El sistema educativo costarricense atraviesa uno de los momentos más desafiantes de su historia reciente. El Décimo Informe Estado de la Educación (Programa Estado de la Nación, 2025) ha documentado con detalle el estancamiento de los aprendizajes en áreas clave como la comprensión de lectura y la matemática, así como la persistencia de desigualdades sociales y regionales que limitan las oportunidades de miles de estudiantes. En este contexto crítico, la irrupción de la Inteligencia Artificial (IA) añade un factor de complejidad. Por un lado, se trata de una herramienta (hasta ahora) con un potencial extraordinario para apoyar la enseñanza y el aprendizaje. Por otro, su uso indiscriminado y acrítico puede profundizar aún más el rezago educativo y erosionar el sentido mismo del acto de aprender.
Ante esta encrucijada, la mejor respuesta a la que debe o podría apuntar nuestro país, a través del Ministerio de Educación Pública, consiste en reorientar la educación hacia el principio de “aprender a aprender”, concepto que articula tanto la tradición crítica de Paulo Freire como la perspectiva de la metacognición desarrollada por Flavell y Brown. A través de este enfoque, el cual, como se lee no es nuevo, se busca rescatar la dimensión humana del aprendizaje y evitar que la dependencia tecnológica sustituya la construcción activa del conocimiento.
Contexto: rezago y crisis educativa en Costa Rica
El panorama actual de la educación costarricense es complejo. El informe Estado de la Educación (2025) señala que la inversión en programas de equidad y calidad ha sufrido su peor caída en las últimas cuatro décadas, lo que se ha traducido en menos becas, limitaciones en comedores escolares y un deterioro de la infraestructura. Además, los resultados de las pruebas internacionales PISA revelan un rezago significativo: el desempeño de los estudiantes costarricenses en matemáticas es comparable al de niveles mucho más bajos de escolaridad. Este estancamiento compromete no solo la calidad de vida de los jóvenes, sino también la competitividad futura del país, pues impactará de manera negativa y directa nuestro desarrollo científico y tecnológico.
Otro elemento central es el abandono escolar. Datos recientes indican que miles de estudiantes se retiran cada año del sistema educativo, particularmente en el tránsito hacia séptimo año, un punto crítico de deserción. A esto se suman brechas de acceso digital que impiden una participación plena en el mundo contemporáneo. El rezago, por tanto, no es únicamente académico, sino también estructural y social.
La irrupción de la Inteligencia Artificial en educación
En este escenario irrumpe con fuerza desmedida la Inteligencia Artificial (IA). Las aplicaciones de modelos de lenguaje y sistemas adaptativos ofrecen la posibilidad de personalizar el aprendizaje, generar materiales, corregir textos y resolver problemas matemáticos de manera inmediata. Sin embargo, el riesgo de la “automatización acrítica” es alto: estudiantes que recurren a estas herramientas para obtener respuestas rápidas, sin comprender los procesos, ven debilitadas sus competencias fundamentales. La IA, usada sin acompañamiento pedagógico, corre el riesgo de consolidar la pasividad intelectual.
Así, la IA se convierte en un arma de doble filo: puede democratizar el acceso a recursos de calidad, pero también profundizar la brecha entre quienes poseen competencias críticas para utilizarla y quienes simplemente consumen resultados automáticos. De esta manera, el desafío no es prohibir la IA, sino integrarla desde una pedagogía que enfatice el pensamiento crítico, la reflexión y la construcción colectiva del conocimiento.
El valor de “aprender a aprender”
Frente a este panorama, el principio de “aprender a aprender” emerge como una estrategia fundamental. Paulo Freire, en su libro Pedagogía del oprimido, defendía la idea de que la educación debía ser un proceso de liberación, en el que el estudiante no fuera un recipiente pasivo de contenidos, sino un sujeto activo en la construcción de su conocimiento: “nadie educa a nadie, nadie se educa a sí mismo, los hombres se educan entre sí mediatizados por el mundo”. Esta perspectiva dialógica y emancipadora es absolutamente crucial en tiempos de IA: el valor no reside en la respuesta, sino en el proceso de preguntar, discutir y comprender.
Similarmente, desde el concepto de metacognición, se aporta un marco complementario. La metacognición se define como la capacidad de reflexionar sobre los propios procesos de pensamiento, lo que permite a los aprendices planificar, monitorear y evaluar su manera de resolver problemas. Enseñar a los estudiantes a ser conscientes de cómo aprenden, y no solo de qué aprenden, es la clave para enfrentar el futuro.
La convergencia entre Freire y la metacognición resulta particularmente potente: se trata de una educación que reconoce tanto la dimensión crítica y social del aprendizaje como la necesidad de formar individuos capaces de reflexionar sobre sus propias estrategias cognitivas.
Rehumanizar la educación en tiempos de IA
La pregunta central es cómo rehumanizar la educación frente a un entorno donde la IA puede dominar los procesos cognitivos más básicos. Una primera respuesta es reorientar las prácticas docentes hacia la valoración del proceso más que del producto. Si la evaluación se centra en la comprensión y en la argumentación, más que en la respuesta final, el estudiante tendrá incentivos para desarrollar pensamiento crítico.
Además, el rol del docente debe ser resignificado. Más que transmisor de información, se requiere un mediador, un guía que facilite el diálogo y la construcción colectiva del conocimiento, promoviendo una educación dialógica, en la que se problematice la realidad y se fomente la participación.
Los espacios comunitarios y colaborativos (los cuales hemos reemplazado por pantallas) también juegan un papel esencial. Clubes de lectura, talleres de ciencia o proyectos interdisciplinarios permiten que los estudiantes experimenten la construcción colectiva de conocimiento, fortaleciendo el sentido de pertenencia y de propósito. La IA puede estar presente como recurso, pero nunca sustituir el vínculo humano que constituye la base de la educación.
A partir de este marco conceptual, Costa Rica podría implementar una serie de acciones concretas:
- Alfabetización crítica en IA: programas desde primaria para enseñar no solo a usar herramientas digitales, sino a analizarlas críticamente, cuestionando sesgos y validando información.
- Aprendizaje basado en problemas y proyectos: vincular el currículo con problemas reales de la comunidad, de modo que la matemática y la lectura sean medios para comprender y transformar el entorno.
- Formación docente en pedagogía crítica: dotar a los educadores de recursos para guiar procesos reflexivos en el aula.
- Evaluación orientada al proceso: implementar sistemas que valoren la argumentación, el esfuerzo y la reflexión más que la repetición mecánica de respuestas.
- Políticas de equidad digital: garantizar acceso universal a conectividad y dispositivos, reduciendo la brecha digital que podría ampliarse con la IA.
Estas acciones deben articularse desde nuestras Universidades Públicas, construyendo una estrategia país que reconozca tanto el potencial como los riesgos de la IA.
Apostar por el principio de “aprender a aprender” es una manera de recuperar la dimensión humana del aprendizaje y de formar ciudadanos críticos, autónomos y creativos. La IA no debe ser vista como enemiga, sino como un recurso que, usado con ética y pedagogía crítica, puede potenciar la educación. Pero el centro debe seguir siendo el ser humano: su capacidad de dialogar, de reflexionar y de construir conocimiento en comunidad. Solo así Costa Rica podrá evitar un mayor rezago y avanzar hacia una educación más equitativa y pertinente en la era digital.
