Hay momentos en la vida cultural de un país que no se anuncian con estridencia, pero que marcan un antes y un después. Momentos en los que una decisión institucional se convierte en una declaración de identidad. El Festival Iberoamérica Teatral nace precisamente en ese cruce: entre la convicción de que el teatro importa y la certeza de que Costa Rica está lista para ocupar un lugar protagónico en la escena iberoamericana.
Durante años, hemos hablado de la necesidad de proyectarnos más allá de nuestras fronteras, de dialogar con otras estéticas, de abrir espacios para nuevas voces. Pero también —y esto es clave— de reconocernos a nosotros mismos: en nuestras historias, en nuestras preguntas, en nuestras contradicciones. El teatro, como pocas artes, tiene esa capacidad de reunirnos frente a lo esencial.
Este festival no es únicamente una programación de obras. Es una apuesta por volver a poner el teatro en el centro de la conversación cultural, por reconocerlo como un espacio donde se piensa el presente y se ensaya el futuro.
Por eso, no es casual que la Compañía Nacional de Teatro estrene en este marco dos propuestas dirigidas por mujeres. Dos miradas distintas, dos generaciones, dos formas de leer el mundo que dialogan entre sí.
Por un lado, Prohibido suicidarse en primavera, dirigida por Kar Barquero, nos confronta con la fragilidad humana desde una sensibilidad contemporánea, poniendo sobre la mesa temas urgentes como la salud mental, la esperanza y el sentido de la vida en tiempos inciertos. Es una obra que interpela, que incomoda y que, justamente por eso, nos recuerda por qué el teatro sigue siendo necesario.
Por otro, La terminal del sueño, del dramaturgo costarricense Melvin Méndez y bajo la dirección de Marcia Saborío, nos sumerge en una poética profundamente nuestra, donde la memoria, el tránsito y la identidad se entrelazan. Esta obra no solo habita el escenario: viajará por el país a través de RIDE Cultural, reafirmando que el teatro no pertenece a un edificio, sino a la gente.
Ahí radica una de las grandes apuestas de este festival: que la creación no se quede en la capital, que circule, que dialogue con los territorios, que se transforme en experiencia compartida.
Esta primera edición está dedicada a Lucho Barahona. Y no podía ser de otra manera.
Hablar de Lucho es hablar de generosidad, de entrega absoluta al arte, de una vida dedicada a formar, a acompañar, a construir escena desde el amor profundo por el teatro. Su legado no se mide únicamente en obras o personajes, sino en las generaciones que tocó, en los caminos que abrió, en la sensibilidad que sembró en este país.
Dedicarle este festival es, en el fondo, reconocer que el teatro costarricense no nace hoy: se sostiene sobre los hombros de quienes lo soñaron antes. Y Lucho fue, sin duda, uno de esos soñadores imprescindibles.
En un mundo que muchas veces corre demasiado rápido, el teatro nos obliga a detenernos, a mirar, a escuchar. Nos recuerda que somos comunidad, que necesitamos del otro para entendernos. Y en ese acto profundamente humano, Costa Rica encuentra una oportunidad única: convertirse en un punto de encuentro, en un espacio donde las historias de Iberoamérica dialoguen, se cuestionen y se celebren.
Este festival nace para eso: para ser encuentro.
Encuentro de acentos, de memorias, de preguntas que cruzan fronteras y se reconocen en el escenario. Encuentro entre quienes han sostenido el teatro durante décadas y quienes hoy lo reinventan con nuevas voces. Encuentro, sobre todo, con la posibilidad de imaginar juntos.
Porque el teatro no solo nos refleja: nos convoca.
Y Costa Rica, siguiendo una larga historia de compromiso con las artes, vuelve a poner el teatro en el centro.
En el corazón de Iberoamérica.
Como punto de encuentro, como espacio de diálogo, como territorio común donde podamos pensarnos y construirnos colectivamente.
Volvemos a la escena internacional no solo para mostrar quiénes somos, sino para preguntarnos, juntos, qué región queremos ser… y qué región podemos llegar a ser.
Y en ese acto compartido de imaginación y creación, el telón se abre para algo más grande que un festival:
Costa Rica es, y será, el corazón del teatro de Iberoamérica.
