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Educar en tiempos de megacárcel: una crónica desde adentro

En un país que celebra la construcción de megaestructuras penitenciarias y aplaude los discursos de mano dura, las cárceles son símbolo de esos anhelos de orden y autoridad. Esta crónica cuenta lo que sucede detrás de los barrotes, donde el peligro es constante y la educación intenta abrirse paso en la lucha cotidiana por sobrevivir.

I

La sangre tardó tres minutos en secarse sobre el piso del aula. Afuera, los custodios gritaban órdenes que nadie escuchaba, adentro el eco de los golpes seguía temblando en las ventanas rotas. Ana, la docente de ciencias con siete meses de embarazo, todavía tenía las manos temblorosas cuando se apoyó en la pared para no desplomarse. Maki y Pepo ya iban camino a la celda de castigo, pero el olor a metal y sudor aún llenaba el aire. Ese fue el día en que entendí que aquí, en estas aulas cercadas por alambre navaja, nadie está a salvo. Aun así, mañana y todos los días habrá clase.

Todos los días decenas de docentes-desde los más experimentados hasta quienes inician en el sistema educativo- se abren paso en el Centro de Atención Institucional Carlos Luis Fallas, expuestos a escenas como estas. El primer portón metálico, corredizo, el segundo y tercer portón de malla ciclón. Las puertas de madera de las aulas. Los barrotes, las celdas. Las capas de privación se vuelven más densas hasta encontrar la piel de cada uno de sus moradores.

El país está inmerso en un aluvión de violencia y muerte y las respuestas inmediatas han sido más violencia, más muerte. El símbolo es la megacárcel en ciernes. El referente es El Salvador de Bukele, el mismo que desde hace 4 años ha impuesto un régimen de excepción, a quien expertos en Derechos Humanos no han dudado en acusarlo ante la ONU por crímenes de lesa humanidad, por detener a 30 mil personas sin ningún vínculo con las pandillas.

Esta crónica fue escrita con retazos de vidas que evidencian la lucha por la educación, el pan y la sobrevivencia, durante los 7 años que trabajé en el centro penal La Leticia, desde 2015 hasta 2022. ¿Qué cambió desde entonces en Costa Rica? ¿Cómo podemos entender las vivencias educativas, las acciones violentas y los discursos actuales a partir de las heridas latentes de un pasado que aún no cicatriza?

II

Un lunes cualquiera, después de un clásico del futbol nacional. En la memoria de Charly, Julito y Rony, los detalles tienen escasa cabida: la chicha a raudales, el vómito color ocre (hay manchas en sus camisas), los puños en alto, en señal de confrontación. Ah, y el árbitro hijueputa que se cagó en todo.

A las 7 de la mañana el bochorno arrecia. Ya pasé la revisión en la entrada del centro penal y avanzo por una calle de piedra, rodeada de algunos árboles, escombros y oficinas. A la distancia, una iguana mueve su cabeza y se dispara hacia la quebrada que bordea el comedor. Acreditación del MEP en mano, listo para impartir mis clases de Español, espero que abran el portón cercano a la oficialía. Algunos privados de libertad empiezan a llegar para ser movilizados hacia las aulas. Para muchos, ponerse en marcha es una tortura. El lunes es peor:  el baño de agua fría, la goma a cuestas y el recordatorio de que asistir a clases también ayuda a reducir la pena.

En el puesto de control, un oficial aprovecha el cambio de turno para echarle sal a la herida futbolera: les anuncia que la Liga le ganó 3 a 0 a Saprissa. Charly no se acuerda —o decide no hacerlo—, pero entre los demás ya circula la historia completa: la apuesta perdida, varios chistes y la llamada a una exnovia, borracho, a los gritos. Conforme pasan los minutos se desbloquean más episodios de la fiesta dominical.

-Yo lo vi listo pa’ volar  manazos.

-Diay es que una gente tenía un montón de chicha solo para ellos, y eso no se puede.

-De eso sí se acuerda, según usted, pero no fue por eso.

