepto de "hogar" es sinónimo de saturación, el concepto de "trabajo" será, por extensión, una fuente de desequilibrio perpetuo.

El concepto de "entorno sano" no puede seguir siendo una frase decorativa en un manual de Recursos Humanos. Debe ser una política de Estado que reconozca tres pilares fundamentales:

  1. La “disponibilidad emocional” como activo país: La capacidad de un padre o madre para criar hijos regulados emocionalmente es la base de la seguridad ciudadana y la productividad futura.
  2. La corresponsabilidad estructural: El diseño de jornadas laborales debe considerar los tiempos de traslado y la carga de cuidados, especialmente en poblaciones vulnerables.
  3. El desarrollo infantil óptimo requiere tiempo no saturado. El "tiempo de calidad" es un mito cuando el "tiempo de cantidad" es nulo.

Esta discusión sobre la interdependencia de nuestros entornos no es meramente teórica; hoy se encuentra en el centro del debate público. En los próximos días, el Plenario de la Asamblea Legislativa discutirá el Proyecto de Ley 25.138, que pretende establecer la "Semana del Entorno Sano y la Corresponsabilidad en el Bienestar Integral".

Si este proyecto se aborda únicamente como una fecha para realizar talleres o colocar afiches en las paredes de las oficinas, comunidades o centros educativos, habremos perdido una oportunidad histórica. La "salud" de un entorno no solo se mide por la ausencia de conflicto, sino también por la disponibilidad de tiempo y energía para el cuido, el aprendizaje y el vínculo.

Los legisladores tienen en sus manos la posibilidad de reconocer que un "entorno sano" es incompatible con modelos laborales que agotan la reserva emocional de las familias.

Si el proyecto de ley 25.138 aspira a un impacto real, debe ser el punto de partida para cuestionar si nuestras políticas laborales están diseñadas para seres humanos o para máquinas de producción.

La consideración que dejo hoy es la siguiente: ¿Qué tipo de adultos estamos gestando? Si seguimos diseñando entornos laborales que expropian el tiempo de cuidado, estamos hipotecando la salud mental de las próximas décadas. El punto de fondo es que los niños no operan como variables independientes; son el espejo de nuestra capacidad —o incapacidad— para sostener procesos básicos de humanidad.