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Retratos

—Su piel está curtida. Le duele, pero ni se mira al espejo. Son las cuatro de la mañana. Abre los ojos y suspira. Por las endijas de la casona de madera todavía se ve la neblina; las gallinas siguen echadas, sin poner. Hoy no hay tanto rocío como ayer.

Le duele la espalda, le duelen los brazos, la uña encarnada y el cayo del pie izquierdo. Gira a medio lado para ver el trinchate y a los güilas dormir. El varón ya se levantó, está orinando. La mira hacia arriba y otro suspiro.

La esperan la tierra, la semilla, el guarumo, las botas de hule desgastadas, el pañuelo roto y el sombrero de marca ya deslucida. Aunque parezca mentira, esa vida no la cambia por nada.

Se cambia, el café rechinado a sorbos, medio huevo compartido y vamos al campo.

—Sonó la alarma de su celular. Lo sacó hace solo dos semanas de la tienda, por crédito eterno. El otro se lo robaron. Todavía no tiene todos los contactos, anda buscando entre papeles viejos. No tiene zapatos, solo sandalias que le regalaron; le quedan grandes.

Vende por catálogo, vende lo que sea, dicen. Hoy tiene que entregar pedidos, pero antes espera un SINPE para comprar pan y natilla. Ayer pudo comprar jugos y galletas para la merienda de los gemelos en el kínder, pero no alcanza para el alquiler del cuarto; ya casi la llaman a cobrar.

Va pensando en el bus, en a quién le vende, quién paga rápido. Va a pasar al súper del chino a ver si la ayudan en la tarde, para que le den cinco mil. Eso ayuda.

—Camina despacio con su cartera de tela. Lleva zapatos cómodos, de esos de meter, pantalones sueltos. Las manos están viejas, arrugadas, piel de cebolla.

Va para el mercado. Se puso una crema que dice que tiene protector. Va sola. Camina sola desde que se pensionó.

No ha visto a su hijo en un año. No sabe dónde está. Nadie sabe. No quiere preguntar.

Tiene cita en el seguro en cuatro meses. Le salió algo en un examen; tampoco quiere preguntar mucho.

Mañana va al grupo de la iglesia. Ella lleva empanadas de queso. Tiene ganas de hacer un queque seco.

Vive en una casa grande, con patio, con la nieta que estudia publicidad.

—Mientras se ducha en el gimnasio piensa en la cirugía. Tiene miedo, pero se la va a hacer. Porque se la merece, dice.

Va a cumplir cuarenta y tres. Sabe que le dan vuelta y no quiere quedarse sola. Además, nadie es perfecto.

Ha estado sola y acompañada muchas veces. Tiene reunión a las diez, la agenda llena, el celular también.

En la noche va a ir a tomarse algo. Solo piensa en qué ponerse; seguro compra una blusa. Tiene que verse bien.

No para de pensar en su cuerpo, el trabajo y las amigas. Todas le caen mal. Pero no tiene otras.

El pelo era café desde que nació; ahora es amarillo con rayos. La cartera es cara, los zapatos también. La vida también le está siendo cara.

Cuatro mujeres,  cuatro vidas, un país.