-Claro, yo no estaba pegado.

-No huevón…hay fotos, aquel mae le tomó varias ¿ya no se acuerda?

La memoria selectiva de Charly no tiene mucho más que decir. Ambos con chancletas, camiseta de tirantes, lapicero y cuaderno en mano, matan el tiempo e intercambian sonrisas después de una juerga memorable.

El partido comenzó a las 3 de la tarde, picante como todo clásico. Un regate del 10 morado con el número 20 en la espalda y la barrida del volante rojinegro. El ambiente estaba mejor que en el estadio: reclamos, abucheos, el choque de barrotes con cualquier objeto.

Los jefes de pabellón la tienen clara: o se garantiza una buena borrachera o si no hay golpe de estado. Desde el miércoles previo, los reos resguardan los estañones con chicha, menjurje a base de pan, galleta soda, arroz, repostería fermentada y cualquier otro tipo de sobros. Si en la visita logran meter alguna botella, bienvenida sea.

Eran casi las cuatro y en el pabellón b el primero de varios baldes con chicha está por vaciarse. Los brindis van y vienen. Cientos de privados de libertad al pie de los televisores colgados de la pared con voz en off, la radio a todo volumen.

¡Penal! ¡Gooooool! Frente a una de las pantallas el primer agarrón entre dos privados de libertad. Si los jugadores defendieran los colores como lo hacen ellos, seríamos campeones mundiales, dice algún desapasionado, alejado del enjambre. Charly levanta los puños, la guardia alta, pero pronto el embrión de bronca se sofoca a la primera reprimenda del jefe.

El resto del primer tiempo se jugó como un clásico: dos equipos ríspidos, dos técnicos calculadores, resultado: un partido cerrado de pocas emociones. Pero el centro penal, como el Alejandro Morera Soto, es una caldera donde hierven cánticos, aplausos y gritos.

Menos mal que tenemos técnico, porque si no nos pasa lo mismo de siempre, dice Charly y cae el segundo gol. Aunque le pese, el festejo resuena casi al unísono, mientras en las duchas otros hacen fila para reabastecerse de chicha.

-Cuando coronábamos y caía buena plata, nos bajábamos una botella de Johnny rojo. No sé por qué, pero esto me empieza a saber más rico.

En la televisión, los de la barra local revolean las camisetas en señal de victoria. En los pabellones crepitan los barrotes mientras la radio encumbra el grito victorioso del narrador. Termina el partido y la fiesta dura lo que dura la chicha en acabarse.

Finjo no escuchar, pero el ambiente calmo del lunes por la mañana incita a poner la atención al recuento de incidentes del día anterior. Un Charly soñoliento se rasca la oreja derecha con desgano y recuerda la última escaramuza, no sin lamentos: perdió su equipo y él la apuesta. Ahora tiene que pagar 5 mil colones a Julito y lavarle la ropa tres veces durante ese mes.

II

Oculto, a unos 13 kilómetros del centro de Guápiles, en el pequeño poblado de Roxana, se encuentra el Centro de Atención Institucional Carlos Luis Fallas. Para llegar hay que atravesar primero el barrio El Broncón y luego Punta de Riel; más allá, entre fincas, casas de bono y sembradíos de ornamentales, aparece también llamada cárcel La Leticia, como una excepción geográfica.

La cárcel de Sandoval, apostada sobre la autopista principal, funciona casi como un rótulo de bienvenida a Limón. En la entrada del Valle Central, sobre la ruta 32, se levanta el Centro de Formación Juvenil, o cárcel de menores. En San Sebastián y Desamparados, los edificios penitenciarios se confunden con el caos urbano, mientras que La Reforma se extiende en los bordes del Aeropuerto Juan Santamaría.

La ubicación de estos centros penales no es casual: constituye una declaración de intenciones, un recordatorio permanente de hacia dónde puede conducir la infracción de la ley.

-Profe, a mí no me diga nada, usted también se enfiestó.

-¡Profe! Trajo los exámenes, ¿Dígame que no me fue tan mal?

