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Cuando la IED deja de transformar

Costa Rica no enfrenta una crisis de inversión extranjera directa (IED). En 2025, los flujos se mantuvieron prácticamente estables, con un crecimiento de apenas 0,2%. Pero esa estabilidad es engañosa. Lo que estamos observando no es una caída, sino un cambio más profundo: una transformación en la naturaleza misma de la inversión que recibe el país.

El dato clave no está en el total, sino en su composición. Cerca del 84% de la IED en 2025 provino de utilidades reinvertidas. Es decir, el crecimiento no está siendo impulsado por nuevas inversiones, sino por empresas ya instaladas que deciden mantener y expandir sus operaciones. Esto no es menor. Es una señal de confianza, pero también de maduración. En términos simples: no es crecimiento, es composición.

Este fenómeno se observa con claridad en el régimen de Zona Franca. A pesar de una caída del 10,5% en 2025, este régimen continúa concentrando el 66,4% de los flujos de entrada de IED al país. La disminución no responde a una pérdida de atractivo, sino principalmente a un ajuste en la deuda neta intercompañías: menos préstamos y mayores pagos respecto a 2024. De hecho, esta caída fue parcialmente compensada por un aumento significativo en las utilidades reinvertidas. Zona Franca no colapsa. Pero deja de transformar al ritmo al que lo hacía antes.

En contraste, el régimen definitivo muestra un crecimiento de 167,7%. A primera vista, esto podría interpretarse como una señal de diversificación o de cambio estructural. Sin embargo, esta lectura es incompleta. Ese crecimiento se explica, en gran medida, por una base de comparación inusualmente baja en 2024. En términos relativos, el régimen definitivo sigue representando apenas el 15,2% del total de la IED. No estamos frente a un reemplazo del modelo, sino ante dinámicas distintas coexistiendo en paralelo.

El comportamiento sectorial también aporta señales relevantes. Mientras la industria manufacturera continúa expandiéndose, el sector servicios muestra signos de ajuste. Aquí aparecen dos factores críticos: el tipo de cambio y la disponibilidad de talento. A diferencia de la manufactura, los servicios modernos son altamente móviles. Pueden reubicarse con relativa facilidad si las condiciones locales dejan de ser competitivas. Esta es, probablemente, la señal más importante de alerta hacia adelante.

Todo esto apunta a un problema más estructural: el modelo de atracción de inversión extranjera está entrando en una fase de consolidación. Durante décadas, Costa Rica construyó una propuesta de valor basada en estabilidad, talento y encadenamientos productivos. Ese modelo funcionó, y sigue funcionando, pero ya no está en expansión. Hoy enfrenta rendimientos decrecientes en su capacidad de transformación.

La pregunta, entonces, no es cómo atraer más inversión, sino cómo transformar la que ya tenemos. Esto implica un cambio de enfoque: pasar de un modelo centrado en la atracción de empresas a uno orientado a la sofisticación de funciones, la calidad de la interacción con la inversión existente y la capacidad de capturar nuevas olas tecnológicas.

En este nuevo contexto, la inteligencia artificial introduce una dimensión adicional que el país aún no está aprovechando plenamente. La ventaja competitiva ya no depende únicamente del talento disponible, sino de la capacidad de ese talento para interactuar con sistemas de IA de manera estructurada, crítica y acumulativa. No es la respuesta lo que importa, sino la sofisticación de la interacción.

Costa Rica no necesita atraer más inversión. Necesita transformar la que ya tiene. Porque en esta nueva etapa, el valor no está en cuánto llega, sino en lo que somos capaces de hacer con ello.