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La política no las expulsa: las agota hasta que se van

Hay una narrativa cómoda que se repite cada vez que una mujer joven se aleja de la política: “no estaba lista”, “le faltaba experiencia”, “no era su momento”.

Es una explicación fácil, pero profundamente falsa. Las mujeres jóvenes no se están yendo porque no puedan. Se están yendo porque sostenerse implica un costo emocional que rara vez estamos dispuestos a nombrar. No es un tema de carácter ni de preparación: es un problema estructural.

Desde la psicología, lo que ocurre es evidente. Muchas mujeres jóvenes no solo participan en política: sobreviven a ella. Operan en entornos donde cada palabra es evaluada, cada gesto es leído, cada error es amplificado. No tienen margen para equivocarse, pero tampoco espacio para ser plenamente escuchadas.

Eso tiene consecuencias. La sobrecarga cognitiva se vuelve permanente: pensar antes de hablar, revisar el tono, anticipar reacciones, medir el impacto. Lo que para otros es espontáneo, para muchas mujeres es un ejercicio constante de autocorrección. Y ese nivel de vigilancia sostenida no es gratuito. Agota, desgasta, fragmenta.

A esto se suma una trampa aún más silenciosa: el doble vínculo. Si una mujer joven habla con firmeza, incomoda. Si modera su voz, la invisibilizan, si se posiciona, la cuestionan y si espera su turno, la relegan. No hay forma correcta de estar sin pagar un precio.

Pero no se trata de mujeres frágiles frente a la política. Se trata de estructuras que siguen premiando dinámicas que excluyen a quienes no encajan en sus reglas tradicionales. Las mujeres jóvenes no se van porque no puedan sostener la política. Se van porque están decidiendo no sostener estructuras que no están diseñadas para incluirlas plenamente.

Y ese costo no es casual, es funcional. Porque mientras se sigue hablando de “falta de experiencia”, se evita hablar de algo mucho más incómodo: la resistencia real del poder a ser compartido. El argumento de que “no están listas” no describe una realidad, la construye. Es una herramienta para regular quién entra, quién se queda y, sobre todo, quién decide.

Lo más grave es que este desgaste no siempre se manifiesta en conflictos visibles. No hay necesariamente gritos, ni rupturas públicas. Hay silencios. Hay cansancio. Hay salidas discretas que rara vez se explican.

Mujeres que dejan de opinar, de insistir y que, en algún punto, deciden que sostenerse no vale el costo. Y entonces el sistema respira tranquilo, porque no tuvo que expulsarlas abiertamente: bastó con hacer el espacio inhabitable. Ahí está el verdadero problema.

Las mujeres que han logrado sostenerse en la política lo han hecho con una fortaleza enorme, muchas veces abriendo camino en condiciones adversas. Reconocer ese esfuerzo es fundamental. Pero también lo es preguntarnos por qué ese nivel de resistencia sigue siendo necesario.

No se trata de cuestionar a quienes han resistido, sino de cuestionar por qué resistir sigue siendo la condición para participar. Hemos romantizado demasiado la idea de la mujer “fuerte” en política. Celebramos a las que aguantan, a las que resisten, a las que “se hacen espacio”. Pero pocas veces nos detenemos a cuestionar por qué tienen que resistir tanto para poder estar. Romantizar la resistencia también es violencia.

No se trata de formar mujeres más duras para soportar la política. Se trata de transformar una política que sigue operando bajo reglas que castigan la participación de quienes no encajan en sus moldes tradicionales. Porque participar no debería doler.

Y cuando duele lo suficiente como para hacer que las mujeres se vayan, ya no estamos frente a un problema individual. Estamos frente a un sistema que está seleccionando quién puede permanecer… y quién no. Cada mujer joven que se va no es una historia aislada, es una señal y una advertencia.

La pregunta no es por qué no llegan más. La pregunta es por qué, cuando llegan, no logramos que se queden. Y esa respuesta, aunque incomode, no está en ellas. Está en cómo hemos decidido que funcione el poder.

Yo no quiero una política en la que las mujeres tengamos que resistir para poder estar. Quiero una política en la que podamos participar, decidir y liderar sin que eso implique desgastarnos hasta el límite.

Como mujer, como joven, como madre y como psicóloga, no estoy dispuesta a normalizar un sistema que nos obliga a elegir entre sostenernos o ser nosotras mismas.

Porque no se trata de ver quién aguanta más. Se trata de cambiar las reglas para que ninguna tenga que romperse para poder quedarse.