-Qué profe qué pereza, por qué no se quedó en la casa.

El resto de los compañeros del mismo pabellón no hablan. Se suman 10 más de otro módulo, todos con el mismo tufo a chicha. Aguardan la llegada de los tres custodios que los llevan a las aulas. Los cuatro docentes del horario matutino esperamos desde hace 40 minutos, como quien espera el autobús. En ese tiempo vemos entrar y salir varias patrullas con perreras.

Para llegar hasta el área educativa hay que atravesar un galpón donde también se imparten clases. A la par hay un taller donde los reclusos trabajan con madera y aluminio. El galpón es un espacio grande, cerrado con malla, cubierto de láminas de zinc. Adentro tiene varias pizarras cada una rodeada de 25 pupitres. No hay divisiones, ni hacen falta porque en cuanto se ponen en marcha las máquinas del taller, el ruido lo abarca todo.

A la par del galpón hay una pulpería como la de cualquier barrio. Venden pan, gaseosas, confites y otros productos que uno de los privados llena en un carretillo para ir a vender a los pabellones. Se dice que las ganancias de las ventas pertenecen a los comités de privados de cada módulo. También se dice que el pulpero no dura mucho porque se roba el dinero.

“Algunos no tenemos familia, o son muy pobres o viven muy lejos y no nos pueden visitar ni mandarnos nada. La plata que hacemos nos sirve para comprar productos de primera necesidad, como cepillo, pasta de dientes, papel higiénico. Si cierran estas pulperías no sabríamos qué hacer” explica un privado de libertad que realiza labores de limpieza en el área educativa.

Hay una cancha sintética de futbol mal marcada y con una delgada capa sintética. Ese día nadie sale a jugar por una epidemia de goma. En el trayecto entre el puesto de control y las aulas los estudiantes se comunican a grito pelado con los que no salen.

-MAE QUÉ GOMÓN, QUE BUENA ESTUVO LA FIESTA

-AQUÍ ESTUVO RUDA TAMBIÉN.

-MAE SÍ. VIO, MAÑANA VIENE AQUEL PLAYITO DEL BARRIO.

-SÍ, AHORA ME VA A PEGAR UN FONAZO, QUIÉN SABE DÓNDE LO VAN A METER-

Y así podría seguir la conversación por mucho tiempo si no fuera porque ya comienzan las lecciones.

III

Este recorrido lo hice muchas veces, pero el primero no se olvida. Junio de 2015 avanzaba al ritmo de la tormenta tropical que castigaba la zona norte del país. Ahí estaba puntual, un martes a las siete de la mañana, ansioso y con mucha curiosidad, preparado a una faena desconocida. El jefe del área educativa del penal, un moreno de rostro incólume, saco y corbata, me mandó para la casa toda la semana. Más que intento fallido, lo viví como una premonición.

El primer día, el de verdad, 15 días después, 30 estudiantes atiborraban el aula que da a la salida. Rostros expectantes me esperaban: era julio, y durante todo el año no habían recibido Español, así que comenzamos con algunas preguntas básicas para activar conocimientos previos e ir conociéndonos.

-Nombres profe, ¿ya va a escribir? Mejor hablemos un rato…

Al fondo un estruendo de silla nos inquietó a todos un poco: uno de los estudiantes dejó caer su pierna enyesada contra la silla.

-¿De dónde es?

-¿Tiene miedo?

-¿Qué profe cuál es la última?

No tuve más remedio que fingir entereza e ir contestando esas y otras preguntas. El diálogo desordenó un poco al grupo y al final terminamos conversando de cualquier cosa, con el trato de bajar el volumen. Antes de que llegaran los custodios a tocarnos la puerta y anunciar el fin de la lección, construimos un poema entre todos, a partir de algunas frases sueltas.

IV

Vuelvo al lunes después del partido de futbol. Según el horario matutino, las clases empiezan a las 7, ya son las 8 y aún falta traer a los estudiantes del C y el D. A veces pasan semanas sin que el docente vea a un grupo, ya que, cuando empiezan las lecciones tocan la campana y hay cambio de materia. Las dos primeras clases de la mañana son horas muertas. Se ha hablado con los jefes de seguridad de la cárcel para aprovechar más el tiempo, pero alegan que no hay suficiente personal.

