Somos hijos de nuestra época y la época es política, dice la poeta y Nobel polaca Wislawa Szymborska y, agrega, “los poemas apolíticos también son políticos, y en lo alto brilla la luna, un objeto ya no lunático”.
Ahora sabemos, y los medios de comunicación nos han permitido tenerlo muy presente estos días, que, a diferencia de otras épocas, estar en la luna ya no es solo sinónimo de estar distraído, fuera de la realidad, ajeno a lo que está ocurriendo o de lo que se está tratando, sino todo lo contrario.
Así nos lo recuerda, a propósito de esto, el editorial de La Nación del 9 de abril recién pasado, cuando plantea que la nueva carrera espacial tiende como objetivo central quedarse en la luna, especialmente por las enormes reservas de agua helada, que es, señala, “el verdadero objeto de la competencia” por asentarse en nuestro satélite natural.
Algunos especialistas, sin embargo, llaman la atención en el sentido de que el acceso a recursos tangibles, como el agua, es solo uno de los objetivos de esta nueva ola de conquista lunar y no, valga subrayar, el principal.
Así lo hace el célebre doctor en física de partículas y divulgador científico español, Javier Santaolalla, en su programa de redes sociales Date un voltio, cuando apunta a un “recurso intangible y finito mucho más importante, que no brilla como el oro ni arde como el petróleo ni es clave para la vida como el agua”, pero sí estratégico para el ejercicio del poder.
En el episodio titulado La verdad oculta de la vuelta a la Luna, además de los fines más ampliamente reconocidos, a saber los de investigación científica, prestigio, colonización, defensa, explotación de recursos materiales y desarrollo de capacidades para ir a Marte, este físico señala que el principal objetivo es el dominio de las rutas de navegación espaciales en torno a la Tierra, críticas a su vez para la comunicación ciberespacial y, por ende, para todos los ámbitos de la vida relacionados con las telecomunicaciones y las tecnologías digitales.
Pese a su reconocida especialidad, anota que, por si acaso, no lo dice solo él y cita a quien califica como uno de los máximos expertos en astropolítica, Everett C. Dolman:
Quien controle órbita baja controla el espacio cercano, quien controla el espacio cercano domina la Tierra, quien domina la Tierra determina el destino de la humanidad”.
Y esto, remarca Santaolalla, no es a futuro, sino que ya viene sucediendo e involucra, por supuesto, puntos geográficos, recursos y marcos normativos y prácticos terrestres por medio de los cuales despegan y despegarán los esfuerzos actuales y cercanos.
Esa suerte de océano conformado por el espacio y sus cuerpos celestes, apunta este divulgador científico, dadas las posibilidades físicas conocidas, tienen su propia “geografía”, sus áreas y corrientes aptas y con grados variables de idoneidad, que son, reitera, finitas; así como tiene zonas peligrosas y, frente a todo este universo de capacidades, potencialidades y disputas, la luna viene a ser como un puerto clave desde el cual se busca desplegar toda una agenda astropolítica. De manera análoga, añade, salvando las diferencias, a como desde la antigüedad se ha disputado el control por las principales rutas de navegación para diversos fines y, de un tiempo a la fecha, el control por las principales autopistas virtuales.
Según ese planteamiento, ese es el contexto más amplio a tener en consideración, parafraseando al referido editorial, en las “conversaciones que definirán las reglas del acceso a recursos que, aunque lejanos, serán estratégicos”; más aún cuando algunos no están tan lejanos y ya están siendo aprovechados y controlados estratégicamente por algunos.
