En Costa Rica se toman decisiones educativas todos los días. Algunas parecen pequeñas, otras más visibles. Pero todas, de una u otra forma, van definiendo la manera en que vivimos juntos.
A veces se piensa que los problemas educativos se pueden resolver rápido, con una nueva propuesta, norma o procedimiento. Como si lo complejo pudiera simplificarse sin consecuencias. Y en ese camino, la educación deja de asumirse como un proceso serio y se vuelve un espacio donde se prueban o se importan fórmulas, incluso de manera acrítica, sin detenerse a ver qué funciona, qué no y por qué.
Porque no todo lo que existe está mal. Y tampoco todo lo nuevo es mejor. Hay cambios que tomaron años e inversión para concretarse y que han dado resultados, pero aun así se desmantelaron. Al cerebro, que tiende a resistirse a lo nuevo y a economizar esfuerzo, el cambio constante lo desgasta. Los docentes también necesitan tiempo para asimilar lo nuevo. Pero el propio sistema termina contradiciendo la teoría educativa que dice promover.
Por otro lado, la educación no se puede reducir a la enseñanza de contenidos. También va formando maneras de relacionarnos. En lo cotidiano, en lo que se permite y en lo que se cuestiona, se aprende qué es válido y qué no. De hecho, las materias no son el fin. Son la excusa para desarrollar habilidades de orden superior: pensar, tomar decisiones, regularse, resolver, comprender, convivir.
Con frecuencia, en las mesas de trabajo se suele plantear el dilema de si educa la familia o la escuela. Sin embargo, en la práctica, educan ambas. Y también educa todo lo que se legitima en lo público. El cerebro no está terminado en la infancia: la corteza prefrontal, clave para pensar, decidir y regularse, se sigue formando durante muchos años, incluso hasta la adultez. Por eso, lo que ocurre en la escuela y el colegio sí importa, sí moldea.
Y ahí empiezan a aparecer cosas que vemos todos los días. Una forma de estar en lo público donde se irrespeta, se descalifica y se expone al otro. Y otra, más silenciosa, donde se cuida la palabra, se respeta incluso cuando nadie mira y se asume la responsabilidad por lo que se hace.
Pablo Salazar Carvajal, lexicógrafo del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UCR, lo muestra —en su texto inédito En la esquina, el tico y Eulalia— a partir de escenas que todos reconocemos: quien se cuela en una fila, irrespeta la norma, grita, humilla o justifica el abuso; y, al mismo tiempo, quien cumple su palabra, respeta incluso cuando nadie mira, trabaja, estudia y cuida la vida en común desde lo cotidiano. Son formas de estar que se repiten y se legitiman, y que terminan, como él mismo dice, por afear o embellecer el paisaje humano.
La educación no está por fuera de eso: lo reproduce o lo cambia. Cuando se debilitan los procesos educativos, también se debilita la forma de pensar, de cuestionar y de tomar decisiones con criterio. Y eso no siempre se ve de inmediato, pero se va acumulando.
También hay condiciones que no se pueden dejar de lado. Para que haya aprendizaje, el cerebro tiene que estar disponible. No es lo mismo aprender con hambre, con miedo o con estrés constante. En comunidades donde incluso hay momentos en que las clases se interrumpen por balaceras, el cuerpo y el cerebro no están para aprender, sino para protegerse. Y aun así, se sigue esperando que el aprendizaje ocurra como si nada de eso importara. Las mismas reglas aplican para todos los centros educativos, como si las condiciones fueran iguales. Y se sigue operando bajo una lógica que, por mucho, no ha superado el modelo fabril.
Y esa forma de organizar la escuela no solo ordena su funcionamiento: también moldea la forma en que se actúa dentro de ella. No es casual que la escuela funcione así: responde a una forma de organización heredada, basada en reglas, horarios y control. El problema es cuando eso se vuelve lo principal: se forman personas que cumplen, pero no necesariamente que piensan. Ni siquiera se trata de cumplimiento: muchas veces se actúa por miedo, no por conciencia.
A eso se suma otra idea que se ha ido instalando en nuestro país: que aprobar es aprender, que cumplir es suficiente. Y entonces no se invierte en tiempo para equivocarse, para intentar de nuevo, para comprender de verdad. Se pasa de grado, se aprueba un curso, se obtiene un título, pero no siempre se aprende. Y en ese proceso, muchos estudiantes que deberían sentirse capaces terminan convencidos de que no pueden aprender.
En este punto, la evaluación juega un papel decisivo. Las reglas externas pueden regular, pero no deberían generar dependencia. Su sentido es acompañar el proceso hasta que el estudiante logre autorregularse. Y autorregularse implica poder planificar, sostener la atención, monitorear lo que se hace, reconocer errores y corregir. Es un proceso que se construye con acompañamiento y con oportunidades reales de aprendizaje. Toma tiempo, un tiempo que muchas veces no está disponible en realidades de docentes sobresaturados. Y eso se ha ido normalizando.
Aspectos como la redacción y la ortografía no se adquieren por una directriz ni por un examen. Se construyen mediante procesos explícitos y progresivos que inician desde la educación inicial y se consolidan con la práctica.
La formación de una persona ocurre en dos planos que no se pueden separar: el social y el individual. Aprendemos con otros y a partir de otros. De ahí que la escuela y el colegio no deben ser concebidos como espacios de transmisión de contenidos, sino contextos donde toda circunstancia debiera ser una oportunidad para aprender formas de relacionarse y de estar en el mundo.
Bruner planteaba que la escuela debería ser lo más cercana posible a la vida, un espacio para ensayar, equivocarse, intentar y volver a intentar. No obstante, muchas de las decisiones que se toman en los contextos educativos se alejan de esa comprensión y terminan promoviendo todo lo contrario.
Quienes gestionan una institución educativa deben, entonces, ser visionarios: hacer de cada espacio un lugar que favorezca ese desarrollo. Porque educar, en última instancia, es acompañar a cada estudiante a convertirse en su mejor versión como persona. Sabemos hoy que el aprendizaje transforma el cerebro con la experiencia y que nuestro sistema de toma de decisiones no es automático: se moldea y se puede educar.
La educación está atravesada por las decisiones que tomamos como país, por las condiciones en que vive la gente y por la forma en que nos tratamos. Tal vez la pregunta no es solo qué estamos cambiando en educación, sino qué estamos dejando de ver.
Porque, al final, las decisiones educan. Y lo que educan, se queda.