Los gestores de política educativa hablan de la “mística docente”.  Aquí, en cambio, nos regimos por un lema más terrenal: “se hace lo que se puede con lo que hay”. Cuando se puede, hacemos lectura coral de cuentos. Ese día, como se puede, con Charly y los demás, leemos El gato negro, de Edgar Allan Poe, y alguno extiende el ceño en señal de asombro al descubrir el cadáver de una mujer detrás de una pared del sótano. En ocasiones, con lo que hay, se hacen experimentos rudimentarios para probar algún principio científico. Otras tantas dividimos a los estudiantes en grupos, les entregamos las fotocopias, marcadores y cartulinas para que construyan mapas conceptuales o elaboren resúmenes sobre los más recientes conflictos bélicos.

Hubo un tiempo en que nos permitían ingresar computadoras o dispositivos USB. En algunas aulas hay pantallas, las más en mal estado. Aquí no hay rezago educativo porque para eso había que estar en algún momento a la vanguardia, pero de eso nada de nada. Aun así, me consta que se hace hasta lo imposible para aprovechar el tiempo y sacar lo mejor de ellos. Y ellos lo agradecen.

Por más que estemos habituados, la sensación de que algo va a pasar siempre está presente. Es que los mismos tres custodios que llevan y traen a los estudiantes son responsables de velar por la seguridad de nosotros. Hace muchos años se presentó un documento a uno de los sindicatos educativos para que se reconociera un incentivo salarial por peligrosidad, pero no pasó de ser un saludo a la bandera.

Si la educación de personas jóvenes y adultas en general demanda una serie de habilidades blandas particulares, cuando se trata de atender a la población privada de libertad este requerimiento es todavía mayor. En la mediación andragógica la empatía hacia los estilos de aprendizaje de personas que quizás tienen 10 o 20 años sin estudiar o la asertividad que hay que tener para trabajar con personas con un sinfín de conflictos a cuestas hace que tengamos que medir muy bien nuestras acciones y ser mucho más cuidadosos aún con las palabras.

A las débiles condiciones de infraestructura o acceso a material didáctico, hay que sumar la situación de hacinamiento de las personas estudiantes. Vivir entre barrotes 22 horas al día, donde sus vidas o las de sus familiares corre peligro; donde hablar por teléfono (público o celular) cuesta un ojo de la cara. Pero es el precio que se paga por calmar la angustia de saber si los hijos van bien en la escuela, si se está juntando con quien no debe, si el barrio sigue caliente, si va a venir alguien a la visita del domingo. A las clases no solo acuden estudiantes, acuden bombas de tiempo que no sabemos cuándo estallarán.

¿Quién prepara al docente para eso? En el país solamente una universidad privada imparte la licenciatura en Andragogía, especialidad idónea para la educación de personas jóvenes y adultos. Las capacitaciones en esta área escasean. El abandono que sufren ciertas modalidades educativas es una forma de soltar la mano a las personas privadas de libertad.

La única vez que acudió uno de “los de arriba” a escucharnos (no recuerdo si era del MEP o del Ministerio de Justicia y Paz) nos reunieron a todos antes de que llegaran. El moreno incólume nos repitió hasta el cansancio que venían a escucharnos, pero que no habláramos de más, ya que la situación laboral está bastante vulnerable y quién sabe qué va a pasar con los nombramientos del año siguiente.

Ni bien se había sentado la funcionaria, empezamos uno a uno a hablar las cosas como son: inseguridad, la falta de insumos pedagógicos o la inestabilidad laboral. Luego de escucharnos y comprometerse a buscar una solución, se fue a recorrer la cárcel, con tan mala suerte que cuando ingresaba al galpón un privado de libertad corría despavorido para intentar fugarse. Sonaron dos tiros al aire y cuentan que la funcionaria se desmayó.

