Imagen principal del artículo: Cuidar cuesta

Cuidar cuesta

La Biblia relata que, antes y durante la crucifixión, Jesús fue acompañado por tres mujeres: María, su madre, María Magdalena y María la de Cleofás. No es de extrañar que, dos milenios después, la imagen de una persona cuidadora siga siendo femenina: una madre, una tía, una hermana. Esta herencia cultural tiene hoy un peso estadístico abrumador.

Según un estudio de 2025 del BID, la AFD y la OCDE, en América Latina y el Caribe existen cerca de 25 millones de personas cuidadoras no remuneradas, y el 60% son mujeres. En Costa Rica, la brecha es todavía más significativa: según el IDESPO-UNA, el 73% de las personas cuidadoras no remuneradas son mujeres, quienes destinan, en promedio, 53 horas semanales a estas tareas.

Para ponerlo en perspectiva, la jornada laboral ordinaria en el país es de 48 horas. Esto significa que las cuidadoras costarricenses trabajan una jornada completa más cinco horas extra cada semana, sin recibir a cambio un solo colón.

La paradoja de la visibilidad

El Banco Central de Costa Rica ha determinado que el trabajo doméstico no remunerado —incluyendo el cuido y las labores del hogar— equivale al 20% del Producto Interno Bruto (PIB). Si este trabajo se contratara en el mercado formal, el país tendría que desembolsar la astronómica cifra de ₡9,6 billones de colones.

La comparación con otros sectores es reveladora. El sector industrial y de manufactura (dispositivos médicos, alimentos, construcción) genera entre un 20% y un 22% del PIB. Sin embargo, existe una diferencia abismal: la industria es monetizada y transaccional. Cuando una de estas empresas reduce operaciones o sale del país, es noticia nacional. El trabajo doméstico, que aporta un valor equivalente, ocurre en el silencio del hogar y no genera titulares.

El sistema económico actual premia la producción de bienes y servicios, pero ignora la producción y el sostenimiento de la fuerza de trabajo que los genera. Durante la Segunda Revolución Industrial, al buscar un aumento en la productividad, se estableció un "salario familiar" con un incremento del 40% destinado a que las mujeres cuidaran de las familias.

Desde entonces, el sistema productivo se fracturó en dos: personas dependientes e independientes. Históricamente, las mujeres han sido relegadas al primer grupo, trabajando sin retribución bajo una premisa de "deber" o "amor". En realidad, el sistema no es autosuficiente: son las mujeres quienes, con su tiempo y esfuerzo no pagado, están subsidiando la economía nacional.

Un reconocimiento necesario

Las personas cuidadoras no remuneradas no solo carecen de un salario que les permita autonomía económica. También enfrentan la ausencia de condiciones que les permitan salir de ciclos de dependencia económica en relación con otros parientes o allegados.

No cotizan para la seguridad social, lo que les impedirá acceder a una jubilación, ni tienen garantía de buenas condiciones laborales como límites de una jornada laboral, derecho a vacaciones o al pago de aguinaldo. Estas condiciones distan mucho del cumplimiento de la agenda de desarrollo global que aspira al trabajo decente y el crecimiento económico.

Ante este panorama, la economía del cuido debe dejar de ser solo un tema de conversación para convertirse en un eje de acción empresarial. Las empresas pueden aportar para que las personas cuidadoras tengan condiciones más dignas otorgando beneficios e incentivos económicos a sus trabajadores, tales como subsidios o reembolsos para servicios de guardería o centros diurnos para personas mayores; mantener medidas de flexibilidad laboral que permitan a los trabajadores compatibilizar sus empleos con el cuido y facilitar programas de formación y sensibilización sobre la corresponsabilidad del cuido, entre hombres y mujeres.

El reconocimiento de la economía del cuido no es una concesión social, sino una deuda de justicia económica que el sistema se niega a saldar. Cuando una sociedad permite que el 20% de su PIB lo provean personas que no reciben ni salario ni protección social, está utilizando una suerte de subsidio de pobreza para mantener su crecimiento económico. Al final del día, una economía que no cuida a quienes cuidan, es una economía destinada al agotamiento.