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Posible uso inesperado de una estrategia para lidiar con el acoso escolar (bullying)

KiVa (Kiusaamista Vastaan, “Contra el acoso”) es el programa finlandés más conocido y con mejor respaldo empírico para prevenir y reducir el bullying y el cyberbullying en el entorno escolar. Su punto de partida es tan simple como incómodo: el acoso no se sostiene solo por la persona que agrede, sino por el sistema social que lo rodea. En otras palabras, el agresor necesita público, risas, silencios, indiferencia o —en su versión moderna— clicks, reenvíos y comentarios “solo bromeaba”. KiVa opera, entonces, como una estrategia para cambiar normas colectivas y cortar el suministro de legitimidad social que alimenta el hostigamiento.

En términos generales, el programa se organiza en tres líneas complementarias. La primera es la prevención universal: lecciones periódicas, materiales y actividades que entrenan a todo el grupo para reconocer qué es acoso, por qué hace daño, cómo se reproduce en la dinámica de pares y qué respuestas son posibles y seguras para quienes observan. No se trata de moralina, sino de habilidades: identificar señales, comprender el rol del grupo, practicar apoyo a la víctima, y aprender formas de intervención que reduzcan el daño y aumenten la protección.

La segunda línea es la intervención estructurada cuando aparece un caso. KiVa establece equipos escolares con roles claros y procedimientos definidos: escuchar, investigar, conversar con las partes, activar apoyos, acordar medidas y dar seguimiento. La lógica es evitar tanto la improvisación como el “aquí no pasa nada”, y reemplazarlos por una respuesta rápida, consistente y documentada.

La tercera línea es el monitoreo: medición periódica del clima escolar, encuestas y seguimiento para ajustar prácticas y sostener el esfuerzo a lo largo del tiempo.

KiVa también aborda el cyberbullying al trabajar la cultura de la audiencia digital: el “no compartás”, el “no amplifiqués”, el “no aplaudás”, pero sobre todo el “no te quedés solo mirando”. Enseña que una burla repetida en grupo no es “conflicto”, es estructura; y que la neutralidad suele ser una forma de apoyo al más fuerte. Por eso, su eficacia descansa menos en castigos espectaculares y más en el cambio de incentivos: si el grupo deja de premiar al agresor, el acoso pierde potencia.

Al final, la tesis de KiVa es profundamente política: la verdadera fuerza no está en la fuerza bruta, sino en la organización de quienes parecen débiles. Cuando la mayoría se coordina para empatizar con la víctima, ofrecer respaldo explícito y rechazar al agresor -con normas, conductas y consecuencias-, el poder del acoso se desinfla.

Ahora bien: si KiVa funciona en el patio escolar, ¿por qué no intentarlo en la política —doméstica e internacional—, ese kinder de lujo donde algunos niños tienen micrófonos, tribunales, presupuestos, algoritmos, ejércitos y, cuando se les antoja, la capacidad de redefinir qué significa “verdad” en horario estelar? En la era del liderazgo autoritario iliberal (dicho así, con la cortesía de quien evita etiquetas concisas pero explosivas), hemos visto proliferar un estilo de poder que se parece demasiado al acoso institucional: intimidación como método, humillación como mensaje, propaganda como oxígeno, y un espectáculo permanente donde el objetivo no es resolver problemas sino dominar la escena.

Trump no es el único. Es, si acaso, el más visible: el que enseñó —con una mezcla de descaro y eficacia— que gobernar puede convertirse en una performance de patio escolar con cobertura global. Pero la lógica se ha vuelto exportable, adaptable, epidémica: aparece en democracias erosionadas, en regímenes híbridos, en sistemas de partidos en crisis, y también en coaliciones que descubren que la bronca vende mejor que la política pública. En ese contexto, la pregunta KiVa se vuelve doble propósito: ¿cómo se le corta el suministro al bully cuando el bully puede ser un líder nacional… o un actor con proyección internacional?

El “KiVa político” mantendría la idea herética y, por lo mismo, extremadamente práctica: el problema no es únicamente el agresor, sino la audiencia. En la escuela, el acoso prospera porque hay risas, silencio, indiferencia, o el clásico “yo no me meto”. En política, prospera porque hay comentaristas que normalizan, instituciones que titubean, oposiciones que reaccionan al ritmo del provocador, élites que se acomodan “por estabilidad”, y masas digitales que recompensan el escándalo con atención. La audiencia no siempre aplaude: a veces solo mira. Y mirar, cuando es repetido y masivo, se parece demasiado a autorizar.

La adaptación —con una pizca de ironía y sarcasmo, pero solo una pizca— empezaría, como KiVa, por prevención universal: alfabetización cívica y mediática sostenida, no como “charla de valores” sino como entrenamiento colectivo para reconocer coerción, manipulación, chivos expiatorios, desinformación, y el truco viejo de presentar la crueldad como autenticidad. En el plano nacional, esto significa construir normas sociales claras: lo intolerable no se vuelve tolerable porque gane elecciones o suba en encuestas; y el debate democrático no se redefine como pelea de gallos porque da rating. En el plano internacional, significa lo mismo, pero con banderas: distinguir negociación de humillación pública, cooperación de chantaje, soberanía de licencia para atropellar.

Segundo, intervención estructurada: equipos, protocolos, tiempos y registro. En una escuela, se actúa cuando hay caso. En muchos países, la respuesta a la intimidación institucional suele ser una mezcla de indignación intermitente y “ya se calmará”. KiVa diría: no se calma; se aprende. La intervención, en clave nacional, supone defensas institucionales y sociales coordinadas —partidos, medios responsables, academia, sociedad civil— con respuestas previsibles ante ataques a contrapesos, minorías, prensa o justicia. En clave internacional, supone coordinación entre Estados y organismos para que la coerción no sea premiada con concesiones automáticas ni la violación de reglas quede cubierta por comunicados “muy preocupados”.

Tercero, monitoreo: métricas y alertas, no solo titulares. Indicadores de erosión institucional, violencia política, campañas de odio, captura de instituciones, hostigamiento a opositores, y también coerción económica, amenazas, violaciones de acuerdos o desinformación transnacional. No para tecnocratizar la democracia, sino para evitar vivir a merced del próximo berrinche con megáfono.

Y el corazón de KiVa, aplicado a ambos planos: cortar el incentivo social. Menos reacción impulsiva, menos pánico, menos entrar al ring cada vez que alguien grita. Más coordinación, más coherencia, más respaldo explícito a quien es atacado.

Porque el autoritarismo iliberal —como el acoso— se alimenta de la sensación de inevitabilidad: “es así, nada se puede hacer”. KiVa responde con una idea obstinada: sí se puede, si los demás dejan de aplaudir y se organizan. Al final, el “realismo” adulto consiste, paradójicamente, en aceptar la lección básica del patio de recreo: el fuerte no es invencible cuando los demás, en bloque, deciden dejar de premiarlo.