Como corolario a semejante acontecimiento, al día siguiente el moreno incólume de saco y corbata nos citó a su oficina para reclamarnos por todo lo que dijimos y recordarnos que si por él fuera cerraba toda el área educativa y nos quedábamos sin trabajo y no sé qué otra amenaza.

V

Un martes cualquiera. Llegamos al área educativa y no hay nadie, para variar. Un martes de nubes grises y leve viento vespertino anuncia la requisa en todo el CAI. En días pasados, el call center—así le llaman al negocio de las estafas telefónicas—está más agitado que nunca. Hay que apaciguarlo con un golpe de autoridad. Mostrar quién manda. Cuando hay requisa no sale nadie a estudiar y el tropel de custodios barre con todo: ropa, celulares, relojes, cadenas, también folletos, papeles, apuntes de clase. Nada se salva.

La marea alcalina nos supera por momentos. Ni modo: tenemos que cumplir horario. Mientras tanto, nos quejamos de todo, como si eso fuera parte del programa oficial: el hábito de hacer catarsis. Entre chistes sobre la realidad nacional y lamentos repetidos, la protesta se convierte en nuestro pasatiempo más estable, un modo de reírnos de todo lo que está mal. Cuando la conversación se apaga, algunos aprovechan para revisar exámenes, otros repasan anotaciones para las clases de la noche. Yo me refugio en una de las aulas del fondo y aprovecho el silencio para avanzar más de 100 páginas de una saga autobiográfica que llevo leyendo desde hace semanas.

En esa prosa, la violencia física y psicológica desciende leve, como la llovizna que empieza a poblar las ventanas. Los gestos más rutinarios —lavar los platos, la forma de hablar o de sentarse— engarzan un espacio doméstico que está lejos de ser seguro y que termina por convertirse en el terreno donde emergen las tensiones familiares. También en una bomba de tiempo que luego estallaría de diversas formas.

A veces, al leer, pienso en la soledad de estas paredes. Nos sumergimos en grietas simbólicas cargadas de rectitud, donde todo parece tranquilo, pero esconde la volatilidad de una vida convulsa. Lo vemos mucho no solo en las aulas vacías: incluso cuando tengo algunos estudiantes, por más que intento que participen, ninguno abre la boca en las dos horas de clase, salvo para prestarse algún borrador o preguntarse por la respuesta de algún ejercicio.

Parece que todos los compañeros se han ido y un custodio me lo recuerda. Parece que se olvidaron de mí, consumido en las páginas de lo que parece una novela rocosa e intrascendente. Como no tengo separador, doblo la esquina superior derecha de la página donde quedé, guardo mis cosas y apuro el paso para alcanzar a los demás.

VI

Hay temporadas de poca afluencia en las aulas. Yo tengo dos estudiantes: a uno le dicen El chapo y lo cumple una condena por robo agravado. Aunque defiende su inocencia, sí reconoce haber participado de una llamada telefónica donde se trazó todo el plan para robar un banco en Turrialba. El mismo bigote negro, el mismo peinado, la misma suspicacia en los ojos que el capo mexicano, hoy en una cárcel de Nueva York hasta el final de sus días. Dice que los compañeros de celda se aprovechan de él porque no mata ni una mosca y es la verdad. El Chapo es serio, respetuoso y cumplido con sus obligaciones académicas. Cuando hay requisa, los teléfonos van a parar a un hueco de 50 centímetros bajo la tierra. “Dicen que soy cómplice, pero yo no lo veo así yo sé que usted no me va a entender, es que no tengo otra opción, sino no lo hago me agreden o peor”.

Dejo que El Chapo termine de leer un texto sobre el español de Costa Rica y veo que a su lado está la profesora de psicología con un solo estudiante. Algo le está explicando en voz baja, con ese tono suyo tan discreto pero tajante, para que se marque distancia. Marvin asiente, vuelve sobre el cuaderno, se fija en la pizarra, me mira, nunca habla.

