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¿Alguien con traje de aborigen? ¡Urge para mañana!

Por Decreto Ejecutivo No. 1803-C, el 19 de abril de 1971 el presidente de la República de Costa Rica y el Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes declararon el Día de la Persona Indígena Costarricense. En teoría, esta conmemoración busca invitar a la reflexión sobre la herencia indígena en Costa Rica y se realiza en centros educativos y comunidades indígenas mediante diversas actividades culturales.

Como muchas madres de familia, estoy en chats de WhatsApp de grupos escolares. En uno de ellos, este fin de semana, aparecieron varias familias buscando cómo vestir a los chiquitos de “aborigen costarricense”, por pedido del docente.

Disfrazarse de “aborigen” me sorprendió tanto como ver a blancos pintados de negro para disfrazarse de los Reyes Magos en España. ¿De qué se trata este cosplay? ¿Qué les estamos enseñando cuando les pedimos que se “vistan” de “aborigen”?

Así que bueno, las mamás, porque siempre son las mamás las encargadas de los disfraces y de saber dónde están las cosas, por alguna razón, ponen fotos en el chat de “vestidos de aborigen”. Son de manta, de yute, con dibujos geométricos y parecen comprados en Orlando. ¿Y por qué son así? ¿Quién dice que los ocho grupos indígenas costarricenses andan de manta y yute? Lo que eso me dice es que no nos interesa conocer sus formas de vestir, sus telares, sus patrones, sus textiles, sus colores, nada. Tampoco nos interesa verlos como personas del hoy, del siglo XXI. Nos resulta más cómodo verlos en clave folclórica, vestidos a lo Pocahontas. ¿Por qué? Porque eso también es parte del racismo en el que vivimos los costarricenses, y del que poquísimo se habla. Nos resulta más fácil imaginarlos en el pasado, estáticos, de manta y yute, que como ciudadanos de hoy. Nos gusta más el indígena inventado que el indígena real.

Para rematar, habrá más de uno o una que se refiera a “nuestros aborígenes”, como si fueran objetos. No se nos ocurriría hablar de “nuestros chinos” o de “nuestros italianos”, pero sí lo hacemos con cada uno de los ocho grupos. El pronombre posesivo infantiliza, cosifica y subordina a estos grupos étnicos. No tiene ningún sentido seguir usándolo.

Quizá, si supiéramos que estos costarricenses se gradúan del TEC, de la UCR y de la UNA; que andan en jeans, camisa y Crocs; que son bilingües o trilingües; que han desafiado el racismo estructural y el clasismo, dejaríamos de pedir “trajes de aborígenes”, porque entenderíamos el sinsentido que eso implica. Si, en cambio, aun sabiendo que estos ocho grupos enfrentan problemas de acceso a servicios básicos, seguimos imaginándolos como si solo pudieran vestir yute, entonces lo que necesitamos este 2026 es más empatía y menos disfraces.

Tal vez por eso pedir un disfraz se repite año tras año, casi en automático: porque simplifica lo que tendría que incomodarnos, porque convierte en fiesta de disfraces lo que debería obligarnos a pensar en despojo, racismo, desigualdad, tierra, exclusión, servicios básicos y representación política. Un pueblo reducido a fantasía no exige nada. Apenas un traje para mañana.