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Ormuz en vilo: el conflicto que ya golpea al mercado y amenaza con endurecer las tasas

El mayor riesgo ya no es solo un petróleo más caro, sino que el cierre prolongado de Ormuz convierta un shock geopolítico en un problema persistente de inflación, tasas y crecimiento.”

El 28 de febrero, el conflicto entre Irán, Estados Unidos e Israel dejó de ser un foco geopolítico tenso para convertirse en una variable con efectos económicos visibles. La escalada no solo ha involucrado directamente a los principales actores del conflicto, sino que también ha comprometido a aliados estratégicos de Estados Unidos en el Golfo Pérsico. Y para los mercados, eso cambia por completo la lectura: ya no se trata de un riesgo regional contenido, sino de una disrupción con capacidad de alterar inflación, crecimiento y valuaciones a escala global.

El canal más evidente de transmisión sigue siendo el estrecho de Ormuz. Mientras ese paso permanezca bloqueado o restringido para la navegación petrolera, la presión sobre el precio del crudo difícilmente cederá. Esa es, hoy, la variable que tiene en vilo a los mercados. Cada día adicional de cierre o limitación en Ormuz no solo tensiona la oferta energética; también deteriora las expectativas de crecimiento global y alimenta la percepción de que la inflación podría volver a tomar fuerza con mayor agresividad.

El mercado entendió rápido la primera parte del problema: el petróleo subió, el apetito por riesgo cayó y la volatilidad repuntó. Pero el segundo efecto es todavía más delicado. Un crudo persistentemente alto termina filtrándose a transporte, petroquímicos, manufactura y bienes de consumo. Lo que comienza como un shock energético puede convertirse en un encarecimiento más amplio de materias primas e insumos, presionando márgenes empresariales y trasladándose, tarde o temprano, al consumidor final. Ahí es donde la guerra deja de ser una historia del Golfo y se convierte en un problema macroeconómico.

Por eso el punto crítico no es solo cuánto suba el petróleo, sino cuánto tiempo permanezca bajo presión. Si el cierre de Ormuz se prolonga, la cadena de suministros global sentirá un impacto más severo y el repunte de precios dejará de ser un episodio puntual para parecerse más a una nueva ola inflacionaria. En ese contexto, el mercado tendría que revisar no solo sus supuestos sobre crecimiento, sino también la trayectoria esperada para la política monetaria.

Durante los últimos meses, una parte importante de los inversionistas había apostado a que la Reserva Federal encontraría espacio para recortar tasas de interés. Ese marco se sostiene solo si la inflación sigue moderándose. Pero si el conflicto prolonga el shock energético, la discusión podría cambiar de manera drástica: primero, menos recortes; después, quizá ningún recorte; y en un escenario más adverso, incluso la posibilidad de nuevas alzas. Ese es uno de los mensajes más relevantes que deja esta crisis y que todavía no termina de reflejarse por completo en los precios de los activos.

Hay además un elemento político que el mercado observa con creciente escepticismo. Los mensajes sobre eventuales conversaciones de paz no han logrado estabilizar expectativas. Las referencias de Donald Trump a posibles acercamientos con Irán no han servido como ancla porque el régimen iraní las contradice o las desmiente casi de inmediato. Esa pérdida de credibilidad en las señales de desescalada profundiza la volatilidad: cuando la diplomacia no logra fijar una narrativa creíble, el mercado vuelve a concentrarse en lo único tangible, que es la situación operativa de Ormuz.

Eso ayuda a explicar por qué Wall Street ha mostrado resistencia, pero no convicción. Todavía hay utilidades corporativas sólidas, cierta capacidad empresarial para trasladar costos y la esperanza de que el estrecho termine reabriéndose antes de que el daño sea estructural. Pero esa resiliencia tiene un límite claro. Si la normalización no llega pronto, la conversación dejará de girar en torno a una corrección temporal y empezará a concentrarse en revisión de ganancias, compresión de múltiplos y mayor vulnerabilidad del crecimiento mundial.

Desde la perspectiva de inversión, la mejor forma de ordenar el análisis sigue siendo por escenarios. El primero sería una reapertura relativamente rápida de Ormuz, con normalización parcial del flujo energético y una corrección gradual del petróleo. El segundo implicaría una disrupción extendida, suficiente para mantener al crudo en niveles elevados, presionar las expectativas inflacionarias y reducir de forma significativa el espacio para una política monetaria más laxa. El tercero, claramente más severo, supondría daños persistentes en infraestructura o una interrupción más profunda del suministro regional, con repercusiones ya no solo financieras, sino también recesivas.

Mi lectura es que el conflicto ya produjo tres efectos concretos: petróleo más caro, mayor fragilidad en los activos de riesgo y un retorno de los temores inflacionarios. Pero el verdadero riesgo hacia adelante es que el mercado pase de ver este episodio como un shock transitorio a asumirlo como un cambio de régimen. Si Ormuz se reabre pronto, la economía global todavía podría absorber el golpe. Si no ocurre, el mundo no solo enfrentará energía más cara: enfrentará también una discusión distinta sobre tasas, crecimiento y estabilidad financiera.