-¿Se acuerda de Andrea, una muchacha que mataron en Heredia? Pues él fue…también su hermana se fue con todo porque dicen que después de estrangularla le ayudó a limpiar la sangre del piso de su cabaña. Ahí donde lo ve calmado.

El Chapo sonríe satisfecho de no ser un sodomo (así les dicen aquí a los femicidas, acosadores y violadores) y vuelve a su lugar.

Días como estos hay muchos. Normalmente se impone una cotidianidad inerte, inofensiva: superamos los tres portones hasta llegar al área educativa, impartimos las clases y nos regresamos al mundo exterior. Pero hay días en que esa normalidad se rompe y ahí es cuando lo excepcional sobrepasa cualquier cosa.

VII

A veces hay días distintos. Frente a la oficina del área educativa, rodeadas por una malla y alambre navaja, se ubican dos aulas nuevas. Parecen más aptas para un adecuado clima de aprendizaje, pero los pequeños abanicos no amedrentan el calor, no hay recursos audiovisuales. El piso es de cerámica y hay celosías, muchas peligrosas celosías. Abrirlas para que entre algo de aire es lo primero que hacemos Ana y yo. Ana es profesora de ciencias, morena, de sonrisa nerviosa y siete meses de embarazo.

Se acercan los exámenes finales del semestre y los dos tenemos poca materia debido a las constantes suspensiones. Nos ponemos contentos porque hoy salieron casi 80 estudiantes de todos los pabellones, pero esto no a veces juega en contra. Los pasillos se colman porque desde que llegan al área educativa no paran de ir al baño. En uno de esos encuentros hay choques de miradas, intercambio de dinero que solo yo veo y uno que otro empujón. Los custodios de hoy con suerte hablan entre ellos, están tan concentrados en su celular que ni les pasa por la cabeza lo que se está cocinando.

Ya se ha ido una lección. Por fin logro avanzar y ellos me corresponden con una disposición sobresaliente. Me relajo un poco y saco un libro de poemas que hojeo mientras ellos resuelven un ejercicio.  Atrás está Maki, camisa blanca con los brazos tatuados. Sobresalen leves cicatrices de navajas en las muñecas. Pide permiso para ir baño (en realidad no pide permiso: dice “voy al baño”). Borro la pizarra. Maki no regresa, Maki se desvía hacia el aula de Ana, saca un puñal y entra. Agarra a Pepo del brazo, lo empuja, este se defiende. Cuando lo tiene como quiere le da un puñetazo en la boca, que hace chocar a Maki contra el ventanal y quebrar las celosías. Maki se levanta y como puede, le clava el puñal en el antebrazo, los dos se embarran de sangre. Forcejean. Pepo, como puede, le deja ir otro golpe, esta vez en el ojo izquierdo. Dejen que lo arreglen entre ellos, dicen los demás. Ninguno se mete. Ana grita y vuelve a gritar hasta donde le da la voz. Su clamor incesante, ya mezclado con llanto, moviliza a los custodios que llegan al aula y los separan punta de macanazos. Todo esto ocurre en unos pocos segundos, lo suficiente para elevar los gritos de Ana al sofoco. Observo todo desde mi aula, pálido, paralizado, tan sorprendido que por más que lo intente no puedo cerrar la boca. Uno de los custodios da el aviso en su comunicador y al poco tiempo llegan dos patrullas. Veinte custodios más se abren paso entre los otros presos que salieron a observar. Vayan al aula, adentro, nada tienen que estar haciendo aquí, dice uno, enérgico.

Antes del combate, a Pepo se le veía nervioso. Ese día se cumplieron 2 semanas y no había pagado los 20 mil colones que le debía al jachudo del pabellón. Se puede perdonar todo: colarse en la fila del almuerzo, un mal modo, una broma pesada. Todo menos una deuda por drogas.

