
“No puede haber paz sin un desarrollo equitativo, y no puede haber desarrollo sin una gestión sostenible del ambiente”, decía Wangari Maathai, Premio Nobel de la Paz en 2004. En el mundo empresarial de hoy, esa idea aterriza en una palabra que ya está cambiando decisiones: ESG. El Environmental, Social, and Governance (ESG) es la vara con la que clientes, inversionistas y reguladores miden si una empresa es sostenible y si gestiona riesgos con evidencia.
Al escuchar ESG, es normal que muchos lo asocien de inmediato con más costos, más burocracia y más formularios. La reacción es comprensible, porque la regulación a menudo ha llegado fragmentada y con poca guía práctica. Solo que esta vez el escenario cambió. ESG ya no es una lista de chequeo que se llena para “cumplir”, es una condición que empieza a definir quién compite mejor, quién accede a financiamiento y quién sostiene sus exportaciones. La empresa que lo subestime hoy lo va a sentir en competitividad mañana.
La regulación ESG que avanza en Costa Rica forma parte de una ola mundial. Se alinea con tendencias globales impulsadas por la Unión Europea, los mercados de capitales y los compromisos climáticos, y ya está moldeando las reglas del comercio y la inversión. Por eso, las empresas que exportan, buscan financiamiento o forman parte de cadenas de valor lo sienten primero. Clientes y bancos piden reportes, métricas y evidencia, no como cortesía, sino como condición, y en la práctica ESG entra por la puerta del cliente y por la del financiamiento.
El error más frecuente es tratar el cumplimiento como “gasto puro”. Esa mirada, paradójicamente, es la que termina encareciendo el proceso. Las organizaciones que lo hacen bien, lo integran con tres palancas que se refuerzan entre sí: tecnología, trazabilidad y eficiencia operativa. No son tres proyectos separados, son un sistema.
La primera palanca es la medición, y ahí la tecnología hace la diferencia. Sin datos confiables, cualquier reporte es papel mojado. Con herramientas que automatizan la captura de información y generan indicadores auditables baja el error y sube la credibilidad. Invertir en estas herramientas no es un lujo, es la infraestructura mínima para competir en el mercado que se viene. Así se evita el peor escenario: correr al final del año para armar reportes a mano.
La segunda palanca es la trazabilidad. Saber de dónde viene cada insumo y qué impacto tuvo en la cadena ya es información con valor comercial, abre mercados exigentes y mejora el poder de negociación. No es solo un mecanismo de control, también es una ventaja comercial.
La tercera palanca es la eficiencia operativa. Reducir consumo energético, optimizar el uso del agua y disminuir residuos no solo mejora el perfil ambiental, también baja costos, y cuando ESG se hace bien no compite con la productividad, la impulsa. De hecho, la Agencia Internacional de la Energía (AIE), en su estudio “Energy Efficiency Policy Toolkit: Spain – Energy Audits”, documenta que empresas que han completado auditorías energéticas reportan un potencial promedio de ahorro de energía de hasta 20% a 30% de su consumo total. En algunos casos, incluso han identificado oportunidades para recortar más de 50% de sus costos energéticos.
Hay otra dimensión que se discute poco y es la financiera. El financiamiento verde crece a nivel global y Costa Rica parte con ventaja por su reputación ambiental, pero muchas empresas se quedan fuera por una razón simple: no logran demostrar avances de forma verificable. El problema no es lo que se hace, es cómo se demuestra.
La oportunidad está en cumplir sin paralizar la operación. Cuando ESG se integra a los procesos habituales, se gana tiempo, se reducen riesgos y se construye credibilidad. Para lograrlo hace falta un cambio cultural que deje de ver ESG como una obligación externa y la convierta en una herramienta de gestión interna.
Para empezar sin abrumarse, tres pasos pueden marcar la diferencia en 30 días. Primero, definir una línea base con cinco a ocho indicadores clave. Después, asignar un responsable y un calendario de seguimiento. Finalmente, ordenar la evidencia mínima que lo sostiene, mediciones, auditorías y políticas. Lo que no se mide, no se puede demostrar.
Costa Rica se juega mucho en esta transición. Su narrativa de sostenibilidad ya no se sostiene solo con bosques y energía limpia, porque los mercados ahora quieren ver empresas capaces de probar desempeño. Si el sector privado responde haciendo apenas lo mínimo, perderá credibilidad justo cuando otros competidores la están construyendo. Si, en cambio, aprovecha este cambio como modernización y diferenciación, puede consolidar un liderazgo que todavía está disponible.
La regulación ESG no es el enemigo. El verdadero riesgo es quedarse atrás mientras otros definen las reglas del juego.
Artículo de opinión escrito por María José Bazo, presidenta del Clúster de Schneider Electric en Centroamérica.

