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Continuismo o continuidad: Laura Fernández y el chavismo sin Chaves

El nuevo gobierno se enfrenta a dos opciones nítidas. La primera es apostar por la continuidad del modelo democrático tal como lo conocemos, pero con la audacia necesaria para impulsar reformas consensuadas que lo actualicen sin fracturarlo. La segunda es inclinarse hacia el “chavismo sin Chaves”, un modelo que replica los vientos de época más preocupantes: espectáculo mediático + discrecionalidad – transparencia = inestabilidad democrática. No se trata solo de estilos de gobierno, sino de dos concepciones antagónicas del poder y su relación con la ciudadanía.

Una de esas concepciones entiende el poder como una relación de lectura y escucha, donde el Estado no se limita a mandar, sino que se esfuerza por descifrar los movimientos profundos de la sociedad. Allí, la política es un arte de mediación: se reconoce que la soberanía no se decreta, se construye desde abajo, con lentitud, con errores, con pactos que nunca son perfectos pero que mantienen vivo el vínculo entre gobernantes y gobernados.

La otra concepción, en cambio, concibe el poder como una ocupación del territorio simbólico e institucional. No se trata de leer a la sociedad para representarla, sino de reemplazar su voz por la del Estado, de ocupar sus espacios con leales, de silenciar con prebendas o con amenazas aquello que no puede ser controlado por la vía del consenso.

En esta lógica, la democracia se vacía de su sustancia: las formas permanecen —elecciones, Asamblea, tribunales—, pero su función ya no es canalizar el conflicto social, sino administrar la apariencia de normalidad mientras las decisiones reales se toman en otra parte, en la penumbra de la opacidad y la concentración del poder en pocas manos.

La primera forma de poder se sostiene en la confianza y la rendición de cuentas; la segunda, en el miedo y la gratificación selectiva. Una sabe que gobernar es escuchar; la otra, que dominar es imponer.

El horizonte ético: cinco imágenes y una advertencia

En la retina de quienes hemos seguido de cerca su trayectoria quedan grabadas cinco imágenes de Laura Fernández. No son delitos, no son pruebas de ineptitud. Son, más bien, horizontes éticos, señales que nos indican cómo concibe el poder y cuál es su relación con la verdad, la transparencia y la institucionalidad.

La primera: Laura Fernández firma un decreto en el aire. Era ministra. En un acto público, simuló la firma de un decreto sin que existiera pie de firma alguno. El gesto, que algunos celebraron como teatralidad política, es en realidad un síntoma: la política como espectáculo, la promesa vacía, la palabra que compromete sin obligar.

La segunda: el micrófono oculto en su oficina de campaña. La denuncia se filtró, se comentó, se desvaneció. Nunca se formalizó. Sonó a ruido de campaña, a estrategia que no termina de cuajar, a improvisación más que a cálculo. Pero lo que simboliza va más allá de la anécdota. Porque revela una forma de entender la política donde el discurso público es una forma de victimismo. Lo que se dice frente a las cámaras es una política de dos caras donde la transparencia es un estorbo y la verdad, un lujo que se puede reservar para después.

La tercera: la denuncia nacional contra Fabricio Alvarado por acoso sexual. En vivo, en debate. La acusación cruzó el país en minutos. Pero nunca llegó a los tribunales. No se juzga aquí el fondo —eso le corresponde a la justicia—, sino el método. Porque lo que quedó fue el eco de la acusación, no su verificación. El daño en el espacio público, no la sentencia en un juzgado. La política se convirtió entonces en linchamiento: se condena sin juicio, se destruye sin reparación. La palabra como arma sin pruebas. ¿Denunciar o destruir?

La cuarta: "Vamos a iniciar la Cuarta República". Lo dijo en voz alta. En campaña. Con entusiasmo. No explicó qué significa. No importa. La frase suena a ruptura, a borrón y cuenta nueva. Y quien borra la historia suele escribirla sola.

La quinta: el gesto. El instante en que la presidenta electa dijo que no invitaría a los expresidentes a la transmisión de mando. No fue una declaración de gobierno. Fue un gesto. Un desdén. Un "nosotros no somos como ellos". Pero en política, los gestos hablan más que los discursos. Y ese gesto dijo: el pasado no importa, la institucionalidad es un adorno, la tradición es para los débiles.

La advertencia, entonces, es esta: ninguna de estas imágenes es condena. Pero todas juntas son un llamado de atención. Porque no se trata de si Laura Fernández cometió errores de campaña. Se trata de si esos gestos —el decreto vacío, el victimismo, la denuncia sin prueba, la ruptura con la historia, el desdén institucional— se convierten en método de gobierno.

¿Continuidad democrática o continuismo autoritario?

El problema de Laura Fernández no es si repetirá los gestos de Rodrigo Chaves. El problema es si ella misma es un gesto o es una política. Porque la firma en el aire, el micrófono oculto, la denuncia sin juicio, el "Vamos a iniciar la Cuarta República": todos estos son actos performativos que buscan ocupar el espacio público, no leerlo. Son la antítesis a la política como escucha.
Aquí aparece el núcleo duro del dilema: la continuidad democrática no es un estilo. Es un método. Y ese método exige tiempo: tiempo para el diálogo, tiempo para el error, tiempo para la rendición de cuentas. Pero el chavismo, incluso sin Chaves, es una máquina de aceleración. No soporta la lentitud de la institucionalidad. Por eso recurre al espectáculo, al linchamiento mediático, al crear más enemigos: porque la velocidad es su forma de evitar la mediación.

¿Puede Fernández resistir esa aceleración? ¿Puede imponerle al chavismo su tiempo, el tiempo lento de la política, en lugar de ser devorada por el tiempo vertiginoso del espectáculo? La respuesta no está en sus declaraciones. Está en los primeros cien días. Pero no en lo que haga, sino en cómo lo haga: si gobernará con las instituciones o por encima de ellas; si escuchará a la oposición o la espectacularizará como enemiga; si los gestos simbólicos se convertirán en políticas de Estado o seguirán siendo, apenas, fuegos de artificio para consumo de las redes.

El sociólogo Rene Zavaleta decía que la historia avanza por el lado del fracaso. Pero también decía que las naciones que no se proponen su propia grandeza terminan siendo iguales a las demás. Creería que Costa Rica no está ante una elección entre dos estilos. Está ante la posibilidad de volver a fundar su institucionalidad o de simularla hasta que el simulacro sea la única realidad. Eso no es continuidad ni continuismo. Es, llanamente, la diferencia entre ser o parecer. Y en política, esa diferencia se llama historia.