A Maki y a Pepo ahora los espera el vocho: una semana en esa celda sin luz, donde el calor liquida a cuentagotas y el tiempo es un lastre. Allí no hay exámenes, ni celosías que abrir, ni profesores compasivos. Solo la oscuridad, un rato de sol y la deuda que los trajo hasta aquí.
En el área educativa, en cambio, mañana volveremos a dar clase. Limpiarán la sangre, pondrán un vidrio nuevo y seguiremos intentando enseñar en un lugar donde nadie está a salvo y todo puede quebrarse en cuestión de segundos.

VIII

-Un día me dijo tombo muerto de hambre, el otro día negro hijueputa, el otro maldito sapo. Otro día vino la venganza: lo llevábamos a consulta médica a San José y paramos en medio Zurquí. Lo esposamos de pies y manos y lo acostamos en el piso. ¿Ahora qué vas a decir enfermo de mierda? Vamos a ver es tan hombre como aquel día…. Y empezamos a darle con la culata del arma, con la macana, le rompí las encías con un juego de esposas. Luego con un cuchillo le arranqué un pedazo de piel del antebrazo. Mientras gritaba se lo mostré. Según vos, muy blanquito como para que hable mierda. Lo acostamos de una patada y lo volvimos a meter a la perrera. Cuando llegamos al hospital dijimos que eran heridas autoinfringidas y no pregunten más. El doctor solo me sonrió porque piensa como yo: estos perros se merecen la silla eléctrica.

Juan interrumpe su relato y se va a abrir el tercer portón para que salga una ambulancia. Juan es alto, 33 años, camisa ajustada al cuerpo para mostrar los bíceps y sus manos pesadas, tan pesadas como sus sueños. Porque esto que me acaba de contar es un sueño, un relato placentero de lo que se debe hacer con “los asesinos, estafadores, narcotraficantes y todo tipo de sodomos de ahí adentro” reafirma.

-Hay que tomar acciones con esta gente. La cárcel es como el mejor hotel del mundo, comen de gratis, estudian de gratis, les dan un cuarto para la visita, gratis, van a la clínica gratis y cuando se les muere la mamá hay que llevarlos hasta el barrio. Yo no entiendo por qué tantos derechos. Esta gente es mala, lo peor de lo peor. Por lo menos que se ganen la comida, que los pongan a trabajar. Yo es que no los quiero nada nada.

A Juan se le escapa decir que algunos trabajan. En el área educativa hay dos privados que hacen labores de limpieza. Unos son tutores que ayudan a los estudiantes con sus tareas y exámenes. Otros van a la finca a arrear el ganado y pasarlos de potrero. Pero todos estos son los menos, los de buena conducta. La gran masa, esos que Juan no quiere para nada, están en las celdas todo el día.

-Sí, sí, es cierto. A veces pienso que es al propio: pasar un tiempito ahí metidos para seguir en lo mismo cuando la calle está muy caliente- dice María, quien se suma a la conversación. Su pantalón por encima de la cintura resalta un estómago prominente, pero más sus párpados, igual de pesados que el sueño de Juan. Acaba de pasar más de 8 horas en el fortín, las casetas de vigilancia instaladas en las alturas del penal.

-Si no van a cambiar, entonces por lo menos que los obliguen a aportar algo a la sociedad.

Varios más se acercan hasta formar una ligera multitud.

-Es que nosotros también nos ponemos para que nos den.

-Como a Aquel y a esa otra gente.

-Nadie los tiene.

-Se los dije un montón de veces ¿Se acuerdan? ¿Se los dije o no se los dije?

Aquel de quien hablan es un excustodio de casi dos metros, de ojos grandes y antebrazos descomunales. Lo poco que sonreía derrochaba viveza. Cuentan que, cuando se supo en los medios de comunicación que lo habían detenido, junto con cuatro compañeros más por tráfico de drogas dentro del penal, lo primero que hicieron fue blindar a la abuela. Quitarle los periódicos, desinstalar las redes sociales del celular y sacarla de la casa cada vez que daban el noticiero del mediodía para que no se diera cuenta de nada.

