Lo ocurrido hoy en la Asamblea Legislativa de Costa Rica no es un episodio aislado ni un simple desacuerdo político. Es, más bien, el reflejo de una forma de ejercer el poder donde la conveniencia termina imponiéndose sobre la responsabilidad pública.
En los últimos días, el país ha seguido de cerca la discusión sobre los informes relacionados con la denuncia por presunto hostigamiento sexual presentada contra el diputado Fabricio Alvarado Muñoz. Este proceso no es menor: actualmente, es uno de los pocos mecanismos internos con los que cuenta la Asamblea para investigar y eventualmente sancionar conductas de sus propios miembros.
Más allá de que existan otras vías judiciales, el ámbito legislativo tiene su propia responsabilidad ética y política. Pretender desconocer esa competencia no solo debilita el control interno, sino que envía un mensaje peligroso sobre la rendición de cuentas dentro del Congreso.
El día de hoy sobresalieron las ausencias y excusas
La jornada que debía culminar con la votación de dichos informes terminó marcada por la ausencia de diputados clave, particularmente de la fracción oficialista y aliados, incluyendo representantes cercanos a Rodrigo Chaves Robles y del partido Nueva República.
Las explicaciones ofrecidas por la diputada Pilar Cisneros Gallo, para justificar lo acaecido no logran sostenerse frente a la magnitud del tema en discusión.
Alegar problemas logísticos o circunstancias externas para justificar la no participación en una votación de este nivel no solo resulta insuficiente, sino que erosiona la confianza ciudadana en la seriedad del ejercicio legislativo.
Queda claro que para la diputada según sus palabras es más fácil decir que el restaurante el Limoncello, les sirvio tarde el almuerzo, que enfrentar su responsabilidad moral sobre lo ocurrido en la Asamblea, ya sabemos cuánto cuesta la moral de Pilar: un almuerzo en un restaurante.
Sobre el anterior es importante indicar que en política, las decisiones importantes no se miden solo por los discursos, sino por la presencia y el voto en momentos clave. Y hoy, esa responsabilidad no fue asumida.
Por lo cual lo sucedido también deja al descubierto una dinámica política basada en alianzas circunstanciales que, en ocasiones, parecen responder más a intereses estratégicos que a principios. La actuación de sectores vinculados a Nueva República y otros aliados del oficialismo refuerza la percepción de que existen acuerdos implícitos que trascienden el debate público.
Esto no implica necesariamente ilegalidad, pero sí plantea cuestionamientos legítimos sobre la coherencia entre el discurso y la práctica política. Cuando sectores que han defendido valores éticos y morales optan por no actuar ante una denuncia de esta naturaleza, la contradicción es inevitable.
Más allá de los nombres: el problema de fondo
Reducir lo ocurrido a figuras individuales sería un error. Aquí lo que está en juego es la credibilidad institucional no solo de la Asamblea Legislativa sino del Ejecutivo, que también debe ser ejemplo de control político y de estándares éticos mínimos.
Cuando un proceso interno no avanza por decisiones políticas o ausencias estratégicas, el mensaje es claro: hay temas que pueden quedar en pausa si no conviene enfrentarlos. Y eso, en cualquier democracia, es un precedente delicado.
Siendo que lo ocurrido hoy deja una sensación incómoda pero necesaria de reconocer: la política costarricense enfrenta un desafío serio en materia de coherencia, transparencia y responsabilidad.
No se trata únicamente de señalar culpables, sino de exigir claridad. La ciudadanía tiene derecho a saber por qué, en un caso de esta relevancia, quienes debían decidir optaron por no hacerlo.
Porque al final, más allá de discursos y posiciones ideológicas, la pregunta es sencilla: ¿se está gobernando con principios o con conveniencias? Tome usted la decisión analizando lo sucedido el día de hoy
Costa Rica no puede permitirse normalizar la evasión de responsabilidades. Lo de hoy no debería pasar desapercibido. Es, en todo caso, una oportunidad para que el país reflexione sobre el tipo de liderazgo que está dispuesto a tolerar y el que debería exigir.
Hoy algunos se quitaron las máscaras, para pagar favores y mantener un falso discurso moral que fomenta la corrupción y la impunidad y perpetua la doble moral que muchos Diputados practican
