Hay días en que uno entra al aula con la sensación de que algo se nos está rompiendo como sociedad. No es una idea abstracta ni una discusión de café: es una preocupación real que se siente cuando uno mira las alarmantes cifras de jóvenes en situaciones violentas.
Esta semana volvimos a despertarnos con noticias que duelen. El asesinato de un estudiante en Liberia. Y casi al mismo tiempo, jóvenes involucrados en una guerra por territorio en Cartago.
Uno lee eso y no puede evitar hacerse preguntas incómodas.
Porque esos muchachos, antes de aparecer en una noticia policial, estuvieron sentados en un pupitre. Tuvieron cuadernos, recreos, profesores que les pidieron silencio y compañeros que les prestaron un lápiz. En algún momento fueron niños.
Y entonces la pregunta no es solo qué hicieron ellos. La pregunta es: ¿qué hicimos nosotros como sociedad?
Como profesor hay algo que cada año se vuelve más evidente: muchos jóvenes están creciendo solos. No porque sus padres no los quieran, sino porque el país está armado de una forma que los empuja a eso. Papá trabajando todo el día. Mamá trabajando todo el día. Casas vacías en las tardes. Celulares que crían más que los adultos. Calles que educan más que las escuelas.
Y la escuela… la escuela tratando de sostenerlo todo con cada vez menos.
Menos presupuesto.
Menos programas.
Menos apoyo psicológico.
Menos tiempo para acompañar.
Pero más problemas.
Y también hay que decir algo que a veces incomoda: muchos profesores tampoco estamos preparados para enfrentar lo que hoy llega a las aulas. Nos formaron para enseñar contenidos, para explicar una fórmula o analizar un texto, pero no para lidiar con estudiantes atravesados por la violencia, el abandono, las drogas o el miedo. Muchas veces el profesor también está improvisando, tratando de contener situaciones para las que nunca recibió formación ni apoyo institucional. A veces la empatía y la buena voluntad no es suficiente
A veces pareciera que en este país todavía no entendemos algo básico: la educación no es solo enseñar matemáticas o español o sociales. Es contención social. Es el lugar donde un joven puede encontrar a un adulto que lo escuche, que le ponga límites, que le diga que su vida vale más que la esquina donde alguien le ofrece dinero fácil.
Cuando se le quita presupuesto a la educación, no se está recortando un gasto.
Se está recortando futuro.
Porque mientras discutimos números en un escritorio, hay muchachos que están decidiendo en qué mundo quieren vivir: el de los libros o el de las armas.
Y esa decisión, muchas veces, no la toman solos. La toma también el país que los rodea.
Por eso, cada vez que veo una noticia como la de Liberia o la de Cartago, no pienso solo en la tragedia del momento. Pienso en todas las advertencias que ignoramos antes de llegar ahí.
Y me pregunto, con una mezcla de tristeza y rabia:
¿Qué sociedad estamos formando si cada vez invertimos menos en los únicos lugares que todavía pueden salvar a nuestros jóvenes?
Porque si los padres trabajan todo el día, como trabaja la mayoría de este país, entonces la pregunta es inevitable:
¿Quién está acompañando a nuestros muchachos?
Y si la respuesta es nadie, entonces no nos debería sorprender lo que estamos empezando a ver.
