Pasada la resaca de las elecciones, tanto el oficialismo como la oposición deben reconsiderar su postura y actitud de cara al futuro. A partir del 8 de mayo, los primeros deberán escoger entre actuar como una aplanadora que —aunque imparable—, por sí sola no es capaz de construir nada; o ser como una cosechadora, capaz de cortar, trillar y limpiar el grano que nutrirá el desarrollo costarricense.
En adelante, se requerirá madurez y un orden de prioridades que permita dejar atrás la politiquería natural de una campaña electoral, no solo por razones de gobernabilidad, sino también para construir la unidad necesaria que permita hacer frente a los efectos de las operaciones militares en Irán.
En este contexto, es necesario considerar de forma serena la renuncia de la presidenta electa a su militancia en el Partido Pueblo Soberano. Superada la sorpresa, se trataría de un gesto coherente con la ficción jurídica de que los presidentes en Costa Rica no tienen filiación política. Ojalá esto augure un estilo de comunicación y gobierno diferente, más orientado al diálogo.
Decirlo suena a buenismo político, pero es algo que debemos repetir con insistencia. En la actualidad abundan los comentaristas obsesionados con señalar los errores de la oposición y del oficialismo. Así que no seamos uno más e insistamos en algo tan difícil de plantear como es la necesidad de tender puentes. No se trata de alcanzar consensos. Este concepto goza de buena reputación, pero es una de las mayores fuentes de parálisis en la toma de decisiones. Se trata, más bien, de crear espacios de participación donde los opositores sientan que pueden opinar y aportar sin estar a merced de la mencionada aplanadora. Es un arte complejo, pero indispensable.
En este sentido, el oficialismo debería abrirse a enmendar errores de su primer mandato. La manera de asignar las frecuencias de radio o el desperdicio del recurso que, en materia educativa, representa la Fundación Omar Dengo, ofrecen una oportunidad. Hacerlo no podría interpretarse como debilidad y de ninguna forma rebajaría la importancia de su triunfo electoral. Por el contrario, contribuiría a ampliar el camino por donde deberán transitar en estos cuatro años.
Al mismo tiempo, les sirve entender que, aun cuando recibieron una mayoría contundente en la Asamblea, promover una transformación del Estado como la que sin duda se necesita, demanda trabajar con la oposición y la sociedad civil. Por el contrario, parapetarse en ella apenas alcanzaría para una obra legislativa y administrativa efímera desde una perspectiva histórica.
Todos, oficialismo y oposición, debemos entender que en Costa Rica no funciona el “ordeno y mando”. Es así por razones culturales, y no solo por lo frondoso y enrevesado de nuestro ordenamiento legal y reglamentario. De nuevo: apertura, diálogo y negociación son la ruta a seguir.
Dicho lo anterior, la oposición, en un sentido amplio —y no solamente los partidos representados en la Asamblea Legislativa—, debe admitir que las pasadas elecciones confirmaron que el rodriguismo no es un accidente, que cuenta con muchísimo apoyo y que este no debe descalificarse como el producto de una chusma ignorante.
Si Chaves ha sido repulsivo para unos, hay que reconocer que fue un revulsivo para todos los demás. Así, la oposición debe comprender que el rodriguismo no es una horda de fascistas y demás cosas que se siguen repitiendo visceralmente, ni está aquí para imponer una dictadura. Aquellos y otros argumentos del mismo tipo, consumieron el mensaje de la oposición sin convencer a la mayoría del electorado, pues son tan absurdos como decir que Chile está próximo a caer en una dictadura por haber elegido a José Antonio Kast como su nuevo presidente.
Ni Venezuela antes de Hugo Chávez, ni Nicaragua antes de Ortega y Murillo, ni El Salvador antes de Bukele —sin perjuicio de las diferencias que sí existen entre las tres experiencias—, son comparables automática y mecánicamente con Costa Rica, y no solo por el hecho de que el oficialismo no alcanzara la mayoría calificada en la Asamblea Legislativa.
Sé que después de la guerra todos somos generales, pero la manera como la oposición se distrajo con temas que no calaban en la opinión pública —que no es lo mismo que la opinión publicada—, fue advertida por muchos hasta la frustración. Por lo tanto, después de unas elecciones presidenciales y legislativas que el oficialismo ganó en buena lid, la oposición debería admitir que el país quiere transformaciones que el rodriguismo señaló, con su estilo agresivo, desde los primeros días de gobierno.
Que hasta ahora aquellas diatribas no se hayan traducido en reformas estratégicas es un argumento de campaña que ya debe superarse a la luz del segundo mandato otorgado por el pueblo, junto a una mayoría legislativa que no se veía desde los mejores tiempos del bipartidismo.
La oposición debe asumir que su papel de contrapeso frente al oficialismo exige superar la actitud victimista y defensiva que la caracteriza. Algo que no significa replicar el estilo agresivo del rodriguismo, sino construir una voluntad y una propuesta política alternativa y reformadora.
Pragmatismo, serenidad e iniciativa para hacer borrón y cuenta nueva, es lo que el sentido de Estado demanda del oficialismo y de la oposición.
