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El deporte también es propiedad intelectual

Como cada año, el 26 de abril se celebra el Día Mundial de la Propiedad Intelectual, una fecha dedicada a reconocer el papel central de la innovación y la creatividad en la economía y la cultura. Con la próxima celebración del mayor espectáculo futbolístico del planeta, la Copa del Mundo de la FIFA, no resulta casual que la temática de este año gire en torno al deporte.

Cuando se trata de la Copa del Mundo, las cifras hablan por sí solas: un estudio conjunto de FIFA y la Organización Mundial del Comercio (OMC), proyecta una producción bruta global de $80,100 millones y una contribución al PIB mundial de $40,900 millones, además de la creación de 824,000 empleos a tiempo completo. Sin embargo, más allá de los números, resulta aún más revelador el efecto dominó que un solo evento desencadena a nivel global: marcas de toda índole trabajando a marcha acelerada para producir artículos con imágenes alusivas al Mundial, derechos de transmisión, plataformas digitales que monetizan cada clic, hoteles que operan a plena capacidad, aerolíneas que incrementan rutas y frecuencias, supermercados que venden pantallas y bebidas en volúmenes inusitados. Incluso, al margen de la economía formal, los vendedores ambulantes y de mercadería pirata encuentran en el Mundial una oportunidad extraordinaria de ingresos. El Mundial no solo moviliza capitales multimillonarios, sino que activa, de manera simultánea, múltiples capas de la economía a nivel mundial.

Más allá de su impacto económico, el Mundial ejerce una influencia decisiva en la industria creativa. La Copa Mundial funciona como una vitrina global, un verdadero marketplace en el que convergen futbolistas, marcas, producciones audiovisuales y temas musicales oficiales. Todo el andamiaje de mercadeo y exposición que pone en movimiento los engranajes de este titán mediático descansa, en última instancia, sobre la propiedad intelectual.

El torneo se estructura a partir de un sistema de patrocinios en diversas categorías definidas por la FIFA, que permite a las empresas patrocinadoras beneficiarse del uso de las marcas oficiales de la organización, así como de una amplia exposición dentro y en los alrededores de los estadios, en las publicaciones y en el sitio web oficiales de la FIFA, entre otros espacios de visibilidad.

Los derechos de autor no son ajenos a este torneo. El tema del Mundial de Fútbol siempre crea gran expectativa. Desde que, en 1966 la FIFA apostó por reforzar su estrategia de marketing, se incorporó un tema musical oficial al evento. Aunque el World Cup Willie de ese año pasó sin pena ni gloria, le siguieron varios otros intentos que ya para 1998 con la Copa de la Vida, de Ricky Martin, hicieron que la canción del Mundial fuera un fenómeno a nivel global.

La Copa Mundial de la FIFA es, en sí misma, un activo de propiedad intelectual. El trofeo original, la Copa Jules Rimet, diseñado en honor al presidente francés de la FIFA que impulsó la creación del torneo en 1930, se entregaba en propiedad permanente al primer país que ganara tres mundiales, lo que ocurrió con Brasil en 1970. Esta copa fue posteriormente robada en dicho país. Se presume que fue fundida, pues nunca se recuperó. A partir de 1974 la FIFA utiliza un nuevo trofeo diseñado por Silvio Gazzaniga, y cambió su estrategia: el trofeo nunca se entrega en propiedad, los campeones reciben solo una réplica. Con un valor que ronda los 20 millones de dólares, el protocolo de la FIFA establece que solo jugadores campeones del mundo, entrenadores que han ganado el Mundial, jefes de Estado y altos funcionarios de la FIFA tienen autorización para tocar el trofeo original. Este sistema es extraordinariamente coherente con la percepción de un símbolo de gran valor para una organización: la FIFA no solo es titular de los derechos de imagen y reproducción de la copa, sino que controla incluso el contacto físico con el objeto original como mecanismo de preservación de su valor simbólico y comercial. El acceso restringido es, en sí mismo, una herramienta de gestión de marca.

Como si lo ya dicho fuera poco, la FIFA opera como productora audiovisual a través de su división HBS (Host Broadcast Services), por medio de la cual genera la señal oficial del evento, protegida como derecho conexo. Esa señal se licencia por territorio y plataforma a las televisoras y servicios de transmisión, que pagan sumas millonarias por el derecho a distribuirla. La retransmisión no autorizada constituye una infracción directa, no porque el partido sea una obra protegida, sino porque lo es la señal que lo captura y lo distribuye al mundo.

A esto podríamos sumarle las mascotas del Mundial (tres para este año, por primera vez en la historia), las prendas de vestir de los jugadores participantes, las nuevas tecnologías para hacer mejores zapatillas de futbol, y muchos otros que activan la economía a partir de la creatividad que pone en marcha un solo evento deportivo.

Menciono el fútbol porque es probablemente de lo que estaremos oyendo en los próximos meses, pero lo mismo es cierto para el Super Bowl, el Masters, Wimbledon y la NBA.

Lo anterior pone de manifiesto que el deporte moderno sería económicamente imposible sin la propiedad intelectual. Las marcas hacen posibles los patrocinios. Los derechos de imagen convierten al atleta en un activo negociable. Los derechos de autor protegen las creaciones culturales que le dan identidad a los torneos y los derechos conexos de transmisión transforman un partido de fútbol en un producto audiovisual de alcance global capaz de generar miles de millones de dólares. Detrás de cada gol hay una camiseta con una marca registrada, una transmisión con licencia y un himno con historia de derechos. Eso también moldea el deporte.

En el Día Mundial de la Propiedad Intelectual 2026, con el mayor torneo futbolístico a punto de comenzar, vale la pena mirar el deporte con otros ojos: no solo como espectáculo, sino como un campo de juego donde la propiedad intelectual es árbitro, patrocinador y protagonista al mismo tiempo.