En Crucitas, definitivamente no se está discutiendo un tema de minería, se está discutiendo el futuro económico de Costa Rica.
Reducir el debate a minería legal versus minería ilegal no solo es simplista: es funcional a un modelo que ya demostró sus límites. Ambos caminos —aunque distintos en forma— comparten una misma lógica: extraer valor agotando el capital natural.
Y ahí está el error.
Porque si algo ha demostrado Costa Rica durante décadas es que su mayor riqueza no está en lo que saca de la tierra, sino en lo que decide conservar.
Hoy, sin embargo, enfrentamos una paradoja incómoda. Mientras el país pierde cientos de millones de dólares al año por la minería ilegal en Crucitas, reaparece con fuerza la idea de legalizar la extracción como una supuesta solución. Pero esa respuesta, aunque tentadora en lo inmediato, evade la pregunta de fondo:
¿Estamos resolviendo el problema… o simplemente administrándolo bajo otra figura?
Diversas investigaciones, debates académicos y análisis técnicos —incluyendo materiales divulgados por la academia y espacios públicos— han dejado claro algo fundamental: sí existen alternativas viables a la extracción. (Ver, por ejemplo, el análisis audiovisual)
No se trata de utopías. Se trata de cambiar el enfoque.
La propuesta es tan disruptiva como lógica: no extraer el oro, sino convertir su no explotación en valor económico.
Esto implica entender el yacimiento no como un recurso a liquidar, sino como un activo estratégico. Uno que puede respaldar instrumentos financieros vinculados a la conservación, atraer inversión climática, generar créditos de biodiversidad y posicionar a Costa Rica como laboratorio global de innovación económica basada en la naturaleza.
Dicho de otra forma: el oro deja de ser riqueza cuando se extrae, y pasa a ser palanca de riqueza cuando se conserva.
Este no es un salto al vacío. Es una evolución coherente con el camino que el país ya ha recorrido. Costa Rica fue pionera en pago por servicios ambientales cuando el mundo apenas comenzaba a hablar de cambio climático. Hoy, ese mismo principio puede escalarse hacia nuevas formas de financiamiento de la naturaleza.
Crucitas podría ser el siguiente paso, pero hay que decirlo con claridad: insistir en la minería a cielo abierto, aunque sea bajo regulación, es insistir en un modelo donde el Estado captura una fracción mínima del valor, mientras asume riesgos ambientales, sociales y reputacionales desproporcionados. La experiencia comparada en América Latina está llena de ejemplos donde la promesa de desarrollo terminó en degradación, conflictividad y dependencia.
Esos son precisamente los ejemplos que no debemos seguir, y aquí es donde el debate reciente en Costa Rica comienza a tomar una dimensión más seria. Voces como la de Bernardo Aguilar, presidente del Parlamento Cívico Ambiental, han sido claras al cuestionar la narrativa de que la minería resolverá los problemas estructurales de la zona norte. Tal como ha sido recogido por el Semanario Universidad, desde este espacio se ha advertido que la minería ha sido presentada erróneamente como solución a la pobreza, cuando en realidad no aborda sus causas de fondo.
Más aún, desde este mismo ámbito se ha insistido en algo clave: la conservación no solo es ambientalmente correcta, sino económicamente inteligente, al permitir generar réditos mientras se protege el territorio.
Y en un contexto donde incluso se cuestiona el origen del oro que se exporta desde el país con riesgos de que provenga de actividades ilegales, el problema deja de ser solo ambiental y pasa a ser también institucional y económico.
En otras palabras, el modelo actual no solo es insostenible: es inconsistente con el Estado de derecho y con la lógica económica de largo plazo.
En cambio, la monetización de la conservación ofrece algo radicalmente distinto:
- Cambia el incentivo económico. Si conservar genera ingresos, desaparece la lógica extractiva que alimenta tanto la ilegalidad como la presión por legalizar.
- Maximiza el valor país. Costa Rica no compite por volumen de recursos, compite por credibilidad ambiental. Y esa credibilidad, bien gestionada, es un activo económico de primer orden.
- Proyecta liderazgo internacional. En un mundo que busca soluciones climáticas y de biodiversidad, transformar Crucitas en un caso emblemático de “no extracción con retorno económico” posicionaría al país en la primera línea de innovación global.
- Evita costos irreversibles. Porque hay algo que rara vez se incorpora en los cálculos: los pasivos ambientales no desaparecen, se trasladan en el tiempo… y los termina pagando la sociedad.
La discusión, entonces, no es técnica. Es estratégica. Crucitas plantea una disyuntiva que pocos países han tenido la oportunidad de enfrentar con tanta claridad, dónde se puede seguir el camino conocido de la extracción, con beneficios limitados y altos costos, o abrir un camino nuevo, donde la riqueza se genera precisamente evitando extraer.
No es una decisión fácil. Pero sí es una decisión histórica. Costa Rica puede optar por explotar un yacimiento más… o puede demostrar que en el siglo XXI la verdadera riqueza no está en el oro que se saca, sino en el valor que se es capaz de crear sin destruirlo.
Crucitas no es el problema, es la oportunidad para demostrar que el futuro económico y ambiental pueden ir en la misma dirección, claro, siempre y cuando se tenga la visión y voluntad de hacerlo posible.
