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La presión regulatoria y operativa acelera el cambio hacia equipos eléctricos con menor impacto ambiental

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La transición responde a decisiones de infraestructura en empresas que buscan combinar sostenibilidad, continuidad y eficiencia.

La renovación de la infraestructura eléctrica está llevando a empresas de servicios públicos, industrias y grandes instalaciones a revisar tecnologías que, durante años, fueron estándar, pero que hoy, enfrentan mayores cuestionamientos por su impacto ambiental y por las nuevas exigencias del mercado. En ese contexto, el cambio hacia equipos eléctricos con menor huella ambiental empieza a ganar relevancia como parte de una estrategia que combina sostenibilidad, eficiencia y continuidad operativa.

Uno de los focos de esta transición es el uso del gas SF₆ en equipos de media tensión. Se trata de un gas presente en equipos que ayudan a distribuir y controlar la electricidad en plantas industriales, hospitales, aeropuertos, edificios corporativos y redes urbanas, sobre todo donde el espacio es limitado. De hecho, alrededor del 80% del SF₆ usado globalmente se concentra en actividades de transmisión y distribución eléctrica.

Precisamente por esa capacidad para operar en espacios reducidos, el SF₆ fue durante años una de las opciones más utilizadas en este tipo de infraestructura. Pero ese lugar empieza a cambiar a medida que crece la presión por alternativas con menor impacto ambiental. La Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos advierte que este gas es 23.500 veces más potente que el dióxido de carbono (CO₂) para atrapar calor en la atmósfera y que puede permanecer allí por más de 1.000 años.

La transición también gana fuerza en un contexto regulatorio más exigente. La Unión Europea estableció que, desde el 1 de enero de 2026, ya no puede entrar en operación nuevo equipo eléctrico de media tensión que use gases de alto impacto ambiental como el SF₆, una medida que impulsa la búsqueda de alternativas más limpias.

Más que un cambio técnico, responde a decisiones sobre modernización en empresas que necesitan combinar sostenibilidad, continuidad operativa y eficiencia. La Agencia Internacional de Energía estima que, para atender la creciente demanda eléctrica hacia 2030, la inversión anual en redes deberá aumentar alrededor de 50% frente a los USD 400.000 millones actuales. En ese escenario, cobra mayor importancia contar con tecnologías que ayuden a modernizar la infraestructura con mejor desempeño, más información para la toma de decisiones y menor complejidad operativa.

Un cambio con implicaciones operativas y económicas

En el caso de las alternativas basadas en aire puro, una de sus principales ventajas es que evitan procesos complejos al final de la vida útil del equipo, ya que no requieren recuperación, reciclaje ni neutralización de subproductos tóxicos, como sí ocurre con los que utilizan el gas SF₆. Ese manejo puede llegar a representar hasta un 20% del costo total del equipo a lo largo de su vida útil, lo que suma un argumento económico a una decisión que también responde a criterios ambientales y operativos.

Otro elemento relevante es que estas tecnologías facilitan su incorporación en instalaciones existentes y contribuyen a una operación más segura al eliminar el uso de gases tóxicos en caso de fugas. A esto se suma que los nuevos equipos nacen con capacidades digitales que permiten monitorear la infraestructura, mejorar la visibilidad sobre la operación y reforzar la confiabilidad del sistema.

“Las decisiones que se tomen hoy sobre las redes eléctricas van a marcar la capacidad de las empresas para operar con más eficiencia, resiliencia y sostenibilidad en los próximos años. Por eso, este cambio ya no responde solo a una preocupación ambiental, sino a una visión más amplia sobre cómo prepararse para las exigencias que vienen”, explicó Lady Campos, gerente de Nuevos Negocios para Centroamérica de Schneider Electric.

En Centroamérica, donde la infraestructura eléctrica enfrenta cada vez más presión para operar con continuidad y eficiencia, la sustitución de tecnologías con mayor impacto ambiental empieza a integrarse a una transformación más amplia del sistema eléctrico. En esa ruta, alternativas como el aire puro pueden contribuir a reducir la huella ambiental de la infraestructura, fortalecer la seguridad y facilitar una operación más simple y eficiente. 


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