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Foto: Agence de presse Meurisse

La delación y la memoria: una telaraña sobre conspiraciones 

Si nos atenemos estrictamente a un cierto determinismo bautismal, Jean van Heijenoort debió ser seleccionado holandés antes que escritor, traductor, secretario y guardaespaldas. Y sin embargo, se desempeñó notablemente en todas esas actividades, excepto en la de futbolista, claro está.

En su libro Con Trotski de Prinkipo a Coyoacán, Van Heijenoort se refiere a muchos de los rasgos personales del revolucionario ruso. Se suele decir que el secretario o el valet de un gran hombre tiene la posibilidad de ver la historia en su desnuda insignificancia cotidiana. Y eso, de seguro, le pasó a Jean van Heijenoort.

Ocupar puestos de esa naturaleza constituye un gran privilegio; o, al menos, así es para todos aquellos a quienes nos fascina vinear. Sucede que en esos puestos uno consigue ver las costuras y los remiendos que sostienen las máscaras de los grandes hombres. Y eso es casi tan desconcertante como ver un pavo real pelechando. Por ejemplo, en palabras del apócrifo volante de la Naranja Mecánica, Trotsky era pedante, conservador y colérico. Se quejaba de sus seguidores, a quienes consideraba pequeñoburgueses, y solía entrar en furia cada vez que se topaba con una errata en los textos de teoría trotskista. Sobre esto último habría que apuntar que, como casi todo gran hombre, Trotski era bastante vago: no revisaba ni corregía los borradores de esos textos, acaso por considerarla una tarea impropia.

La preocupación por el detalle, ciertamente, es un recurso de verosimilitud. Pero es, a la vez, un riesgo. Una coartada puede caerse debido a algo tan anodino como la imprecisión sobre el color de una corbata. Y cuando uno cuenta algo sobre un gran hombre, se mueve en ese mismo ámbito de amenaza.

No es descabellado suponer que, en el momento de escribir sus memorias, Jean van Heijenoort estuviera imbuido de cierto previsible resentimiento. Y justo por eso mismo le creo cuando dice que Trotski era colérico y vago: el detalle es, también, el imperio del rencor.

Uno, perfectamente, puede incurrir en exageraciones e imprecisiones cuando acomete la valoración ética de un determinado personaje. Es demasiado señor para corregir pruebas de imprenta, dice el secretario de Trotski. En efecto, el resentimiento y el rencor pueden nublar el juicio respecto a la forma en que valoramos las actuaciones de ese personaje. Pero, cuando nos detenemos en un detalle, cuando pensamos en su forma de aclararse la garganta, en su manera de responder en un Whatsapp, nos asimos a la postrera tabla de un naufragio. Y el detalle, así, nos salva.

Jean van Heijenoort cuenta que Trotski una vez cerró una puerta con tal estrépito que los vidrios de las ventanas estallaron. Cuenta, también, que se ponía furioso cuando llegaba al comedor y los alimentos aún no estaban servidos. “Demasiado señor”, insiste.

Yo le creo.

Tal vez todo se deba al hecho —de suyo decisivo— de que resulta mucho más convincente un texto adversativo que uno apologético. O tal vez se deba a la irresistible fascinación que generan las conspiraciones y sus teorías.

Hace unos días, por cierto, se emitió un episodio de La Telaraña sobre este tema, en el que participaron el cineasta Andrés Heidenreich y el historiador David Díaz Arias. Al discutir el carácter secreto y grupal de las tramas, mencionaron un elemento que me hizo pensar de inmediato en Van Heijenoort: la figura del delator.

¿Acaso todo ejercicio de escritura biográfica y autobiográfica no es una delación? ¿Acaso la propia escritura historiográfica no lo es también?

Solo eso explicaría que, como toda delación, tengan el poder de conjurar conspiraciones.