Decían los abuelos que cada vez que desayunamos, almorzamos o cenamos hacemos un acto agrícola. Tenían razón. Detrás de cada taza de café, de cada plato de comida y de cada mesa servida, hay trabajo humano, tierra, clima, esfuerzo, conocimiento y una cadena productiva que sigue siendo tan esencial como silenciosa.
En los albores de la sexta o quinta revolución industrial, con la inteligencia artificial de frente y en nuestras manos; seguimos siendo seres humanos que necesitamos comer al menos dos veces al día para aprender, trabajar y funcionar medianamente bien.
Hace menos de cinco años, la pandemia del COVID-19 nos puso contra las cuerdas y entre los grandes héroes y heroínas que fueron médicos, enfermeros, recolectores de basura, fuerza pública, educadores, instituciones de salud y sociales entre muchas otras; los agricultores nos salvaron de morir de hambre.
Ya nuestros campos se están preparando para una nueva cosecha cafetalera y la vemos enfrentándose esta vez a un mundo con nuevas amenazas geopolíticas: guerra en Ucrania, guerra en Medio Oriente, aranceles que van y vienen, alza en combustibles, cadenas de abastecimiento en general inciertas y vulnerables, que nos vuelven a poner contra las cuerdas y a recordar que somos frágiles. La pregunta que me hago es: ¿todo ellos estarán mañana para defendernos y alimentarnos? ¿Son nuestros agricultores los que ocupan esta vez ser salvados?
No podemos vivir sin agricultores, la solución no es importar todo lo que necesitamos y tampoco podemos dejar todo en manos de la tecnología; si queremos tener futuro de frente a esta nueva realidad, Costa Rica debe fortalecer los sectores sociales, educativos, la salud y la producción y esta responsabilidad no yace solo en el estado, yace en cada uno que se llame a sí mismo costarricense.
Debemos dejar de vernos el ombligo y apreciarnos como sociedad inteligente, capaz y próspera, donde nadie se queda atrás y tampoco nadie sobra. Porque ante la disrupción global que ya estamos viviendo, Costa Rica no tiene otra opción que estar preparada y fortalecida desde el campo, con instituciones que garanticen el desarrollo armonioso de la sociedad hasta el último rincón del país.
La próxima gran disrupción global llegará. No sabemos cuándo ni con qué rostro. Lo que sí sabemos es que Costa Rica llegará mejor preparada si fortalece sus sectores estratégicos desde ahora. Y entre ellos, la agricultura ocupa un lugar central.
La agricultura no es un recuerdo. No es una estampa del pasado. No es un asunto marginal. Es una realidad viva y si queremos futuro, más nos vale actuar.
En el caso específico del café, estamos hablando de historia, identidad, prestigio internacional, arraigo territorial y de miles de familias que sostienen con dignidad una actividad estratégica para Costa Rica. Defender al café no es mirar hacia atrás. Es decidir con seriedad qué país queremos seguir siendo y eso nos obliga a pensar en cómo asumir el presente y cómo garantizarnos un futuro. La supervivencia de este eje dinámico de la economía rural del país está en riesgo por amenazas externas e internas y como país no podemos darnos el lujo de dejarlo caer.
Cuando vuelva a servirse una taza de Café de Costa Rica, recuerde que esa taza no aparece por casualidad. Llega a sus manos gracias al esfuerzo de miles de personas que todavía sostienen, muchas veces en silencio, una parte esencial del país. Garantizar nuestra caficultura del futuro, requiere acciones urgentes y debemos abordarlas como sociedad, convencidos de que son imprescindibles y exigir de nuestra institucionalidad y su entorno, las condiciones para asegurar su permanencia.
