Alguna vez, en una cafetería, un colega me dijo que yo tenía una habilidad particular: la de hablar de cualquier tema a partir de situaciones cotidianas a las que la mayoría de la gente no les prestaría la menor atención. En ese momento no entendí del todo el comentario. Poco después, viendo un video sobre cómo cruzar una rotonda correctamente, mi mente hizo lo suyo: desencadenó una serie de razonamientos que terminó conectando el flujo vehicular de una rotonda con la estructura narrativa de una novela. Así de impredecible funciona esto, como dirían las generaciones más jóvenes.
Nunca había encontrado a alguien con esa misma capacidad de sacar algo extraordinario de lo ordinario, alguien con quien pudiera mantener una conversación seria sobre las pequeñas cosas, hasta que comencé a leer Historias Inquietas de Adrián Castro Baeza, productor y director costarricense de cine y teatro. Lo tenía en mi lista de pendientes desde hacía tiempo, con unas ganas tremendas, y no me decepcionó.
A quien quiera un libro de cuentos cortos donde lo cotidiano no sea el escenario sino el punto de partida para algo más grande, le recomiendo este sin dudarlo. Lo que más resalta de Historias Inquietas es el uso preciso de elementos como la nostalgia y la soledad en algunos de sus cuentos: no como adornos sentimentales, sino como herramientas para enmarcarnos en situaciones que reconocemos aunque nunca hayamos vivido.
El poder de la escritura de Adrián está en el juego de imágenes. Primero nos lanza algo que levanta una ceja, algo ligeramente extraño o fuera de lugar, y luego nos ancla con un detalle tan concreto y tan nuestro que de repente estamos dentro de la historia, preguntándonos cómo llegamos ahí.
Hacía mucho que no leía algo que me gustara tanto y que, de paso, me dejara pensando tanto tiempo después de cerrar el libro. Cuando una obra nos llega así, de golpe y sin pedir permiso, no queda más que reconocerlo: la culpa fue del arte.
