En 1879, un periodista alemán llamado Wilhelm Marr — que había pasado años intentando hacer fortuna derivado del cultuvo del cafe en Costa Rica — regresó a Europa con las manos vacías pero con una idea. Le puso nombre a algo que ya existía desde hacía dos mil años: el odio al pueblo judío. Lo llamó Antisemitismus. Antisemitismo.
La palabra era nueva. El odio era antiquísimo.
Marr entendió algo que sigue siendo verdad hoy: para que un prejuicio sobreviva en una época nueva, necesita un nombre nuevo. Un traje moderno. Un lenguaje que suene a análisis político en lugar de a lo que realmente es.
Hoy ese traje se llama antisionismo. Y es hora de llamarlo por su verdadero nombre: sionofobia. Y la sionofobia, en su esencia, es racismo.
El sionismo, despojado de toda la carga propagandística que lo rodea, es una idea de una sencillez elemental: el derecho del pueblo judío a vivir en su tierra ancestral. La Tierra de Israel, Judea. La tierra donde el pueblo judío existió como nación durante milenios, donde construyó sus ciudades, escribió sus textos fundacionales y forjó su identidad. El sionismo no es conquista ni supremacía ni colonialismo. Es regreso.
Ese derecho fue reconocido por la comunidad internacional. En 1947, las Naciones Unidas aprobaron el Plan de Partición. En 1948, el Estado de Israel nació. El sionismo cumplió su cometido con el respaldo del derecho internacional y el consenso de las naciones.
Esto no es opinión. Es historia.
Y de esa historia se desprende una conclusión lógica que no admite evasión: negar ese derecho al pueblo judío y solamente al pueblo judío, no es nada menos que racismo. Negar que los judíos tienen derecho a Judea no es una postura intelectual valiente ni una crítica política legítima. Es la negación, a un pueblo específico y solo a ese pueblo, de un derecho que se reconoce sin discusión a todos los demás. Eso tiene un nombre: discriminación racial.
Se puede criticar a Israel, como se critica a Nicaragua, a Austria o a Arabia Saudita. Muchos países tienen gobernantes que nos pueden gustar un poco mas o un poco menos.
Mustapha Ezzarghani, analista político marroquí que escribe y publica internacionalmente, ha propuesto algo de una sencillez demoledora: usar la palabra sionofobia con la misma seriedad con que usamos islamofobia u homofobia.
La idea viene además expuesta por Judea Pearl — matemático, Premio Turing, y padre de Daniel Pearl, el periodista del Wall Street Journal asesinado por Al-Qaeda en Pakistán en 2002. Pearl padre ha argumentado durante años que los defensores de Israel cometen un error estratégico al disculparse por la etiqueta de “sionista”.
Su propuesta: denunciar el prejuicio por lo que es. Si alguien usa “sionista” como insulto, la respuesta no debería ser vergüenza. La respuesta debería ser: eso es sionofobia.
Que ahora haya un árabe musulmán como Ezzarghani y un padre de una víctima del radicalismo terrorista quienes propongan este término no es un detalle menor. Es el centro moral del argumento.
La historia muestra que nombrar el odio cambia las reglas del juego. “Islamofobia” y “homofobia” trazaron una línea: pusieron la carga de la prueba donde correspondía y obligaron a quien discriminaba a justificarse en voz alta.
“Sionofobia” hace lo mismo: obliga a explicar por qué la autodeterminación judía es el único caso de autodeterminación nacional que merece ser tratado como crimen moral excepcional. Esa pregunta, formulada con claridad, no tiene respuesta honesta.
Lo más perverso de la sionofobia moderna no es solo que niegue un derecho. Es que se presenta como defensa de derechos. Son los autodenomidados tolerantes y defensores de Derechos Humanos los que gritan a viva voz que son antisionistas. Y es triste como universidades, pseudo intelectuales y algunos medios han encontrado en el antisionismo una señal de pertenencia ideológica que no les cuesta nada — los judíos no son suficientemente numerosos para afectar su mercado — pero les rinde grandes beneficios simbólicos con sus seguidores woke.
Mientras tanto nadie organiza boicots globales contra empresas cuyos directivos apoyan la soberanía china, el régimen iraní o el nacionalismo de cualquier otro pueblo. Solo la autodeterminación judía recibe ese tratamiento excepcional. Y eso, aunque lo practiquen los que se autodefinen como tolerantes, es racismo.
Ese doble rasero no es un error de análisis. Es la firma del prejuicio. Cuando una regla aplica para todos excepto para uno, ya no es una regla. Es una persecución.
Marr inventó una palabra para que el odio sobreviviera. Hoy necesitamos otra para que no lo haga.
La sionofobia es real. Es el rechazo, a un pueblo específico, del derecho más elemental: volver a casa. Es el odio de siempre — el que sobrevivió dos milenios de dispersión, inquisiciones, pogromos y el Holocausto — con un traje nuevo, académico, corporativo, activista.
No hace falta ser judío para decirlo. Hace falta solamente ser coherente: si crees que todos los pueblos tienen derecho a su tierra ancestral, ese derecho también es del pueblo judío. Negárselo es sionofobia. Y la sionofobia, aunque la practique un académico, es racismo.
