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La paz no se vuelve viral, ni es tendencia

En un mundo que amplifica el conflicto y nos invita a ver la guerra casi como un espectáculo, elegir la paz sigue siendo un acto silencioso.

En medio del barullo mundial, social y político que vivimos hoy, no es fácil hablar de paz. Y eso duele.

Mientras escribo estas líneas, las noticias anuncian más guerra, más ultimátums, más odio, más venganza. Más muertes.

Y la guerra no es el único enemigo de la paz. La violencia en las calles, en los hogares, el discurso autoritario y la indiferencia también socavan los pocos espacios de paz que creemos tener como humanidad.
Y a mí me provoca incomodidad, ansiedad y tristeza.

Desde enero, un grupo de personas valientes impulsa la iniciativa Temporada por la Paz. Una propuesta que pasa casi en silencio, porque no es el tema del momento. Porque no se vuelve viral tan fácilmente como una balacera o una invasión.

Es firme, pero sutil. Está ahí, disponible, para quienes decidan detenerse un momento y mirarla con atención.

Y aun así, sin miedo y sin reservas, creo esto: la paz sigue estando.

Aunque haya ruido, humo y distracción, la paz no desaparece. Existe como parte intrínseca de lo que somos. Tal vez más escondida, más frágil, pero presente.

Por eso, una Temporada por la Paz no es solo una agenda de actividades. Es un recordatorio. Un espacio donde todavía caben la esperanza, la unión y el esfuerzo colectivo. Donde se hace visible algo que muchas veces olvidamos: que sí existen personas que eligen la paz todos los días, incluso cuando no es lo más fácil.

Y tal vez ahí está lo más valioso. No en la cantidad de eventos. No en la diversidad de actividades. Ni siquiera en la participación.

Sino en lo que nos confronta: que la paz no empieza afuera. Empieza adentro. Y eso es incómodo.

Porque implica hacer un trabajo que requiere compromiso, autorrespeto y determinación para cuestionar esos rasgos que muchas veces nos alejan de la paz, o nos hacen olvidarla.

Implica hacernos responsables de cómo hablamos, cómo reaccionamos, cómo sostenemos —o no— lo que sentimos. Implica elegir distinto, incluso cuando lo automático sería reaccionar igual que siempre. Implica incluir, en lugar de seguir alimentando la exclusión y la discriminación que hoy tienen al mundo al revés.

Tal vez ese es el verdadero reto: no solo asistir, sino integrar. No solo participar, sino incomodarse. No es solo hablar de paz, sino elegirla, una y otra vez, en lo cotidiano.

Porque al final, la paz no es algo que ocurre en una temporada. Es algo que se construye —o se rompe— todos los días.