La llegada de un clásico de la envergadura de Sweeney Todd a un escenario costarricense representa uno más de los movimientos audaces y técnicamente exigentes que podemos resaltar en la historia reciente de nuestras artes escénicas. Producida por Costa Risa Producciones con licencia oficial de Music Theatre International (MTI), esta obra se sitúa en una frontera difusa entre el musical y la ópera, exigiendo un rigor interpretativo que solo los escenarios de mayor prestigio se han atrevido a asumir: desde su estreno en el Uris Theatre de Broadway en 1979, bajo la dirección de Harold Prince con Len Cariou y Angela Lansbury en los papeles protagónicos, hasta las aclamadas reposiciones del Roundabout Theatre en 2005 y del Lunt-Fontanne Theatre en 2023, la obra ha representado una cima técnica e interpretativa que ha desafiado a compañías de todo el mundo anglófono. La dirección de Miguel Mejía logró articular una propuesta que permite la inmersión en ese mundo victoriano, a pesar de que el TEO no cuenta con la caja escénica de un Teatro mayor, recreando la atmósfera claustrofóbica de la calle Fleet.
Los protagonistas
El corazón de este montaje latió con especial fuerza gracias a sus protagonistas. Johnny Howell entregó un Sweeney Todd imponente y vocalmente correcto en su registro de barítono. Howell proyectó con éxito la contención astuta y el odio frío de un hombre consumido por la injusticia que ha sufrido. Sin embargo, lo que ha distinguido a las interpretaciones más recordadas del personaje —la frialdad calculadora de Len Cariou en el estreno de Broadway, la combustión contenida de Michael Cerveris en la reposición de 2005 o la desintegración emocional que Josh Groban llevó al Lunt-Fontanne en 2023— es precisamente la gradación visible de su quiebre psicológico. En ese arco de tiempo, la transición hacia la verdadera locura genocida al inicio del segundo acto representó una oportunidad desaprovechada para verter ese talento en una escalada que pudo ser más obscura en la ruptura que el rol exige en su clímax.
No obstante, la química que se dio entre él y la coprotagonista fue un motor indiscutible que sostuvo la tensión eléctrica y la excentricidad de la obra durante sus dos horas y media de duración. Manuela Cornick, en su interpretación de Mrs. Lovett, resultó ser un descubrimiento impactante en una corta temporada. Su rol ha sido históricamente definido por interpretaciones canónicas: la de Angela Lansbury que estableció el estándar del género con una mezcla inigualable de comedia negra y patetismo; la de Patti LuPone en la reposición de 2005, más oscura y despojada; y la de Annaleigh Ashford en 2023, que lo abordó desde una vulnerabilidad casi cómica, además de la referencia de Helena Bonham Carter en la adaptación cinematográfica que puede resultar familiar a muchos lectores, compartiendo la pantalla con el versátil Johnny Depp. Cornick navegó esa herencia con criterio propio y notable seguridad. Su desempeño no solo reveló una solvencia vocal balanceada para navegar las complejas letras de Sondheim y los matices de un personaje demente, sino que demostró un dominio escénico y una elocuencia gestual que rara vez se observa en un debut. La formación internacional de Cornick se hizo evidente en su capacidad para "tropicalizar" y personalizar el rol, logrando una conexión única con la audiencia que le correspondió con risas, complicidad y aplausos, lo que inyectó chispa y brillo a la amoralidad de su personaje en un relato por lo demás siniestro.
El elenco
El elenco de soporte mostró matices variados. Destacó notablemente la Mujer Mendiga, -personalizada por Andrea Aguilar- cuyo rango vocal y trayectoria permitieron transmitir la exótica tragedia de su personaje con gran fidelidad y hasta algo de irreverencia. En producciones de referencia como la de John Doyle en 2005 o la de Thomas Kail en 2023, el Juez Turpin ha sido concebido como una encarnación del poder corrompido cuya presencia escénica justifica visceralmente la obsesión de Todd; en ese sentido, la dimensión más oscura del personaje fue manejada quizá con una matiz diferente, pues la lascivia y la maldad profunda que el antagonista exige, no siempre llegaron a la sala con la contundencia necesaria para generar el desprecio y la repulsión que puede lograr el personaje.
Jennelle Hernández, Erick del Valle, y Sebastián Castro, hicieron suyos con éxito los personajes de Johanna, Beadle Bamford, y Pirelli, respectivamente, aportando matices diferentes, en algunos casos, con apuestas arriesgadas. Valdrá la pena seguirles la pista en futuros montajes, y en papeles que permitan ver otras facetas de su rango actoral. El ensamble, por su parte, se entregó con un entusiasmo contagioso a las complejas polifonías características de la partitura de Sondheim.
En el apartado técnico, la escenografía sobria y eficiente, junto con un buen manejo de la iluminación, logró capturar la estética del gótico victoriano con elegancia y el elemento rojo de la sangre. Quizá hubiese preferido una mayor preponderancia en el diseño y la ubicación de la barbería, por el peso que representa en la narrativa del personaje principal. En cuanto al diseño sonoro, un musical de esta talla siempre representa un reto. En escenarios de Broadway, la mezcla en vivo de un cast de estas proporciones —con voces en contrapunto y polifonías superpuestas— es tratada como uno de los componentes más exigentes y costosos de cualquier montaje de Sondheim. En el TEO, que cuenta con un excelente equipo de sonido, esa complejidad se hizo sentir: resultó difícil en ocasiones comprender las letras cuando varios personajes cantaban simultáneamente, en una obra donde la narrativa depende de la filigrana lingüística de cada verso.
La brevedad
Finalmente, es imperativo reflexionar sobre la brevedad de la temporada. Limitar una producción de esta novedad y esfuerzo a solo cuatro funciones es una oportunidad desaprovechada. Sweeney Todd ha demostrado que el talento nacional está a la altura de los desafíos más rigurosos del musical contemporáneo. Producciones comparables han sostenido temporadas de meses en Broadway y el West End, y no es difícil imaginar que este elenco habría ganado en densidad y precisión con más funciones. Todo ello no disminuye lo que se logró aquí; subraya, más bien, la urgencia de contar con el apoyo institucional, patrocinios, divulgación y necesario para que estas obras alcancen a un público más amplio y no se queden en hitos fugaces de nuestra cartelera.