Se suman otros custodios a la charla. La catarsis no es exclusiva de nosotros los docentes. En Costa Rica, ser policía penitenciario no es labor sencilla. Empezando por el salario, que ronda los ¢491.869 me dicen ellos. Después de décadas de litigios a muchos les reconocieron el incentivo de peligrosidad, pero las situaciones de estrés derivadas de las extenuantes jornadas de trabajo, así como la poca cantidad de insumos con que gozan expresan hacen de esta una labor transitoria, una plataforma para convertirse la mayoría en abogados, psicólogos o trabajadores sociales.

-La mente va por caminos que ni uno mismo se imagina, dice el último en sumarse.

Estas opiniones son frecuentes: las escucho en la calle, en reuniones familiares y también en la sala de profesores. No provienen de encuestas —que no existen sobre este tema— sino de conversaciones cotidianas. Sorprende descubrir cuántos de quienes defienden, al menos en el discurso, políticas centradas en los derechos de las personas privadas de libertad, en realidad creen que la solución pasa por endurecer el castigo. Quienes han sido víctimas de algún hecho relacionado con el hampa cargan con sueños tan pesados como los de Juan, alimentados por sus experiencias personales y por la campaña constante de políticos y sectores académicos que promueven un enfoque más punitivo. Todo esto ocurre en un país que, pese a su tamaño, ocupa el tercer lugar en Centroamérica y el vigésimo segundo en el mundo en número de personas privadas de libertad.

IX

Principios de junio en alguno de los 7 años que trabajé en La Leticia. Luego de varios intentos fallidos y múltiples gestiones, pudimos ejecutar la etapa institucional del Festival Estudiantil de las Artes. El galpón luce murales, pinturas, dibujo manga, máscaras creadas por los estudiantes. Luego de los actos protocolarios viene lo más esperado: la declamación poética, los solistas vocales y una obra de teatro. Imposible olvidar el cuento de Anthony, más que un cuento parecía una novela corta: 13 páginas en clave autobiográfica, leídas en voz alta de principio a fin. Hay felicidad al concluir porque el héroe vence, pero también porque viene la premiación (un diploma y un lapicero) y el refrigerio: arroz con pollo (más pollo que arroz) papitas, frijoles molidos y gaseosa. El agasajo, afrenta a la monotonía del arroz con huevo duro, viene aparejado de la gratificación de trascender a través del arte.

Principios de diciembre. Acomodamos sillas, mesas, ultimamos detalles de la decoración que comenzamos la tarde previa con materiales pagados de nuestro dinero. Los maestros de ceremonias repasan sus notas. Pero basta de hablar de nosotros. La graduación es de ellos y sus acompañantes, quienes se emocionan hasta las lágrimas: padres, madres, hijos, esposas, prometidas y los que no tienen a nadie, pero ganaron el título invitan a su mejor amigo del pabellón. No sobra nada: ni gente, ni nervios, ni alegría al momento de recoger el diploma y celebrar el deber cumplido. Las fotografías en el arco decorado con letras, flores y globos; otro manjar más de arroz con pollo, frijoles, refresco-súmele esta vez gelatina con helado- son la recompensa a más de 5 o seis o más años de intentar e intentar. Como Chris.

Lo veo cuando camino hacia las aulas a recibir a los grupos en el nuevo curso lectivo. Recién se instalaba en las aulas de la Universidad Estatal a Distancia. Ahí tienen aire acondicionado, computadoras, parlantes y un proyector que carga el docente universitario responsables de darles la inducción. Los ojos de Chris invitan a la esperanza que traen los nuevos comienzos. Su mirada se contrae de forma sutil, probablemente imagina el futuro, sin saber qué hacer con tanta libertad.

Ese año me cambiaron de sede y no lo vuelvo a ver. Intuyo que salió libre, que encontró a su familia y que ya empezó montar su negocio de venta de pescado en Limón y Puntarenas. Me gusta pensar eso. Me gusta pensarlo lejos de ahí.

Porque al final, este lugar es así: en junio celebramos un poema; en diciembre, un título; en medio, sacamos sangre del piso y seguimos dando clases como el primer día. No hay continuidad posible, solo momentos que brillan o se rompen.