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Lorena: amor con obras, con elegancia, con humor

Lorena Clare vivió amando a Dios, haciendo el bien, sembrando amor y cosechando sonrisas.

Por eso se dio el desbordamiento de cariño y admiración cuando pasó de esta tierra a la Gloria de Dios. Por eso fueron tantísimos los mensajes de gratitud que por todos los medios expresaron personas favorecidas por su vida.

Unido a nuestros hijos y nietos hemos recibido todo ese cariño, ese reconocimiento y esa gratitud para Lorena que nos han ayudado en medio del inmenso dolor por la separación y el vacío que nos agobia por su ausencia física. Para todas esas generosas personas nuestro agradecimiento es muy grande.

Todo ese inmenso caudal de bondad se une a los sentimientos de fe y a las oraciones que sacerdotes, religiosas y religiosos, pastores y laicos nos han brindado para paliar nuestra pena. Sus acciones fortalecen la confianza en la Resurrección de Jesús que en estos días celebramos, y en la esperanza de que con su amor Él ha recogido a Lorena para que lo acompañe en su Gloria.

Por supuesto que también experimentamos sentimientos de profunda gratitud para todas las personas, principalmente mujeres, que a lo largo de la vida de Lorena colaboraron con ella para llevar a cabo sus múltiples actividades deportivas y de voluntariado, y para realizar su extraordinaria labor como Primera Dama. Un grupo de muy especiales personas que Lorena fue conquistando para que la apoyaran en las muy diversas actividades.

Ni que decir de nuestro reconocimiento a los muy queridos y queridas doctores, enfermeros y personal de salud que con excelencia profesional y un exquisito y delicado trato atendieron a nuestra amada Lorena durante el último año y medio.

Lo mismo para las personas que nos ayudan en nuestra casa, quienes la atendieron con tierna delicadeza.

Para todos ellos solo podemos pedir a Dios que les pague su bondad.

Haber compartido durante 63 años la vida matrimonial con Lorena es una extraordinaria bendición. Es una bendición haber podido disfrutar de su elegancia en el ser, de su belleza exterior, de su sentido del humor, de su gusto por la belleza, de su espiritualidad, de su maravilloso amor.

No podré jamás terminar de dar gracias a Dios por el inmenso don de ser esposo de Lorena, pues ella llenó mi vida con su creatividad, con sus ocurrencias, con su espíritu solidario, con su corazón rebosante de amor a Dios, a la familia y amigos, a todos sus semejantes.

Pero no solo mi familia y los amigos y familiares cercanos disfrutamos de esas gracias de Lorena. Su amor y su estilo superaron las barreras naturales que limitan nuestras relaciones.

Solo su gran amor a Dios y a todas las personas me permiten entender cómo fue Lorena capaz de dar tanto a tantas personas.

Gracias a su voluntariado, a su pasión por los deportes y a su afán de compartir esa pasión con otros -especialmente niños y jóvenes- y gracias a la manera como se entregó al servicio de las personas más necesitadas en su vida política, esas características llegaron a muchísimas personas más.

Desde que nació después de su hermano Manuelito, Lorena entendió y aceptó que Dios la había destinado a dar felicidad a todos, y que la única manera de lograrlo era consagrándose a amar. Y amó con sentimientos y palabras, pero también con obras.

Amó con obras cuando ayudaba a jóvenes deportistas, cuando trabajó como voluntaria en el Hospital de Niños o cuando presidió un Hogarcito para dar abrigo a los niños en abandono y colaborar con los procesos para su adopción.

Como Primera Dama amó con obras y extraordinarios resultados que perduran en instituciones y normas públicas, atendiendo necesitades reales de familias con limitaciones materiales o espirituales, colaborando con los sufrimientos de las mujeres, dando soluciones a las angustias de las niñas adolescentes embarazadas, estableciendo soluciones a los problemas de la gente no vidente, al maltrato a personas especiales, al abandono de ancianos, a las dificultades de los enfermos, a las enormes limitaciones de acción política y laboral de las mujeres y a la violencia que frecuentemente padecían.

Ese amor con obras fue elegante.

Lorena nos regalaba la elegancia de su camiseta y bluyín sin pretensiones para ir a misa temprano, de su ropa sencilla o formal para equitación, de sus vestidos para la vida ordinaria y de la distinción con la que representó siempre al país, haciendo sentirse orgullosas a las mujeres sencillas y a las más sofisticadas.  ¡Quien no recuerda su icónico sombrero en la toma de posesión de 1998!

Una elegancia que reflejaba la belleza y la armonía de su vida interior. Una elegancia que no era ostentosa ni apabullaba. Más bien atraía y trasmitía serenidad.

La belleza de la sonrisa fácil, natural y espontánea de Lorena generaba una respuesta tranquila y dulce de sus interlocutores y facilitaba grandemente su relación con las más diferentes personas.

Esa sonrisa reflejaba su buen humor que se expresaba en sus respuestas francas y campechanas, en la manera espontánea de hacer sus cuentos, en la reminiscencia de sus anécdotas.

¡Cuanto disfrutamos tantos de sus obras, de su elegancia, de su sonrisa, de su buen humor!

Gracias Dios por la vida de Lorena.