La Administración Chaves Robles (2022-2026) se caracterizó por deslegitimar voces críticas a niveles inéditos. Aunque Laura Fernández, presidenta electa, se ha desvinculado de ciertas líneas y afirma no representar una continuidad indistinguible del gobierno actual, la más reciente campaña electoral dejó ver que la flexibilización de controles ambientales, la apertura a actividades extractivas y una narrativa de crecimiento económico indiferente a los límites ecológicos forman parte de una agenda que seguirá impulsándose.
La presión sobre la oposición y el avance del populismo no son fenómenos aislados. Responden a una misma lógica: una forma de poder que simplifica el mundo, lo reduce a lo útil y disciplina todo aquello que desborda el orden establecido. Ese orden no solo organiza la economía; también regula los cuerpos, los afectos y las formas de vida. Por eso, junto con los ataques a quienes defienden territorios, ecosistemas y especies en peligro de extinción —en suma, mundos de vida amenazados—, emergen discursos que ridiculizan a quienes no encajan en la norma heterosexual, a quienes denuncian el patriarcado y la violencia contra las mujeres, o a quienes proponen otras formas de existir y de relacionarnos.
Frente a este escenario, puede parecer extraño —incluso provocador— hablar de pensamiento ecológico y cuir. Sin embargo, es precisamente ahí donde radica su potencia crítica y política: en imaginar el mundo de otra forma, cuestionar una organización socioeconómica que se da por sentada y, sobre todo, transformar aquellas conductas que nos vuelven parte del problema.
Pese a que procesos como el cambio climático siguen siendo objeto de revisionismo por parte de sectores negacionistas que insisten en que “las cosas sigan como están” y desatienden las múltiples alertas sobre la creciente vulnerabilidad ambiental, la evidencia resulta innegable. Estos grupos —conservadores, liberales y, en muchos casos, anclados en una visión heteronormativa— sostienen una concepción del mundo en la que los seres humanos se sitúan por encima de otros seres vivos y al margen de sus interrelaciones. Se trata, en gran medida, de posturas supremacistas no solo raciales, sino también especistas, que además promueven el discurso de la llamada “ideología de género” para cuestionar avances en representación, participación e inclusión de amplios sectores de la población.
No somos individuos aislados: somos relaciones
Durante mucho tiempo se nos enseñó a pensar el mundo como una suma de partes separadas: humanos por un lado, naturaleza por otro; cultura frente a naturaleza; razón frente a cuerpo.
Hoy somos más las personas dispuestas a reconocer que esa separación nunca fue real.
No solo convivimos con otros seres: somos con ellos. Nuestro cuerpo no es una unidad cerrada, sino una red viva de relaciones. Dependemos de suelos, bacterias, plantas, animales y climas. Somos, en un sentido profundo, una ecología viviente.
El problema es que el autoritarismo necesita negar esa interdependencia. Necesita hacernos creer que todo puede ser controlado, explotado o descartado sin consecuencias. Por eso, defender lo no humano —los ríos, los bosques, los territorios— no es solo una causa ambiental. Es también una forma de resistir una política que convierte la vida en recurso.
Lo cuir como desafío al orden
Aquí es donde entra lo cuir.
Más que una identidad, lo cuir es una forma de cuestionar las normas que dictan cómo deben ser los cuerpos, los deseos y las relaciones. Desarma la idea de que existe una única manera legítima de vivir, amar o habitar el mundo.
Y eso incomoda al autoritarismo.
Porque los proyectos autoritarios se sostienen sobre normas rígidas: qué es “normal”, qué es “natural”, qué es aceptable. Necesitan cuerpos obedientes, familias predecibles e identidades fijas.
Lo cuir, en cambio, introduce algo que ese orden no puede controlar: la posibilidad de devenir, de cambiar, de desbordar.
¿Qué tiene que ver esto con la ecología?
Mucho más de lo que parece.
El mismo sistema que explota territorios impone también una idea de “naturaleza” ordenada, funcional y productiva: una naturaleza que debe reproducirse de manera eficiente, sin desviaciones.
El pensamiento ecológico y cuir rompe con esa lógica. Nos recuerda que la vida es mezcla, exceso y transformación constante. Que no hay pureza ni estabilidad definitiva.
Y que es precisamente en lo impredecible y en lo diverso donde reside la posibilidad de futuro.
Resistir desde la interdependencia
Entonces, ¿por qué este tipo de pensamiento puede ser útil frente al auge del autoritarismo?
Porque propone otra forma de organizar la vida.
En lugar de jerarquías rígidas, propone relaciones.
En lugar de control, propone interdependencia.
En lugar de normalización, propone diversidad.
Un pensamiento ecológico y cuir no solo critica: también imagina. Imagina comunidades donde el cuidado no se limita a lo humano; donde las diferencias no se reprimen, sino que se convierten en fuente de vínculo; donde el territorio no es un recurso, sino un entramado vivo del que formamos parte.
Costa Rica: una encrucijada
En un país como Costa Rica, donde el discurso ambiental ha sido parte de la identidad nacional, lo que está en juego hoy es profundo.
No se trata solo de políticas económicas o decisiones técnicas, sino de cómo entendemos la vida misma.
Si aceptamos que todo puede reducirse a mercancía —los suelos, los cuerpos, las relaciones—, abrimos la puerta a formas cada vez más autoritarias de gobierno. Pero si reconocemos nuestra condición relacional, vulnerable e interdependiente, se vuelve más difícil justificar el despojo, la exclusión o la violencia.
Otra forma de habitar el mundo no pasa por la ilusión de dominarlo, sino por aprender a estar presentes y responder a los desafíos —en gran medida provocados por nosotros mismos— que afectan, sobre todo, las posibilidades de supervivencia de otras especies.
La humanidad nunca ha sido una masa indiferenciada. Por eso es necesario cuestionar que los modos de producción y consumo no son iguales para todos: tanto sus beneficios como sus consecuencias se distribuyen de manera desigual, generando exclusión, precariedad y vulnerabilidad.
Cuando las diferencias se intensifican, se vuelve urgente no negarlas, sino interrogarlas: aprender a relacionarnos desde ellas y convertirlas en el punto de partida para nuevas preguntas éticas y políticas.
Y es aquí donde el pensamiento ecológico y cuir ofrece una clave para resistir el autoritarismo: al mostrar que distintas formas de violencia están conectadas.
La violencia contra los territorios, contra los cuerpos que no encajan en la norma y contra las formas de vida que no se ajustan al mercado responde a una misma lógica de control, simplificación y jerarquización.
Tal vez el problema no es que el mundo esté en crisis.
Tal vez es que las formas que teníamos para entenderlo ya no nos sirven.
El pensamiento ecológico y cuir no ofrece respuestas fáciles, pero sí abre una pregunta urgente: ¿qué tipo de relaciones queremos sostener?
En tiempos de endurecimiento político y simplificación del mundo, defender la complejidad, la diversidad y el cuidado puede ser, en sí mismo, un acto de resistencia.
Y quizá también, una forma de esperanza.
