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El agua que apaga incendios no tiene que ser potable — pero sí tiene que estar disponible

La Ley N° 8641 establece que los hidrantes deben entregar un caudal mínimo de 500 galones por minuto en zonas residenciales. Es un parámetro razonable, respaldado por normativa internacional. El problema no está en la norma: está en la infraestructura sobre la que recae. La norma aplica por igual a todos los prestadores del servicio, incluidas las más de 1,500 ASADAS que abastecen a buena parte de la población rural costarricense. Solo en la Región Huetar Norte, 185 de estos operadores comunitarios sirven a cerca de 350,000 personas, operando mayoritariamente con redes de cuatro pulgadas o menos, construidas para llevar agua potable a los hogares. Físicamente, esas redes no pueden entregar los caudales normativos, y redimensionarlas es económicamente inviable.

El resultado es una brecha estructural: un marco regulatorio que obliga al prestador, pero sin ruta alternativa cuando la infraestructura heredada no permite cumplir. Para las comunidades rurales, eso significa hidrantes sin certificar y una respuesta que depende de que el camión de bomberos llegue con agua suficiente desde la estación más cercana — lo cual, en una región de gran dispersión territorial, puede ser la diferencia entre una pérdida contenida y una tragedia.

El giro conceptual

Durante años, la discusión giró en torno a cómo financiar el redimensionamiento de las redes. La respuesta honesta es que no hay forma. Pero hay otra ruta, y es la que se ha venido construyendo en el espacio convocado por la Comisión Municipal de Emergencias de San Carlos, bajo el liderazgo de la Vicealcaldía Municipal, junto al Cuerpo de Bomberos de Costa Rica y la Dirección de Aguas del MINAEel agua que se usa para apagar un incendio no tiene que ser la misma que tomamos. Pero sí tiene que estar disponible.

Ese giro conceptual — obvio una vez enunciado, pero ausente del marco regulatorio vigente — abre una ruta que hasta ahora no se había articulado. Si aceptamos que una cosa es el agua potable para consumo humano y otra distinta es el agua para combate de incendios, podemos diseñar un sistema donde ambas coexistan sin que la limitación de una condicione el cumplimiento de la otra.

Tres componentes de una ruta viable

Primero, un cálculo de caudal diferenciado. El agua para extinción no se consume de forma continua como la que abastece hogares; se utiliza en momentos puntuales de emergencia. Reconocer esa diferencia en los expedientes de la Dirección de Aguas permite separar el caudal concesionado para consumo humano del inscrito para uso exclusivo en incendios, sin afectar el volumen operativo de la ASADA. Hasta ahora, ambos caudales se contabilizaban bajo una misma lógica, lo cual hacía imposible justificar la inscripción de fuentes adicionales para emergencias sin aparentar sobredimensionamiento.

Segundo, infraestructura que aprovecha la capacidad de bombeo de los propios bomberos. En vez de exigir que la red presurizada de la ASADA entregue los 500 galones por minuto, el diseño incorpora puntos de captación donde la maquinaria especializada del Cuerpo de Bomberos — que sí está diseñada para operar a ese caudal — hace el trabajo de elevación desde una fuente alternativa. La ASADA no tiene que convertirse en red de combate de incendios: solo facilita el acceso al agua.

Tercero, el aprovechamiento de los activos naturales del territorio. La Región Huetar Norte está atravesada por quebradas y ríos. Los puentes que cruzan esos cuerpos de agua — con acceso vehicular garantizado y ubicación estratégica respecto a los núcleos poblados — se convierten en nodos de captación de bajo costo. Un puente, debidamente acondicionado, puede dar servicio operativo a toda una microcuenca.

Una distribución de responsabilidades de sentido común

La innovación no es normativa: el reglamento ya contempla la posibilidad de inscribir fuentes superficiales para usos específicos, y la Dirección de Aguas ha confirmado que puede aceptar cálculos técnicos justificados cuando el uso está diferenciado. Lo que hace falta no es reformar la ley, sino construir la ingeniería institucional que permita cumplirla donde hoy nadie puede hacerlo.

La innovación es conceptual. Se deja de pensar en las ASADAS como las responsables únicas de resolver un requisito técnico que excede sus capacidades, y se comienza a diseñar un sistema territorial de respuesta donde cada institución aporta lo que mejor hace: la ASADA administra el recurso, la Dirección de Aguas regula el uso, el Cuerpo de Bomberos opera la extinción y la Comisión Municipal de Emergencias articula el territorio. Esa distribución — que parece de sentido común — ha sido la excepción y no la norma en la gestión del servicio rural de agua en Costa Rica.

Lo que esta experiencia sugiere

Hay una lección que trasciende este caso. La gestión del agua rural enfrenta problemas que ya no pueden resolverse desde el mandato aislado de una sola institución: cambio climático, crecimiento de la demanda, envejecimiento de infraestructura. Son problemas estructurales que exigen espacios donde la técnica se encuentra con la regulación, y la regulación con el territorio. Las comisiones municipales de emergencia son uno de esos espacios: cuando convocan con autoridad y dan seguimiento con constancia, se convierten en la célula operativa más eficaz de la gestión pública descentralizada.

Los primeros pilotos arrancarán en las próximas semanas con una o dos ASADAS del cantón. No hay ilusión de que esto resuelva todo, pero sí se está construyendo una ruta replicable. Porque al final, la pregunta de fondo no es si tenemos la normativa correcta, sino si somos capaces de articular las instituciones que ya existen para hacerla cumplir donde más importa: en las comunidades rurales que llevan décadas construyendo, con esfuerzo propio, el derecho humano al agua.